Emiliano Pernía tiene 26 años y una historia familiar ligada a la actuación. Es hijo de los actores Gregorio Pernía y Marcela Mar, pero durante buena parte de su juventud esa herencia, más que un privilegio, fue una sombra con la que necesitó aprender a convivir. SEMANA conversó con el actor.

Para Pernía, el cierre de Cien años de soledad no ocurrió cuando terminó de grabar sus escenas. El verdadero cierre llegó meses después. “Siento que ese ciclo lo pude cerrar el día del estreno. Yo pensaba que cuando me dieron ‘el fuera del aire’ en el rodaje, pensaba: ‘Bueno, esto ya se acabó acá’. Pero claro, cuando fui al estreno y me reencontré con todo el elenco, con mis compañeros, con Laura Mora y con Carlos Moreno, siento que ahí hicimos un cierre comunal”.
La magnitud de la serie también explica el lugar que ocupa para él. Interpretar a Aureliano José significó entrar en un universo de época, llevar al audiovisual a un personaje que pertenece a una obra fundamental de Gabriel García Márquez y asumir las exigencias de una producción que, según recuerda, implicó retos enormes para todos los departamentos.
La preparación comenzó por la novela. Pernía había intentado leer Cien años de soledad durante el colegio, pero entonces no había conseguido conectar con ella. Ser elegido para el papel cambió esa relación. “Intenté leerla cuando estaba en el colegio, pero era muy vago para los estudios en esa época y no fue el momento de conectar con la obra. Sin embargo, años después, cuando quedé elegido para el personaje y me dieron tiempo, que es el regalo más lindo que le pueden dar a un actor, tiempo para preparar, investigar y probar, me dediqué a leerla detenidamente”.
Aureliano José, además, le planteó un desafío emocional. “Más allá de haber tenido un amor no correspondido como tal, creo que sí he vivido lo que es el desamor, algo que experimenta mi personaje y que hemos atravesado todos. Por eso el eje central de Aureliano José es el amor y el desamor. Su trágico final al cerrar el capítulo se siente como una tragedia griega: el hombre que muere por amor”.

Salir de la sombra familiar
La historia profesional de Pernía está marcada por una contradicción: nació cerca de la actuación, pero para poder ejercerla necesitó alejarse de ella. Ser hijo de dos grandes actores en Colombia le abrió desde muy temprano una relación con ese mundo, pero también produjo dudas sobre la legitimidad de su propio camino.

Después de Pickpockets, en lugar de lanzarse directamente a buscar nuevos trabajos, decidió estudiar interpretación. La posibilidad de hacerlo en Colombia le generaba inseguridad. Temía que su apellido condicionara la manera en que sería recibido y que las relaciones profesionales de sus padres terminaran afectando su experiencia como estudiante. “Mi peor enemigo estaba en mi propia cabeza, porque me llevaba a pensar: ‘Me van a tratar diferente, van a esperar cosas distintas de mí o me van a exigir lo que no les exigen a los demás’. Este medio es difícil, no todo el mundo se lleva bien y las industrias son duras; pensaba que si alguien le guardaba rencor a mi papá por algo sucedido hace 30 años, se iban a desquitar conmigo por ser su estudiante”.
En ese momento necesitaba separarse de la etiqueta de hijo de actores y de lo que él mismo describe como una “gran sombra”. Por eso decidió irse del país. Madrid, España, terminó siendo mucho más que un lugar para estudiar: fue el espacio donde pudo construir una adultez lejos de la familia, de la exposición y de las expectativas que había asociado con su apellido. Vivió allí alrededor de cinco años, después de marcharse a los 18. Madrid se convirtió en su segunda casa y aportó el escenario para ese descubrimiento.
Pernía recuerda sus visitas al Museo del Prado, al Thyssen y al Reina Sofía. El Guernica, cuenta, llegó a verlo unas 40 veces. La primera gran oportunidad después de esa formación llegó en Los Ángeles. Apenas tres meses después de graduarse de la escuela de actuación y de firmar con un mánager en Estados Unidos, recibió una audición para David Fincher.

Así llegó a The Killer, película protagonizada por Michael Fassbender y Tilda Swinton. “Grabé mi escena directamente con Michael Fassbender. Él fue supergeneroso conmigo. En el set reinaba un silencio absoluto, una gran concentración y un profesionalismo enorme”.
La experiencia, sin embargo, no significó que a partir de entonces todo estuviera asegurado. En 2023, durante la huelga de actores que paralizó la industria estadounidense, tuvo que buscar otras maneras de sostenerse. Trabajó en un restaurante, hizo entregas para DoorDash y administró locaciones para sesiones fotográficas.

Una vida más allá del oficio
El regreso a Colombia en 2024 coincidió con una etapa de mayor actividad profesional. Después de Perfil falso llegaron nuevos proyectos como La cuarta sur, Cien años de soledad y Doc, además del teatro. Pernía volvió a un país del que se había ido buscando distancia y lo hizo con una identidad profesional más construida.
Pero esa independencia no significó romper con sus padres. Con Gregorio Pernía mantiene actualmente una relación cercana que, según cuenta, ha atravesado un proceso de sanación. “Hoy en día tengo una relación muy hermosa con mi papá. No siempre fue fácil, lo cual es comprensible en cualquier hijo de padres separados que pasa la mayor parte del tiempo con su madre. Él reconoce abiertamente los errores que cometió cuando yo era más chiquito, pero afortunadamente ha sido un proceso que hemos logrado sanar los dos”.
Su relación con su mamá, la actriz Marcela Mar, también ocupa un lugar fundamental en su historia. De ella reconoce haber heredado una dimensión intelectual, académica y cultural. De Gregorio identifica algo distinto: el instinto y el olfato actoral. La admiración por su padre viene de la infancia, cuando su presencia era intermitente, pero intensamente esperada. También fue él quien le inculcó el gusto por el deporte.
La familia, además, se amplió y complejizó con los años. Pernía cuenta que son seis hermanos y que hoy observa esas relaciones desde una perspectiva diferente: la de un adulto que empieza a conocer a algunos de ellos en circunstancias que no tienen nada que ver con su infancia. Con Luna y Valentino, hijos de Erika Rodríguez con su papá, sí compartió buena parte de su crecimiento. A Diego, su hermano mayor, lo conoció en 2024. También está Julián, en Barranquilla, y el pequeño Gregorio, nacido recientemente.
La cocina es otro de los espacios donde Pernía encuentra placer. “Mi lenguaje del amor principal son los actos de generosidad: prepararle una comida a alguien o que me cocinen a mí me resulta algo profundamente romántico y bello”.
En el futuro no imagina una vida definida exclusivamente por la cantidad de proyectos que consiga. La experiencia del desempleo le enseñó que la actuación es una profesión en la que los periodos sin trabajo forman parte de la realidad. “Mi carrera y los proyectos que realizo no me definen como ser humano, por lo que considero vital construir una vida sólida por fuera de la profesión. Nutro constantemente mi círculo cercano de amigos y seres queridos, porque ahí reside mi verdadera estabilidad emocional; si mi bienestar dependiera exclusivamente de tener trabajo o no, no habría elegido la peor profesión del mundo, donde la mayor parte del tiempo los actores estamos desempleados”.
Hoy, mientras está en temporada con Robinson Díaz en La clase del influencer, en el Teatro Libre de Chapinero, encuentra también en el escenario una nueva prueba. Es su primera obra contratada de manera profesional y la comparte con un actor al que considera un gran maestro.
