Viven entre aeropuertos, informes técnicos y procesos electorales. No buscan protagonismo ni micrófonos, pero su presencia es muy importante. En Colombia, en pleno calendario electoral, los observadores de la Unión Europea cumplen una misión tan discreta como clave: observar cómo se desarrolla la democracia, contrastar lo que ocurre con la ley y los estándares internacionales, y dejar constancia de ello en informes que luego sirven como hoja de ruta para mejorar los sistemas electorales. En total, vigilarán 13.493 puestos de votación en Colombia y 253 en el exterior.

El registrador nacional, Hernán Penagos, destacó la importancia de este acompañamiento internacional: “Nos anima mucho la llegada de la misión de observación electoral de la Unión Europea. Desde la Registraduría estamos atentos a poner a su disposición todas las herramientas que se requieran para que este proceso de observación se lleve a cabo de manera íntegra. Sin lugar a dudas, la observación electoral de las misiones internacionales es determinante para el buen suceso del proceso democrático”.
Detrás de ese trabajo hay personas con trayectorias poco comunes. Una abogada portuguesa con más de dos décadas de experiencia en misiones alrededor del mundo, una experta checa que vive de país en país siguiendo elecciones, y un académico español que hoy analiza la política donde más crispación hay: las redes sociales.
Observar, comparar, documentar
La misión no comienza cuando se abren las urnas. Semanas, incluso meses antes, el trabajo arranca en escritorios, salas de reuniones y largas jornadas de estudio. Entender el marco legal colombiano, reunirse con la Registraduría y el Consejo Nacional Electoral, y capacitar a los observadores de largo plazo que estarán desplegados en todos los departamentos es parte de la rutina inicial.
En ese frente está Cristina Alves, abogada y especialista en derechos humanos. Lleva más de 20 años dedicada a la observación electoral y ha participado en procesos en Asia, África, América Latina y Estados Unidos. En Colombia su rol ha sido analizar las leyes electorales, identificar los principales retos del sistema y traducir ese conocimiento en insumos prácticos para el resto de la misión.

A su lado trabaja Marcela Masková, experta independiente de la República Checa. Es su primera vez en Colombia y, aunque su base está en Bogotá, ya tuvo un primer contacto con el territorio en Cali durante un simulacro electoral el pasado sábado 7 de febrero. Como muchos observadores, no tiene una oficina fija ni una rutina: las misiones de largo plazo hacen prácticamente imposible un empleo convencional.

Los tres coinciden en una regla estricta que rige todo su trabajo: no intervenir. Las misiones de observación solo llegan por invitación de las autoridades nacionales y no sancionan ni arbitran. Observan, comparan y documentan.
De la plaza pública a las redes sociales
Si antes la observación se concentraba en plazas públicas, mítines y puestos de votación, hoy una parte central del proceso ocurre en redes sociales. Por eso, desde hace algunos años la Unión Europea decidió llevar la observación también al mundo digital.
Ese frente lo lidera Pedro de Alzaga, profesor de periodismo y especialista en desinformación. Ya había estado en Colombia en 2022 como oficial de prensa y ahora regresó como analista de redes sociales. Desde una unidad especializada, su equipo analiza todos los días muestras de la conversación política colombiana en plataformas digitales.

No buscan opiniones ni afinidades ideológicas, sino irregularidades como campañas de desinformación, discursos de odio, acoso contra candidatos o propaganda electoral que no se ajuste a la ley. El trabajo es técnico y meticuloso. No hay denuncias públicas ni señalamientos directos; se recopilan datos, se analizan patrones y se documentan hallazgos.
La preocupación es compartida por toda la misión. La desinformación, explican los observadores, ataca pilares básicos de la democracia como el derecho a un voto informado, la igualdad entre los candidatos y la confianza en las autoridades electorales. Cuando alguno de esos elementos se debilita, el proceso entero entra en riesgo.
La misión
Para Marcela Masková la observación electoral es también una forma de vida. Antes de llegar a un país, estudia su contexto político, lee informes de misiones anteriores y sigue la coyuntura local. Una vez en terreno se reúne con actores del proceso, escucha todas las versiones y toma nota sin emitir juicios.
Cristina Alves lo explica desde la experiencia acumulada, porque viajar y observar elecciones cambia la manera de entender el mundo; enfrentarse a realidades distintas, a democracias con fortalezas y fragilidades propias. Ese contacto permanente con otras sociedades redefine qué factores son determinantes en cada país.
Pedro de Alzaga coincide. Para él, observar procesos electorales en distintos sistemas políticos no es un ejercicio de comparación ideológica, sino de análisis técnico. El foco siempre está en cómo ciertos fenómenos, como la desinformación, impactan directamente la calidad del proceso electoral.
Ese trabajo, aunque poco visible, se intensifica el día de las elecciones. La misión puede desplegar a más de 120 observadores en todo el país: equipos centrales en Bogotá, observadores de largo y corto plazo en los departamentos y analistas que siguen minuto a minuto lo que ocurre en el mundo digital. Todos trabajan bajo la lógica de recoger información, observar y entender, y con la premisa fundamental de no entrometerse en ninguna etapa de los procesos electorales.
Primero se publica una declaración preliminar con los principales hallazgos, y meses después un informe final más detallado que incluye recomendaciones. No son sentencias ni imposiciones, pero en muchos países estos documentos han servido como base para reformas electorales y ajustes institucionales.
Cristina Alves, Marcela Masková y Pedro de Alzaga insisten en que no vienen a dar lecciones. Observan una democracia que reconocen como sólida, pero atravesada por desafíos propios de la polarización política, el odio digital y la desinformación.
