Las esmeraldas colombianas están ganando espacio frente a los diamantes en segmentos del mercado de lujo, como los anillos de compromiso y la alta joyería. Esta tendencia se ha fortalecido en los últimos años, en un contexto de mayor interés por piedras naturales y con origen trazable.
De acuerdo con Fortune Business, plataforma especialista en data, mientras el mercado mundial de los diamantes registra un crecimiento anual del 4,6 %, el de las esmeraldas avanza a una tasa proyectada del 6,1 %, impulsado por la demanda de gemas naturales de alta calidad. Colombia participa con cerca del 55 % del mercado mundial de estas piedras, según cifras de ProColombia.
Para María Inés Hincapié, CEO de Aria Gems y experta en esmeraldas, el comportamiento responde a cambios en las preferencias de los compradores. “Durante años el diamante fue sinónimo de compromiso por una construcción de mercadeo, pero hoy las personas buscan piezas con identidad propia, historia y un origen que puedan conocer, y la esmeralda colombiana ofrece justamente eso, ya que ninguna es igual a otra”, afirma.
El color tiene un peso relevante en la valoración de estas piedras. Una esmeralda pequeña con alta saturación puede superar en precio a otra de mayor tamaño con menor intensidad. También influyen la claridad, el corte y el origen.
Las inclusiones naturales, conocidas como “jardines”, permiten identificar características de formación y procedencia. En las esmeraldas colombianas, las inclusiones trifásicas, compuestas por líquido, gas y un cristal, son un elemento utilizado para determinar su origen geológico.
Certificaciones como GIA e IGI, además de la identificación de minas como Muzo, Chivor o Coscuez, aportan información sobre la procedencia. A esto se suma la expansión de los diamantes cultivados en laboratorio, mientras la disponibilidad limitada de esmeraldas colombianas de alta calidad mantiene su escasez.
