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Del maltrato al emprendimiento, así nació una exitosa marca de productos para el cabello

Se trata de Fruto Salvaje, una firma que le apuesta a un mercado muy competido y que ya está haciendo sus primeros pinitos en Estados Unidos. Esta es su historia.


Las historias de violencia contra las mujeres ejercidas por su parejas o exparejas cada vez ocupan más espacio en los medios de comunicación. Aunque lamentablemente muchas perecen y otras logran salvarse, viviendo para contar su historia y evitar que se repita con otras mujeres, pocas como Marcela Aristizábal, quien no solo es sobreviviente de este flagelo machista, sino que le sirvió para crear Fruto Salvaje, una marca de productos capilares que hoy factura 200.000 dólares al mes.

Todo comenzó por el maltrato de su expareja en Caicedonia (Valle), quien no aceptaba que la relación había terminado. En venganza, decidió mandar a que le pegaran a Marcela un sombrero en su cabeza, el cual pudo retirar con mucha dificultad. Tuvo que usar gasolina, lo que dañó su cuero cabelludo y le implicó tener que llevar ese olor en el pelo durante dos años, así como huir de su pueblo.

Se fue a vivir a Medellín para iniciar una nueva vida (comenzó a estudiar derecho) y en el entretanto empezó a investigar con productos naturales que le ayudaran a recuperar el cabello, pues ya había probado con muchos de los productos químicos que existían en ese momento.Intentaba con papaya, con aguacate, con sábila... iba subiendo o bajando las cantidades hasta que di con una fórmula que me curó y muchas amigas me empezaron a preguntar por lo que estaba usando”, recuerda.

Decidió regalarle su mezcla casera a una amiga que sufría de alopecia y fueron buenos los resultados, al punto que empezaron a llegarle pedidos. Se puso literalmente manos a la obra, pero su desconocimiento del mundo empresarial la llevó a hacer mal los cálculos de cuánto debía cobrar (pedía 9.000 pesos por su fórmula mágica), pero no tuvo en cuenta el valor de su mano de obra, ni la electricidad que gastaba en la licuadora, el tiempo que le dedicaba a atender pedidos por WhatsApp, el costo de ir a entregar el producto (pues lo hacía ella misma), ni el tiempo que se gastaba reciclando botellas de agua y cajas helados que le regalaban en las droguerías para empacar el producto.

A invertir

Por no hacer bien las cuentas, la idea de negocio le duró 15 días, pero para ese momento su vida amorosa ya se había sanado y ya estaba casada. Su esposo, quien sí tiene la vena empresarial, le hizo caer en la cuenta de sus errores y le dijo que aprovechando que había demanda debía invertir en un mensajero y buscar una forma de producir más, así que empleó a una amiga. Luego los suegros de Marcela se interesaron en el negocio y empezaron a ayudarles a pelar fruta y a hacer el tratamiento. Ellos están ubicados en el corregimiento de Santa Helena, que pertenece a Medellín, y allí instalaron su centro de operaciones.

Eso fue hace 10 años y el siguiente consejo de su esposo fue ponerle un nombre a su producto, que hasta ese momento se llamaba tratamiento de frutas. La marca elegida fue Fruto Salvaje, así que lo que vino después fue registrarla y buscar un amigo de la universidad para que les hiciera un logo. Con esto listo, el siguiente paso fue sacar el registro Invima. La empresa seguía creciendo y tuvieron que recurrir a maquiladores, pero esa experiencia no fue buena. Eso llevó a Marcela y a su esposo a aventurarse para crear su propio laboratorio. “Nos endeudamos en el banco, lo montamos en Santa Helena y hoy podemos decir orgullosos que allí empleamos a 100 personas”, dice esta emprendedora.

Fuera de Medellín

A la par con el crecimiento industrial se fue dando el de la comercialización fuera de Medellín. El hermano de Marcela empezó a vender en Cali, ella abrió mercado en Armenia, una amiga en Bucaramanga, luego Cúcuta y Bogotá.

Para crecer, la fundadora de Fruto Salvaje creó un programa de venta directa, similar al que se hace por catálogo, pero por Instagram. Lo denominó cosechadoras de flores y su plan es empoderar a muchas mujeres que, como ella, salen adelante pese a las adversidades. Cada cosechadora hace una inversión inicial de 1 millón de pesos para tener productos y ellos les ayudan al montaje de su cuenta de Instagram. Ya tienen 800 cosechadoras, así como 10 tiendas propias en centros comerciales del país. El número era mayor, pero debieron cerrar 11 durante la etapa más dura de la pandemia. Su salvación fue su página web, la cual les permitió mantener el nivel de ventas.

En las tiendas inicialmente solo vendían sus marcas, pero ahora comparten espacios con otras mujeres empresarias que venden artículos complementarios como maquillaje o copas menstruales.

Fruto Salvaje emplea directamente a 350 personas y su siguiente paso consiste en crecer en el exterior. En Estados Unidos ya tienen una bodega, con la que buscan brindarles oportunidades a mujeres migrantes que quieran ser cosechadoras. También están comprometidos con la formalización de los campesinos a los que les compran frutas y miel (esa la adquieren en el Bajo Cauca en programa de sustitución de minería).

En la década de operaciones que lleva Fruto Salvaje, sus propietarios han pasado por etapas de abundancia, pero también de crisis ante la dura competencia del mercado de productos capilares, pero han aprendido a diferenciarse y a ganarse su espacio en el mercado. Incluso participaron en el programa televisivo para emprendedores Shark Tank y obtuvieron una financiación que finalmente no utilizaron, pero Marcela Aristizábal, madre de cuatro hijos, está convencida de que el camino de la prosperidad está en empoderar a las mujeres.