Para el futbolero su vida se mide en mundiales. Siempre asocia recuerdos o momentos trascendentales con alguna edición. Y dentro de esa evocación con nombre propio de país y un año par como apellido, la memoria adquiere forma rectangular para abrirle espacio a un infaltable de la Copa del Mundo: el primer álbum completado.
Hace décadas, al menos desde la época de los noventa, el evento más popular y visto del planeta empieza mucho antes de su partido inaugural. La ansiedad por saber cuándo sale al mercado el coleccionable; la ilusión por destapar el primer sobre o la alegría de tener los primeros escudos, equipos o grandes figuras son el verdadero puntapié inicial. Un partido aparte se juega en las calles con aglomeraciones propias de una final. En busca de esa copa hecha lámina que tanto cuesta encontrar para llenarlo.
Esa fiebre mundialista nació en un pequeño quiosco de periódicos en Modena (Italia). Los hermanos Giuseppe, Benito, Franco y Umberto Panini lanzaron el primer álbum de fútbol en 1961, cuando decidieron meter un lote de estampas del Calcio en sobres de a dos, a un precio de 10 liras para aquel entonces. En cuestión de semanas, vendieron 3 millones de paquetes.
Así fue como comenzó esta conexión emocional entre los hinchas y el deporte más popular, que desde el Mundial de México 70 se hizo oficial con la Fifa para que cada cuatro años se reafirme a través de intercambios espontáneos y los ritmos cardiacos de niños, jóvenes y adultos se aceleren con una simple frase: “La tengo. No la tengo”.

Todo un fenómeno global que crece cada Mundial y a su vez, cambia. Tanto que luego de 56 años, este negocio millonario tiene nuevo dueño. A partir de 2031 el álbum será producido por Topps, marca de Fanatics, un gigante corporativo estadounidense del merchandising deportivo que ya tiene los derechos de la NBA, NFL y la Premier League.
El acuerdo va más allá de los álbumes físicos y digitales. Incluye la distribución gratuita de más de 150 millones de dólares en productos como ropa, eventos y coleccionables de lujo (trading cards) durante la vigencia del contrato. “Fanatics está impulsando una innovación masiva en artículos de colección que ofrece a los aficionados una nueva manera de interactuar con sus equipos y jugadores favoritos. Esto representa otra fuente importante de ingresos comerciales que reinvertimos en el fútbol”, señaló el presidente de la Fifa, Gianni Infantino.
Michael Rubin, fundador de Fanatics, busca expandir su imperio fuera de Estados Unidos y un nuevo liderazgo en el mercado global de coleccionables deportivos, que proyecta alcanzar los 40.500 millones de dólares para 2030, en el que la compañía está posicionada para capturar la mayor parte de dicho crecimiento.

Su ambicioso plan ha coincidido con la política expansionista de Infantino en Fifa, influenciada por el modelo deportivo estadounidense. O si no que lo digan los cooling break o pausas de hidratación que dividirán en cuatro tiempos los juegos del Mundial o el show del entretiempo de la final que será al mejor estilo del Superbowl para un mayor provecho publicitario.
“Business is business”. Industria antes que deporte. Y Panini lo sabe de sobra. Sale del partido, pero con un título eterno. El Puskas del marketing: epónimo comercial. Su marca ya es tan popular, que los aficionados seguirán usándola para referirse al producto genérico. En pocas palabras, los aficionados no dicen: “Llené el álbum” sino “completé el Panini”.
Tres generaciones llevarán consigo ese nombre, reconocimiento que nadie le puede quitar y podría incluso aumentarse para su despedida. La empresa italiana cerraría una época histórica del coleccionismo deportivo con el álbum más grande de la historia, de prosperar la iniciativa de tener 64 selecciones en 2030.
Cada lámina del último Panini tendrá nostalgia autoadhesiva. Como el gol de Maradona a los ingleses; el que no fue de Pelé en el setenta; la celebración de Bebeto en USA 94; el cabezazo de Zidane a Materazzi en la final de Alemania 2006; la agónica definición de Iniesta en Sudáfrica 2010 o la joya de James en el Maracaná. Sí, ya es un clásico mundial.

