Cartagena de Indias fue siempre mucho más que un lugar para Salvatore “Salvo” Basile. Fue su hogar adoptivo, el espacio donde encontró a su familia, un propósito vital y una misión social que lo llevó a trascender sus roles en cine y televisión para convertirse en un promotor cultural vital de la ciudad amurallada.
Basile llegó por primera vez a Cartagena en 1968 como asistente de dirección en la producción de Queimada, un rodaje internacional liderado por el cineasta italiano Gillo Pontecorvo y protagonizado por Marlon Brando. Lo que comenzó como un encargo laboral terminó siendo una decisión de vida: se enamoró de la ciudad, de su gente y de sus posibilidades.
“Su relación con Cartagena fue como la de un novio con una novia esquiva”, recuerda su amigo Poncho Rentería. Para Basile, la ciudad tenía algo más que belleza. Tenía alma, desafíos y un público con quien comprometerse. Esa relación intensa y crítica marcó su trayectoria.

Al poco tiempo de llegar, Basile encontró en Cartagena el entorno perfecto para su carrera artística y también para su vida familiar. Allí conoció a Jacqueline María Lemaitre, quien se convertiría en su esposa, y con quien formó el núcleo más íntimo de su vida.
Para él, la ciudad no era un destino de paso, sino un lugar para aportar. Fue conocido, querido y consultado siempre por muchos cartageneros, al punto que el alcalde Dumek Turbay lo definió como “el italiano más cartagenero de todos”, en un mensaje en el que recordó que Basile repetía que Cartagena sería “el lugar donde iba a morir”.

Un legado de amor por Cartagena
Aunque Salvo Basile obtuvo reconocimiento nacional por sus papeles en televisión y cine, participando en producciones emblemáticas como La mujer en el espejo, Pobre Pablo o El amor en los tiempos del cólera, su impacto social en Cartagena fue profundo y sostenido.
Rentería recuerda uno de los momentos más reveladores de su relación con la ciudad: “Lo acompañé a un barrio pobre de Cartagena donde repartía almuerzos todos los días para niños pobres y ancianos. Oígame, qué cariño le daban…” Este trabajo altruista se consolidó en la Fundación Corazón Contento, dedicada a llevar alimentos y apoyo básico a comunidades vulnerables.

No eran gestos puntuales ni simbólicos: Basile pedía a sus amigos —no dinero, sino alimentos— para sostener comedores que beneficiaron a muchos niños y adultos mayores, transformando su civismo en acciones directas de impacto social.
Salvo Basile también fue una de las voces más persistentes en la vida cultural de Cartagena. Más allá de actuar se involucró profundamente con el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI), del que fue miembro de la junta directiva durante más de dos décadas.

La directora general del festival, Margarita Díaz, destaca que el espíritu de Basile aún “motiva a seguir trabajando con rigor, visión y compromiso” para que el evento continúe siendo un espacio de encuentro y reflexión para cineastas nacionales e internacionales.
Esa labor lo convirtió en un puente entre talentos internacionales, desde producciones de Hollywood que filmaron en Colombia hasta cine local con proyección mundial y la comunidad artística de casa, ayudando a posicionar a Cartagena como un referente cultural.
Cartagena no fue solo su ciudad, también fue su paisaje emocional. Su vida estuvo marcada por lugares, costumbres y rituales que lo conectaban con el pulso de la ciudad: la isla familiar, sus caminatas por el centro histórico, y la manera afectuosa con que saludaba a todos. “Siempre reía y era afectuoso con la gente”, recuerda Rentería.

Al preguntarle por su legado humano, Rentería afirma: “Era muy humano, muy generoso y solidario con los niños pobres y con los ancianos en estado de pobreza… por eso su fundación es un gran legado”.
La muerte de Salvo Basile conmovió a la ciudad que lo adoptó y lo admiró por más de 55 años. Su figura deja un vacío, pero también una historia de compromiso con Cartagena, un amor transformado en obra, palabra y acción.
“Salvatore Basile, en el cielo te están esperando… tipos como tú son irrepetibles”, concluye su amigo Rentería. Una frase que no solo celebra la vida de un hombre, sino el legado duradero de alguien que entendió que amar una ciudad es servirla.










