Que no cuenten películas de amor y amistad. Pura carreta. Al presidente Petro, la gente le importa un pimiento. Sus constantes desplantes, no molestarse siquiera en dar una explicación, son síntomas de la enfermedad que aqueja a los megalómanos del planeta: el prójimo no cuenta, no existe.
Tratan a las personas como meros objetos desechables, no tienen ninguna consideración hacia nadie. Solo quieren a la gente de relleno. O para ambientar sus discursos, o para el comité de aplausos o porque todo emperador vive rodeado de cortesanos dispuestos a tragarse sus caprichos con sonrisas de lacayo.

La lista de desplantes empieza a ser interminable y ya no se molestan en disimular. Fin de semana secreto en París sin advertir del aplazamiento a periodistas y a su equipo, los dejó en la calle. A los magistrados de altas cortes los citó en su casa, que ahora es un palacio, a una reunión y una comida, y no apareció. Como le valió cinco quedar mal, repitió la grosería con su bancada del Pacto Histórico.

Igual en San Andrés. Dejó plantado a todo el mundo en la isla y en Catam, y ni dio excusas de la súbita ausencia. Además, todo alrededor del episodio de la isla es lamentable, impresentable. Hizo gastar mucha plata en la avanzada de seguridad. Convocó a la cúpula militar, a uno que otro ministro y también llevaba periodistas.

Pero Petro ni apareció, ni dio razones de su ausencia. Se quedaría dormido, de pronto fue de rumba la noche anterior. O le dio pereza, o se dijo que para qué salir de su dormitorio si lo podía solucionar con un trino.

Como si nada hubiese pasado, dijo que irá el 20 de julio a la isla y después difundieron un extraño video de la Barbie, máxima expresión del capitalismo que Petro deplora y que nada tiene que ver con los raizales.
Y en ese video, Petro y Francia Márquez son actores secundarios. Presidencia se robó las imágenes y no sabemos si los multarán por utilizar material robado. Si se nos ocurre a nosotros hacer ese video, enseguida saldría todo el Gobierno a tildarnos de racistas y clasistas, pero como es obra de ellos mismos...

Hay quienes les restan importancia a los desplantes presidenciales. Pero para mí, son importantes. No solo reflejan una megalomanía desborandote, sino un desordenado y caótico gobierno, porque Petro no tiene mano derecha, este es un país muy presidencialista y, además, casi no habla con sus ministros.

Cómo puede ser normal que un día diga, sin más, que ya no viaja ni a Suecia ni Noruega. Pero que sí a París para una cumbre con países africanos donde no pintaba nada. Y en lugar de volver a Bogotá un sábado, le sale un plan divertido y deja botada en la calle a su séquito y a periodistas hasta el domingo.

Es evidente que le gusta el poder, pero le aburre gobernar. Ser jefe de Estado exige orden, seriedad, planificación, hacer pactos y escuchar. Y Petro no sabe de orden ni planifica ni le gustan los acuerdos ni sabe escuchar. Tampoco es serio, por eso se la pasa trinando como un tuitero desocupado y construyendo teorías sobre premisas falsas.
Cuando fue senador era riguroso, estudiaba los temas. Ahora cree que se lo sabe todo y sustituye el rigor por un dogmatismo rancio, trasnochado. Unido al desprecio que siente por la gente. Lo deja en evidencia cada vez que deja plantado a un ministro, a un magistrado, a un militar, a un ciudadano de a pie o a 700 alcaldes.
