Jaime Alonso Restrepo Carmona, CEO de Rotorr-Motor de Innovación, tiene una cifra que repite cada vez que puede porque, dice, resume mejor que cualquier diagnóstico el problema del agro colombiano: el 80 por ciento de los proyectos productivos fracasan. Es lo que la corporación documentó sobre el terreno, revisando alianzas y acompañando comunidades en más de 140 proyectos durante los últimos dos años. “Los estamos llevando al fracaso”, dijo.

El problema, según Restrepo, no es que los jóvenes no quieran el campo. Es que el campo no les ofrece condiciones para quedarse. Los empuja hacia las ciudades con proyectos que fracasan, precios que no se sostienen y un modelo de emprendimiento que traslada todo el riesgo a quienes menos tienen cómo asumirlo. “No se lo podemos seguir trasladando a los jóvenes. Lo tenemos que asumir como Estado, lo tenemos que asumir como empresa”, dijo.

Desde Rotorr, una corporación nacida alrededor del ecosistema universitario y enfocada en conectar conocimiento académico con territorios rurales, viene construyendo una tesis incómoda para buena parte del discurso tradicional sobre desarrollo rural: antes de pedirles a los jóvenes que emprendan, el país debería garantizarles empleo.
“Los traemos, pero luego se nos quedan. Entonces, ¿cómo los devolvemos?”, planteó al hablar del papel de las universidades. Para Restrepo, el país ha insistido en formar jóvenes para emprender sin construir antes las condiciones mínimas de estabilidad que hacen viable cualquier proyecto. Su propuesta es directa: “No los tiremos al agua. Busquemos generar empleo desde el sector público”.
La idea no es nueva en su trabajo. En territorios afectados por el conflicto armado, Rotorr implementó cinco laboratorios de paz instalados en predios destinados a reparación de víctimas. Allí contrataron 150 familias: jóvenes rurales, víctimas, desmovilizados de grupos paramilitares y exintegrantes de organizaciones subversivas, todos trabajando juntos con ingresos y acompañamiento universitario, recuperando proyectos productivos de madera y palma.
Sin pedirles que asumieran el riesgo de un negocio propio antes de tener las herramientas para hacerlo. “Hay que generar empleo, hay que garantizar estabilidad y no trasladarles el riesgo”, reiteró.
La referencia histórica que usa para sostener ese argumento es deliberada. “¿Qué tal si aprendemos del siglo pasado?”, preguntó, aludiendo al modelo antioqueño en que la Facultad de Minas de la Universidad Nacional y empresas públicas como EPM crearon empleo antes de esperar que los ciudadanos lo generaran solos.
Su propuesta es replicar esa lógica en el agro: empresas agroindustriales que vinculen al Estado, la academia y el sector privado para garantizar mercados y pagar salarios en las regiones. Con un comprador asegurado del otro lado, el riesgo se distribuye. Sin él, el productor rural lo carga solo.
“Si yo logro generar un proyecto para suplirle todos los productos a Postobón y logramos una iniciativa público-privada para generar empleo, esos jóvenes empiezan a desarrollar habilidades y competencias mientras reciben un salario”, explicó.
En el fondo, Restrepo insiste en cambiar el orden tradicional de la ecuación. Primero, estabilidad; después, emprendimiento. Primero, ingresos; luego, riesgo empresarial. No como ideología, sino como realidad: de cada diez emprendimientos rurales, nueve quiebran. Y el costo lo pagan siempre los mismos.
Cambiar la educación rural
La propuesta sobre educación sigue la misma lógica. Restrepo defendió modelos de formación por ciclos propedéuticos que permitan estudiar y trabajar al mismo tiempo, sin obligar a los jóvenes a abandonar sus territorios para acceder a educación de calidad.
“El joven empieza trabajando. Luego se especializa en un oficio, después estudia una tecnología y más adelante puede dar el salto a un pregrado”, explicó. Con internet satelital y universidades que adapten sus modelos, dijo, eso ya es posible. Lo que falta es voluntad.
Para Restrepo, la brecha entre formación y empleo rural no se cierra con más programas académicos, sino con un cambio de orden: que el joven primero reciba un reconocimiento económico por su trabajo y desde esa estabilidad genere procesos de apropiación, de aprender haciendo.
“Si nosotros los formamos en la generación de habilidades y competencias aplicadas para ganar dinero, creo que es el primer paso para que haya un modelo sostenible en todos los temas de educación en el campo”, dijo.
Por eso insiste en que la academia, las entidades territoriales y la empresa, en alianza con el Gobierno nacional, logren generar procesos de empleo enfocados precisamente en la formación.
Esa visión conecta con uno de los conceptos centrales de Rotorr: “De los territorios a los escritorios”. Una inversión de la lógica dominante, según la cual el conocimiento baja desde la academia hacia las comunidades. Para Restrepo, el campo tiene saberes productivos, experiencias y formas de innovación que deben subir hacia las universidades, no al revés.
El país, dijo, necesita adaptar los pénsums académicos a la realidad del campo y “construir procesos de formación aprendiendo haciendo”.
Por eso rechaza la idea de un relevo generacional entendido como sustitución. Prefiere hablar de empalme generacional: jóvenes que incorporan tecnología y nuevos modelos de negocio trabajando junto con los adultos mayores, aprovechando décadas de conocimiento acumulado en lugar de descartarlo.
“Ellos quieren formarse, pero también quieren ganarse un salario”, dijo Restrepo. Su planteamiento no es una defensa de metodologías ni de modelos de innovación. Es una señal de algo más simple y más urgente: el país les sigue pidiendo a sus jóvenes rurales que asuman un riesgo que ningún otro actor quiere asumir por ellos.
“El riesgo no se lo podemos seguir trasladando a los jóvenes. Lo tenemos que asumir como Estado, lo tenemos que asumir como empresa en los programas de responsabilidad social corporativa para poder montar modelos sostenibles”, cerró.
Un guante contra el temblor
Germán Reyes Marín es ingeniero biomédico y cofundador de ART/wear. Tiene una historia que conoce de cerca: uno de sus mejores amigos desarrolló temblor esencial, una enfermedad neurológica similar al párkinson que provoca movimientos involuntarios en las manos y dificulta tareas cotidianas como escribir, comer o sostener un vaso. De esa historia personal nació un guante diseñado para reducir los temblores y devolverles autonomía a los pacientes.
El proyecto encontró respaldo en Rotorr en temas de propiedad intelectual, aceleración empresarial y conexiones para buscar financiación en Europa, particularmente en Suiza. Pero Reyes fue claro sobre dónde está el verdadero obstáculo: no en la tecnología, sino en el territorio.
Especialidades como neurología siguen concentradas en las grandes ciudades y en las zonas rurales esa atención sencillamente no llega. “Es un compromiso importante reflexionar sobre cómo podemos llevar esta clase de tecnologías a toda la ruralidad”, afirmó. Una innovación que no llega a los territorios donde más se necesita, dijo, no sirve de mucho.
