En los últimos años se ha instalado en el imaginario colectivo la idea de que la equidad de género pasa necesariamente por garantizar una cuota mínima de mujeres en los espacios de poder. Con frecuencia, la conversación termina reducida a una cifra, como si el éxito dependiera únicamente del porcentaje de mujeres que ocupan determinados cargos. Sin embargo, este debate es mucho más profundo que un número.
Por eso, prefiero hablar de igualdad de oportunidades, un concepto más profundo que trasciende números o cuotas. Significa que hombres y mujeres tengan el mismo acceso a las oportunidades en todos los ámbitos, de modo que, sin importar el género, quienes lleguen a los espacios de liderazgo sean las personas con las capacidades, las aptitudes, el conocimiento, la experiencia y el criterio necesarios para ejercerlos. Las cuotas pueden contribuir a acelerar algunos cambios, pero solo las condiciones de igualdad garantizan una transformación permanente.
Mi experiencia personal ha reforzado esta convicción. He tenido el privilegio de ocupar posiciones de liderazgo en sectores donde históricamente han predominado los hombres y nunca he sentido que mi lugar haya dependido de ser mujer. Al contrario, he procurado que mi trabajo y los resultados hablen por mí.
Sin embargo, también me ha ocurrido que me inviten a participar en algunos escenarios porque “hacen falta mujeres”. Aunque valoro el interés por lograr una mayor representación, creo que el verdadero valor debe estar en lo que cada persona aporta y no en el género al que pertenece. No quiero que me abran una puerta por ser mujer. Quiero que ninguna puerta se cierre por el hecho de serlo.
Ahora bien, hablar de igualdad de oportunidades no significa desconocer que hoy existen brechas reales. Persisten diferencias en materia salarial, en la distribución de responsabilidades de cuidado y en el acceso a posiciones de liderazgo. Incluso hay sectores económicos, políticos y gremiales en los que las brechas se sienten de manera contundente, sobre todo en los lugares de poder, donde las mismas palabras dichas por un hombre o una mujer son atendidas de manera diferente.
Ignorar las brechas no ayuda a resolverlas. Por el contrario, el primer paso es reconocerlas, medirlas y entender dónde están para poder intervenirlas. Solo así será posible definir indicadores, metas y acciones concretas en el corto, mediano y largo plazo que permitan cerrar esas brechas y avanzar hacia una igualdad de oportunidades efectiva.
Pero quizá el reto más importante no está en las empresas ni en las políticas públicas, sino en nuestros hogares. Hombres y mujeres tenemos la responsabilidad de enseñarles a nuestros hijos e hijas que crecerán en un mundo en el que el talento, el esfuerzo y la preparación deben pesar más que el género. También debemos formar una generación capaz de reconocer las desigualdades cuando existen y comprometida con construir una sociedad donde las oportunidades sean realmente iguales para todos.
El liderazgo femenino no necesita concesiones, necesita condiciones: que ninguna mujer encuentre puertas cerradas por el hecho de ser mujer y que ninguna llegue a un cargo solo para cumplir una cifra. El verdadero éxito será el día en que dejemos de contar cuántas mujeres hay en la mesa y empecemos a dar por hecho que cualquiera puede llegar a ella porque las oportunidades son realmente iguales.
*Presidenta de Acolgen y del Consejo Gremial Nacional 2026
