El efecto de la música no deja de sorprender. El mundo carga mucha angustia y descaro que hay que procesar en tiempo real, desde 2024, en especial, pero con especial frenesí en 2026. Y la música sale al rescate. ¿Cuándo no?
La noche del 30 de enero de 2026, en un teatro fantástico lleno de gente, energía y un sonido precioso (el Julio Mario Santo Domingo de Bogotá), un par de hermanos ecuatoriano-suizos llevaron a todo el mundo a volar, como vuela una cometa en un atardecer reflexivo. Los Hermanos Gutiérrez nos limpiaron el alma y nos devolvieron al mundo.


Casi no llegan... ellos al país; y solo aterrizaron en la capital colombiana algunas de sus guitarras, por eso Alejandro tocó con la ropa con la que voló (de sport, como lo expresó). Pero, si algo, esto los motivó alguito más. Contaron que viene disco nuevo de la mano de Dan Auerbach (de los Black Keys), con quien vienen trabajando hace ya un tiempo. Contaron la historia de cómo se hicieron un grupo, de esos que hacen giras y tocan en muchos países, después de tocar su ritual de hermanos ante los oídos de un amigo. Este les dijo que tenían que compartir lo que hacían. El resto es historia viva.
En el Teatro Mayor, donde sonaron inmaculados, los Hermanos Gutiérrez dejaron el sonido de guitarras que se respiran como el aire y limpian como el agua. Postales en video de una bella producción. Ya puede leer la crónica de la noche en https://t.co/if1kX8q65f pic.twitter.com/f8FgPn8wVj
— Revista Semana (@RevistaSemana) February 1, 2026

Entre canciones, hablaron del desierto, de cómo los inspira, y de un viaje en Ecuador por toda la ruta del sol que los conectó con su país y con su sonido. Estos hermanos se agradecieron mutuamente varias veces. Se nota que no deja de resultarles mágico hacer lo que hacen, entregar estas ondas y verlas actuar en la gente.

Este es el tipo de concierto que se siente como ritual de respiración, sin querer queriendo. Tiene un efecto fisiológico por la onda de sus canciones. Si se quiere, ante los Gutiérrez se está al borde de la hipnosis, por la manera en la que sus instrumentos complementan sus caminos, melodías e intenciones.

Los sonidos nacen de las guitarras de Estevan, el mayor, y las guitarras y el slide de Alejandro, el que, inspirado en su hermano cuando lo escuchaba de niño, ahora toca con él. La cadencia natural de sus pases en la guitarra es clave en el aspecto percutivo de este show; marca ese ritmo de la tierra misma, del corazón. Esteban los complementa con unas máquinas de loops y unos bongos. Esto no deja de sorprender a Alejandro. Se lo contó al público, la precisión de su hermano, que, en efecto, es notable.

Pero claro, las guitarras y el slide lo son todo; son la textura, la alfombra mágica, el borrador de angustias. Sus sonidos se meten por los poros, se instalan en cabeza y corazón y obnubilan todo de la mejor manera, con una luz tranquila, con un horizonte infinito.

El concierto duró una hora y 35 minutos, contando la pausa protocolaria antes del encore. Y cuando el cierre asomó, la gente se resistió a que llegara, y se expresó al respecto casi bordeando la desaprobación. Pero supo aceptarlo cuando sucedió, y agradeció mucho a estos artistas por los favores recibidos…

Al lado mío, una de las muy pocas sillas vacías del recinto correspondía a una amiga que no pudo llegar. Entonces pensé en hacer del espacio un ritual también, porque la música invitaba a hacerlo. Ella no llegó, pero hubiera querido, así que ahí estaba sentada. También estaba ahí mi amiga Daniela, mi conexión ecuatoriana, que vive en Galápagos, pero estaba ahí, en esa silla. Ella me presentó a este dueto fraternal que anoche le dio una razón a Bogotá para resistir el embate del agobio planetario y resetearse desde una respiración hecha arte.











