SEMANA: La apertura de la oficina de la Fundación Rockefeller en Colombia genera mucha esperanza. Estamos en un momento en que las ayudas, especialmente las de Estados Unidos, se han reducido. ¿A qué le apuestan?
Lyana Latorre: La fundación tiene un legado importante en América Latina, ya que venimos operando desde hace décadas en la región. El anuncio de la apertura de la oficina regional con sede en Bogotá se hizo en agosto de 2024, y la decisión de potenciar nuestra actividad se había tomado previamente, al reconocer la relevancia de la región en el contexto de impacto social. Llevamos más de 112 años navegando por ciclos políticos globales y nuestra independencia financiera, basada en un patrimonio institucional propio, nos permite mantener el enfoque en las necesidades de la sociedad, más allá de los presupuestos de ayuda estatal. Nuestra misión es ser un agente de estabilidad.

SEMANA: La fundación se ha caracterizado por ser una voz muy poderosa de la filantropía. ¿En qué se diferencia de la “cooperación”?
L.L.: La diferencia fundamental radica en el enfoque sistémico. Mientras que la ayuda tradicional o la cooperación técnica a menudo se centran en aliviar síntomas inmediatos o atender emergencias puntuales –lo cual es necesario, pero no suficiente–, la filantropía que promovemos busca transformar las estructuras que causan esos problemas. Buscamos generar evidencia científica e innovación para que las soluciones puedan ser adoptadas a mayor escala por gobiernos y mercados. Nuestro rol es ser catalizadores: probamos modelos de inversión que reducen el riesgo para que otros actores, especialmente el sector privado, se sumen y logremos cambios que perduren cuando el financiamiento inicial termine.

SEMANA: Hoy casi todas las grandes fortunas del planeta tienen un trabajo muy importante en filantropía. ¿A qué le apunta este modelo?
L.L.: Más allá de nombres propios, el modelo de filantropía moderna está evolucionando de la caridad individual hacia la inversión con propósito. Los recursos hoy se están movilizando hacia áreas donde la ciencia y la tecnología pueden desbloquear oportunidades para millones de personas. El modelo que impulsamos desde la Fundación se basa en el capital catalítico: usar recursos filantrópicos para “desbloquear” inversiones mayores, demostrando que resolver desafíos sociales es también una decisión económica inteligente. El objetivo es que cada dólar filantrópico atraiga capital adicional para escalar soluciones probadas.

SEMANA: ¿Esa filantropía ha llegado a América Latina?
L.L.: Ha llegado, pero todavía tiene un potencial enorme por activar. Actualmente, la filantropía privada en la región representa apenas entre el 0,2 y el 0,3 por ciento del PIB, una cifra muy inferior al 1,5 por ciento que vemos en Estados Unidos. Históricamente, en América Latina ha predominado una “filantropía silenciosa” o asistencialista que reacciona a las crisis. Lo que estamos viendo ahora es el despertar de una nueva generación de líderes y organizaciones que entienden que el capital local debe ser el motor principal del desarrollo regional, reduciendo la dependencia de ayuda externa y definiendo nuestras propias prioridades.
SEMANA: Ustedes lideraron un estudio sobre nuestra región que arrojó unas conclusiones muy importantes. ¿Cuál es la característica de América Latina en este tema?
L.L.: La más impactante es la brecha entre la riqueza existente y su activación para el impacto social. El estudio que apoyamos revela que, si lográramos movilizar solo el 1 por ciento de la riqueza privada de la región, generaríamos más de 5.000 millones de dólares anuales. Esa cifra equivale a toda la ayuda internacional que recibe hoy el continente. De acuerdo con el BID en su publicación de 2024 Las complejidades de la desigualdad en América Latina y el Caribe, el contraste es aún mayor si se considera que el 10 por ciento más rico gana 12 veces más que el 10 por ciento más pobre; y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) afirma que casi 270 millones de personas en la región viven entre pobreza y pobreza extrema. Esta desigualdad estructural se agrava con los efectos climáticos extremos, como lo demostró recientemente el Índice de Vulnerabilidad al Financiamiento Climático (CliF), que pone a ocho países de América Latina y el Caribe entre los más vulnerables del planeta al combinar su exposición a eventos extremos y sus capacidades financieras.

SEMANA: ¿Cuál es la meta?
L.L.: Apostamos por un cambio profundo en la mentalidad del sector, que comienza con lo que llamamos colaboración radical. En América Latina hemos operado por mucho tiempo en silos; esta agenda propone que la filantropía actúe como el tejido que une al sector privado, a la academia, al Gobierno y a otras organizaciones bajo metas y métricas comunes, donde el éxito no sea de una institución, sino de un sistema. Y esto se conecta directamente con la movilización de recursos locales. El capital para el desarrollo ya está en la región. El reto es activar ese “1 por ciento de la riqueza privada” para poder financiar soluciones con mayor autonomía y sostenibilidad.
SEMANA: Volvamos a Colombia. ¿Qué va a hacer la fundación en nuestro país?
L.L.: Colombia es el corazón y la casa de nuestra operación regional, y nuestra apuesta es fortalecer las colaboraciones existentes a través de la innovación. A nivel global, regional y local estamos enfocados en tres frentes: acceso a energía confiable para comunidades en lugares remotos; salud pública mediante el uso de datos e inteligencia artificial, y sistemas alimentarios que vinculen la agricultura regenerativa con la nutrición escolar.
SEMANA: ¿Cuál es su historia profesional?
L.L.: Inicié mi carrera como banquera de inversión en Estados Unidos, antes de regresar a Colombia. Luego, trabajé muchos años como directora de Compromiso Social Corporativo para McDonald’s en América Latina (Arcos Dorados). Allí lideré una estrategia de empleo juvenil conocida como La Receta del Futuro, que fue adoptada posteriormente por McDonald’s Corporation a nivel global. Y también lideré la expansión del programa Ronald McDonald House Charities en nuestra región. A la Fundación Rockefeller llegué justo hace un año, en enero de 2025.
SEMANA: ¿Cuál es el proyecto al que usted le ha puesto más el alma en este proceso?
L.L.: Más que un proyecto único, tener la oportunidad de estar cerca de los agricultores que están transitando hacia modelos regenerativos, o ver cómo en Cali se utiliza tecnología para prevenir brotes de dengue antes de que ocurran, es lo que le da sentido a nuestra labor. Aplicar la filantropía de manera que esta se convierta en una herramienta científica y de innovación para cuidar a las personas y proteger el planeta es lo que realmente me motiva cada día.
SEMANA: Ustedes abordan un capítulo crucial: la filantropía climática. ¿Qué están haciendo sobre el tema?
L.L.: Entendemos que el cambio climático no es solo un problema ambiental, sino una amenaza directa a la salud, la alimentación y la economía. Por eso, nuestra estrategia es la resiliencia climática. Trabajamos en mecanismos de financiamiento innovadores que reduzcan los riesgos de invertir en bioeconomía, especialmente en regiones críticas como la Amazonía, asegurando que, al cuidar las comunidades que cuidan de nuestro planeta, generemos también oportunidades económicas locales.
SEMANA: Hay una apuesta muy importante de la Fundación Rockefeller, que es la construcción de un hospital de salud mental. ¿Cómo cree que esto va a ayudar a sanar tantas heridas de la guerra que tienen los colombianos?
L.L.: Aunque la infraestructura de salud no es una de nuestras líneas de intervención habituales, hemos tomado la decisión extraordinaria de apoyar este proyecto que, más allá de ser un hospital, será un espacio de reparación y sanación. Con este apoyo extraordinario, la Fundación reafirma su compromiso con la dignidad humana en momentos críticos.










