SEMANA conversó con el escritor bogotano a propósito del lanzamiento el primero de febrero de 2026 de ‘Esto ha sucedido’ su más reciente libro en el que recopila sus columnas de opinión en El País de España de los últimos cinco años y que llega a las librerías en medio de un fuerte ambiente electoral.

SEMANA: ¿De dónde viene la idea de escribir este libro?
Juan Gabriel Vásquez: El libro se llama Esto ha sucedido porque al principio de La peste, de Camus, el narrador dice que la labor del cronista es decir “Esto ha sucedido” cuando ve que, en efecto, esto ha sucedido. Y lo pone allí, confesando que no es tan fácil como parece, pero en teoría debería ser fácil.
Resulta que en nuestro tiempo, me parece a mí, no hay nada más difícil que la actividad de mirar la realidad y decir lo que se ve. Porque vivimos tiempos en los que hay un intento de engañar al ciudadano, de hacerle creer que no está viendo lo que está viendo, el intento de manipular la realidad, de confundirnos a todos, de hacer lo que en inglés se llama gaslighting, que es perfecto para lo que nos está pasando políticamente como ciudadanos. Todo eso forma parte de nuestros días.
Cada vez es más difícil decir “esto ha sucedido” cuando uno ve que está sucediendo. Es cada vez más difícil llamar a las cosas por su nombre. Todos vemos en las pantallas que hay una agresión al Capitolio en un intento por subvertir un proceso electoral, pero otros dicen: “No, es un día pacífico, patriótico y amoroso entre ciudadanos”. Y eso dificulta enormemente la tarea de los que queremos contar la realidad, periodistas sobre todo, pero también desde la historia, desde otras maneras que hemos inventado para narrar el mundo.
Entonces, yo creo que el libro está atravesado por esa reflexión, lo difícil que es ver la realidad de manera clara en un mundo donde hay fuerzas muy poderosas empeñadas en distorsionar nuestra mirada, en confundirnos y engañarnos.

SEMANA: El libro llega en tiempos electorales. ¿Coincidencia?
J.V.: No, es absolutamente pensado y meditado. Yo quería que este libro se publicara en época de elecciones en Colombia, con la ilusión tal vez demasiado idealista de que sus temas entren en la conversación de los lectores colombianos. En época de elecciones, me parece a mí que sería tremendamente deseable que los colombianos pensáramos más en la línea delgada que separa en estos días la verdad y la mentira, en la manipulación, el engaño al que estamos siendo constantemente sometidos en las distorsiones de la realidad de las que son culpables nuestros políticos y en la manera programática como las redes sociales han permitido a los candidatos hoy mentir, distorsionar la realidad y engañar a la gente. Eso por un lado.
Pero, por otro lado, el libro incluye columnas que giran alrededor de los temas de violencia y memoria como grandes temas que atraviesan la conversación colombiana constantemente. Por eso también quiere ser un llamado a los votantes colombianos a la tendencia preocupante de admirar al violento, admirar al que más grita, al que pega un puñetazo sobre la mesa o al que elogia o incita a la violencia contra los otros, tipo Abelardo de la Espriella, que llama a destripar a la izquierda. A mí esto me preocupa.


Yo llevo más de 20 años escribiendo novelas que tratan de preguntarse por qué la violencia colombiana, por qué no somos capaces de romper los ciclos, porque la violencia colombiana es capaz de reinventarse para cambiar de actores, cambiar de combustible, pero estar siempre ahí a lo largo de décadas y décadas. Y como columnista he querido publicar este libro también para poner a disposición de los lectores ciertas herramientas para tratar de entender nuestra realidad violenta y cómo encaja también con el momento difícil que vivimos.
SEMANA: Hablemos sobre la opinión y la ‘opinadera’ en tiempo de redes sociales…
J.V.: Yo creo que nos ha faltado mucha responsabilidad como ciudadanos en tiempos de redes sociales. Las redes sociales, las plataformas han sido muy hábiles en esconder sus mecanismos, en ocultar el nivel de manipulación. Creo que nos ha faltado una responsabilidad cívica muy básica de corresponder a la democratización de la opinión que han traído las redes sociales. Esto ya es el grado más alto de idealismo y es absolutamente impracticable, pero yo desearía que un ciudadano, antes de compartir una información, tuviera la mínima responsabilidad de confirmar si es verdad o no. De hacer uso de una mínima inteligencia para identificar el engaño, la manipulación, la mentira y hacernos responsables de la información que compartimos.
La mitad de los ciudadanos podría hacer esto, y a mí ya me parece suficientemente idealista e ingenuo creer que pueda ser así. Y la otra mitad de esto, lo más decepcionante, colabora con el impulso, con el esfuerzo del engaño, de la manipulación, de la distorsión. Y son perfectamente conscientes de que comparten una mentira, de que comparten una calumnia, de que están haciendo daño a alguien al alargar una cadena de WhatsApp o de fomentar una distorsión o una desinformación, y lo hacen porque ahí encuentran un rédito político. Y esto ya me parece la abdicación de toda responsabilidad ciudadana.

SEMANA: ¿Es por eso que se opone a tener redes sociales?
J.V.: Todo comenzó como una neurosis de novelista. Yo soy muy protector de mi tiempo porque es muy poco el que tenemos los novelistas; es muy poco el tiempo que tiene todo el mundo, pero escribir novelas necesita una concentración, una dedicación y una constancia, y la actividad en redes sociales me parece amenazante.Cuando empezó todo el tema de las redes sociales, no quise entrar en ellas porque sentía que amenazaban mi tiempo. Muy pronto me di cuenta, además, de que no solo amenazaban mi tiempo, sino que se estaban convirtiendo en un terreno de narcisismo, de egolatría, de ombliguismo, que rompía la comunicación entre las personas, que envenenaba la conversación y entonces ahí di un paso alejándome.
Pero a medida que me he informado más y que el tema me ha ido interesando y he leído libros y me he asomado al lado oculto de todo esto, me he dado cuenta de que, además, la presencia en redes alimenta un modelo de negocio que está destruyendo las democracias como las conocemos. Con plena conciencia, Elon Musk es una de las tres personas más peligrosas del mundo hoy. Y su proyecto de dominación de las sociedades, en alianza con los autócratas, es el gran reto de nuestro tiempo y yo creo que la única manera de hacerle frente sería que la gente cierre, se salga de ahí y vaya a otra parte o espere que su salida provoque un cambio de modelo de negocio donde la rentabilidad no sea el producto de la manipulación, de las emociones, del envenenamiento de las democracias y del sostenimiento de proyectos de extrema derecha en todo el mundo, que lo que quieren es destruir las democracias y la convivencia.

SEMANA: ¿Se ha metido en problemas por opinar?
J.V.: He recibido las mismas agresiones que recibe cualquier persona, cualquier columnista, periodista de un público muy dado a la violencia, y Colombia es un país donde se amenaza de muerte con una facilidad enorme. Vivimos en un país que tiene una facilidad para la violencia que yo no he visto en otras sociedades. Hay algo en la naturaleza colombiana que facilita la violencia y que la permite. Y cualquier persona que dé una opinión política en público se somete a las agresiones, a los ataques, y he sufrido de eso como todo el mundo; no en mayor medida, creo yo, pero tampoco en menor. Y es algo por lo que se aprende a convivir.

SEMANA: ¿Qué espera que ocurra en las elecciones presidenciales en Colombia?
J.V.: El libro tiene la pretensión de recordarle al ciudadano ciertos valores que, por supuesto, vienen en forma de mis propias opiniones políticas, mi aprecio por algunas figuras políticas, pero, sobre todo, mi crítica a las que en mi concepto lo merecen. Yo diría, remitámonos a una carta de un ruso del siglo XIX, Antón Chéjov, al que le preguntaron cuál era su visión del mundo, cuál era su ideología, por qué no la plasmaba en sus cuentos, por qué no tomaba partido. Y él decía: “No, mi manera de ver el mundo es muy clara, odio la violencia y la mentira en todas sus formas”. Lo que yo aspiro es a libertad, libertad de la violencia y la mentira. Y yo quisiera que alguien que va a ejercer el voto en las próximas elecciones se pregunte si ese candidato es violento, si incita la violencia, si da declaraciones violentas, si miente, si engaña. Si toleramos la violencia y la mentira cuando nos favorece políticamente y la condenamos solo cuando no nos favorece, ya con eso empezamos a entender la debacle en la que estamos y los riesgos que estamos corriendo como sociedad.
