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“Alí Humar: una vida de telenovela”: con estas letras, Margarita Vidal describe la vida y obra de su entrañable amigo

Por: Margarita Vidal*

En 2021, Intermedio Editores publicó el libro “Ya que me acuerdo”, en el que una de las figuras trascendentales de la televisión colombiana comparte valiosas anécdotas y recuerdos. Para dicha obra, la reconocida periodista escribió este hermoso prólogo que SEMANA hoy reproduce.


El origen

Entró a Colombia en 1930 y, después de cambiar su nombre por Alfredo Humar, un gallardo palestino de mirada penetrante y feroz llamado Yuseff Omar Mustafá, se instaló en el barrio Las Nieves de Bogotá, donde montó el consabido almacén de telas. Pero como era andariego, soltero y aventurero, tan pronto oyó hablar de un pueblecito encantador llamado Mesitas del Colegio, de clima privilegiado y a solo dos horas de Bogotá, no lo pensó dos veces y salió raudo al encuentro con su destino.

Corría el año de 1930 y el nuevo Alfredo tendría escasos veintidós años, pero ya manejaba un concepto publicitario que resultaba novedoso, absolutamente disruptivo y teatral, como asegura el quinto de sus retoños. Escogió un domingo de feria con la plaza y las calles a reventar. Todo de blanco hasta los pies vestido, Alfredo desfiló lenta y majestuosamente por la vía principal, cabalgando rítmicamente sobre un soberbio caballo blanco de crespas crines, ojos brillantes como los suyos y ondulante cola. Conducía una larga recua de mulas enjaezadas y cargadas con telas, toda suerte de abalorios y deslumbrante bisutería para tentar a las bellas del pueblo. Un admirativo rumor se esparció por la zona, entró insidioso en todas las casas, y todas las casaderas bonitas y otras no tanto terminaron formando un sólido muro de perfumes, olanes y risas alrededor de aquel inesperado milagro. Hasta allí llegaron escoltadas por la matriarca las hijas de una de las familias más ricas del pueblo, y, para no hacer spoiler, solo diré que la bella Soledad González terminó casándose con el turco y tuvieron diez hijos. Al quinto lo llamaron Alí, que terminó convertido –hace ya la friolera de 54 años- en uno de los íconos más conspicuos y queridos de la televisión colombiana.

El seductor seducido

Alí Humar actuó en decenas de teleteatros y dramas radiales, dirigió y actuó en grandes telenovelas de éxito, investigó dramas históricos, entrevistó celebridades, escribió guiones, se fajó algunos papeles memorables, ganó premios, fue seductor profesional de bellas admiradoras, rumbeó hasta el delirio y se coronó campeón indestronable del complicado juego de Generala traído de la Argentina por la actriz Carmen de Lugo, madre de su mejor amigo y gran director, el libretista Bernardo Romero Pereiro. Tuvo “enemil” novias hasta que por fin se casó, arrasado por un amor de borrasca, con Guiomar Jaramillo, una manizaleña de armas tomar que le sorbió el seso y con quien lleva casado 45 años. Al final de su carrera dirigió –feliz y documentado– Sábados Felices, el programa de humor favorito de los colombianos, el más longevo del país –y probablemente del mundo– con 48 años ininterrumpidos al aire.

Ya gozando de un bien ganado retiro, Alí publicó en febrero de 2020 su primer libro de memorias, con un título enigmático cuyo origen aclara en esta edición: Es mi versión y no la cambio, una vorágine de aventuras, anécdotas, vivencias, relatos de viajes, metidas de pata, triunfos, amistades, dolores, fracasos, expectativas y sueños, todo ello condimentado con una rica mixtura de humor y de gracia; del humor que caracteriza a Humar, si me permiten el calambur. Un libro que nos dejó antojados y que, tras su resonante éxito en librerías, empolló esta divertida segunda parte, Ya que me acuerdo, que tenemos entre las manos. Nunca una segunda parte fue mejor que esta extensión del deleite en tiempos tan rudos.

¿Un activista desteñido?

En una época ya muy lejana de su juventud, Alí fue un activista de izquierda. Al parecer, mejor intencionado que efectivo. Pero entre las brumas de su pasado errabundo le quedó el gusto por la política de salón, bien conversada, acalorada y fumada (es solo un dato al margen, porque hace décadas los pulmones le pasaron factura). Amén de un gran tino para analizar, deshuesar, degustar, saborear o escupir el acontecer nacional. La Revolución Cubana que apasionó a cientos de intelectuales y a juventudes ansiosas de cambiar el pestilente mundo de los gobiernos corruptos, también llenó de expectativas a este “métoentodo”, madurado biche, apasionado por el teatro y la poesía, la literatura, los periódicos y las tertulias intelectuales. Empezó a frecuentar los famosos cafés bogotanos que hoy son prehistoria y que en los sesenta y setenta vivían atestados hasta las banderas. En un ambiente cuajado de humo, artistas, poetas, periodistas, políticos, intelectuales y lagartos de toda laya, ansiosos de comentar y debatir los sucesos del día y de agregar su pizca de picante o de mala leche a rumores, conjeturas y chismes, se arrebataban la palabra. El sitio escogido era el Café Pasaje en la plazoleta de la Universidad del Rosario. También se daba su paseíllo por el Automático, donde reinaba León de Greiff, el pintoresco vate antioqueño que, con su eterna boina, su larga pipa y su corbata manchada de huevo frito, bogaba una tras otra, humeantes tazas de café bautizadas con aguardiente mientras recitaba sus poemas excelsos.

De aventuras y de andaduras

Tendría unos diecisiete años cuando con su bagaje al hombro se fue a Guatemala para ayudar a su padre, cuyo negocio había quebrado. Vendían telas de puerta en puerta en la capital donde, como se le convertiría en costumbre, cayó parado. Y cómo no, si aterrizaba en las tertulias y ensayos del famoso grupo de teatro Gadem, donde fue conociendo a la crema y nata de los círculos intelectuales del país centroamericano, en los que brillaba con luz propia y de lejos, un poeta, ensayista, periodista, novelista y revolucionario salvadoreño, que fue la mayor influencia en su vida y que se llamaba Roque Dalton.

Sus predecesores bogotanos y estas nuevas y deslumbrantes adquisiciones, especialmente Dalton, fueron decisivos en su formación intelectual y filosófica, dice Alí. De ellos aprendió el pensamiento dialéctico y las concepciones humanistas que lo han acompañado toda la vida.

Se había vinculado también a Juventudes Rebeldes, una asociación conformada por universitarios de la izquierda guatemalteca, que, como toda Centroamérica en esos años, era un hervidero de confrontaciones, conspiraciones de izquierda y réplicas de derecha. En esa época estaban a flor de piel las ideologías y se luchaba por introducir cambios sociales en los países azotados por dictaduras. Pero la cosa se complicó. Tal vez se hizo demasiado visible y, como era extranjero, los sicarios del Régimen lo cogieron entre ojos; a nuestro héroe le tocó irse bailando por peteneras. Entre todos hicieron vaca para darle un pasaje a Europa en klm. Lo esperaban Nueva York, París, Milán, Roma, Suecia, Praga, Pionyang (Corea del Norte) y Estrasburgo, donde estudió Filosofía y Letras.

Con Guatemala en el alma, arrancó una andadura de la Ceca a la Meca, que lo maduró lentamente, lo azotó algunas veces y terminó convenciéndolo de que la vida no da tregua y que es mejor no exponerla con espejismos y sueños inalcanzables.

Roque Dalton

En tantos años de conocer a mi amigo Humar, nunca le había oído pronunciar ese nombre y, como se me encrespó la curiosidad, encontré que Roque Dalton es el nombre de pila de un personaje mítico, perseguido y asesinado en 1975 por sus ideas y por mano de sus compañeros de lucha. Y era, además, según Miguel Ángel Asturias, uno de los tres mejores poetas de Centroamérica. Autor de numerosos libros, era un hombre notable y multifacético de quien el poeta y dramaturgo mexicano Eraclio Zepeda esbozó un atractivo retrato: “Era sin duda el hombre más vital que he conocido: gran poeta y excelente centro delantero en el fútbol; serio estudioso de materias militares y excelente bailarín de mambos, cuidadoso investigador de la historia y bebedor de trago largo y risa pronta, en los sitios más inauditos de La Habana; comentarista de profundos asuntos en la radio y dueño de la más amplia colección de cuentos para reír, que yo recordara. Sin embargo, se dedicaba infatigablemente a su trabajo literario”.

Su libro Taberna y otros lugares es el más celebrado por los críticos. Tenía una personalidad de gran magnetismo y un humor corrosivo. La escritora mexicana de origen ruso y ganadora del Premio Cervantes, Elena Poniatowska ha contado que “Roquito hacía reír hasta a las piedras, como lo escribió Eduardo Galeano, porque rompía los lugares comunes. Nadie menos solemne que Roque Dalton, ni nadie más capaz de hacer reír hasta en las horas más negras, nadie más capaz de aventarse a pecho abierto contra el peligro, pero era de una conmovedora bonhomía”. Por su parte, Ernesto Cardenal lo describió “flaco, de un blanco pálido, huesudo, narizón, y siempre riendo. Roque, un revolucionario reidor, que se reía en primer lugar de sí mismo”. Julio Cortázar, que aconsejaba “no matar nunca al niño que llevamos dentro”, decía que “hablar con Roque era como vivir más intensamente, como vivir por dos. A los cuarenta años daba la impresión de un pibe de diecinueve. Tenía alma de niño travieso y juguetón. Era difícil saber y darse cuenta de la fuerza, la seriedad y la eficacia que se escondían detrás de ese muchacho”.

Se afirma que “los aportes de Dalton a la literatura nacional y latinoamericana son la incorporación del humor al lenguaje poético, el sarcasmo en la metáfora, la burla en el enfrentamiento político e ideológico, con el sistema”. Dalton era soñador y romántico hasta los huesos. Quiso a su país hasta dar su vida por él y dejó una impronta muy honda en el alma de Humar. Después de nutrirse con las enseñanzas de este hombre singular y maravilloso, con veintidós años y solo veinte dólares en el bolsillo, Alí Humar, el último de los diez hermanos que nació en Mesitas del Colegio antes de que la familia se fuera a vivir a la capital, se lanzó a la conquista del mundo por su cuenta y riesgo y fue capaz de regresar a Colombia después de casi una década, sin heridas ni cicatrices irreparables.

Guiomar Jaramillo y Ali Humar.
Guiomar Jaramillo y Ali Humar. Agosto 30 de 2006. Foto: Imagen Reina - Revista Jet- set. - Foto: Imagen Reina - Revista Jet- set.

El rey sol

Alí Humar cumplió 75 años el pasado 19 de agosto de 2020. Es, pues, un leo de lustrosa melena, centro de la atención en ambigús y saraos donde lleva la voz cantante, desmenuza la actualidad y hace desmadejar de risa a sus contertulios.

Para este bosquejo le pedí ayuda a mi astróloga de cabecera, Linda Goodman, y su biblia del cosmos, para definir a este personaje cuyas andanzas las rige el sol. Y esto me dijo: “El Leo es el alma de las fiestas, pero no es ningún bufón. Pese a las apariencias, no hay nada de campechano en su naturaleza íntima. Es resuelto y tenaz. Sabe lo que quiere y generalmente lo consigue. Y también es bueno para conservarlo. El león alterna entre ser decididamente gregario y una hermosa indolencia mientras sofoca un sibarítico bostezo. Regidos por el astro rey, los leo son de una gran nobleza y están íntimamente convencidos de su regio derecho a reinar sobre amigos y familiares y son sumamente astutos en muchos sentidos. Lo domina un gran temor al ridículo, pero es un excelente organizador y sabio distribuidor de obligaciones y roles. Sus órdenes son sorprendentemente efectivas cuando controla los efectos dramáticos, porque, así como puede ser un maestro en el arte del discurso simple y directo, de vez en cuando le da por adornarse con gestos ampulosos y teatrales. Expresa generosa y abiertamente su aprobación y lo que dice es lo que siente. Las regias maneras de este signo solar se despliegan cuando el hombre o la mujer leo ofrecen fiestas. Uno se siente como si estuviera en un palacio real”.

Y de mi propia cosecha abonada a lo largo de cincuenta años de amistad sin fisuras, puedo dar fe de que Alí Humar es culto, inteligentísimo, rápido, socarrón y afortunado creador de filosos sarcasmos. Disciplinado, perfeccionista, solidario y amigo leal. Brillante conversador, juega con las palabras y las ideas y sabe crear a su alrededor un ambiente de gran suspense antes de sus fenomenales conversatorios. Franco y confiable, exhibe una calma oriental y hace que quienes lo queremos y frecuentamos nos sintamos cómodos, felices de verlo y que empecemos a saborear de antemano el momento de estallar de risa con sus ocurrencias, sus anécdotas y sus miríadas de recuerdos. De memoria privilegiada, como cualquier Sherazade puede engarzar con su pico de oro y sus manos de orfebre largas cadenas de cuentos hasta la madrugada. Le gusta reconocer que resultó tan aventurero como su papá, a quien le heredó además una imaginación desbordada. Recuerda que tramaba a sus diez hijos con el cuento de que en el río Jordán se lo había tragado una ballena y lo había vomitado en Barranquilla. De ahí su deseo de conocer el mundo. No le heredó el deseo de riqueza. Muy al contrario, resultó ser un pésimo negociante. De Solita, su madre, de perturbadora belleza, tiene la sensibilidad. Alí llora a moco tendido con el himno nacional, a mares con los triunfos de los deportistas, a Niágaras con una mujer humilde que arropa a su hijo para protegerlo del frío, y dice que a pesar de no haber sido tan buen galán de telenovela, lo que le ayudó fue haber heredado el ángel de Solita González.

Ama a Guiomar, su mujer, y a sus hijos Valentina y Fabio, y pierde la chaveta con su nieta Alicia, que heredó la legendaria belleza de las mujeres Humar y le reblandeció la mollera. Sobre su regreso a Colombia cuenta que un día vio en un periódico europeo la noticia de que la guerrilla estaba en las goteras de Bogotá, que había invadido La Calera y que era inminente la toma del poder. Sintió que debía estar en Colombia y se vino en bombas a Bogotá, imaginando que entraría en un blanco corcel por la carrera Séptima, cabalgando hacia la victoria. Al llegar encontró que el corresponsal había inflado como un zepelín la noticia de que le habían “tumbado” el revólver a un policía en La Calera.

Retomó entonces sus temas, se vinculó con el grupo de teatro de Santiago García y se refugió en sus amigos de tantos años. La realidad, su sentido común y su vocación terminaron “jalándolo” y Alí no pudo (ni quiso) escapar de la pantalla chica, donde estuvo delante y detrás de cámaras más de cincuenta años. En ese regreso, cuando ya salía de la inmigración italiana, le dio al gendarme su nombre sin traba alguna. Pero cuando llegaron al “lugar de nacimiento”, el hombre quedó perplejo ante su respuesta: Le Tavolini de la Scuola, dijo Alí en un divino italiano y poniendo su mejor cara de póker. Y todavía se está riendo.

*Tomado de “Ya que me acuerdo”. Intermedio Editores, 2021.