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Íngrid Betancourt reconstruyó su secuestro desde el lugar de la tragedia.
Íngrid Betancourt reconstruyó su secuestro desde el lugar de la tragedia. FOTOS: SEMANA/JOHN FRANK PINCHAO - Foto: SEMANA

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“Hice catarsis, limpié la memoria”: Íngrid Betancourt volvió al sitio donde la secuestraron hoy hace 20 años

Desde su llegada al aeropuerto de Florencia, Caquetá, hasta el puente de Montañita, donde fue secuestrada, reconstruyó cómo vivió los últimos momentos en libertad. La candidata presidencial habló con SEMANA sobre esa experiencia.

Tan pronto aterrizó el avión comercial en el aeropuerto Gustavo Artunduaga de Florencia, Caquetá, Íngrid Betancourt comprendió que 20 años no han pasado en vano.

La pista aérea es más moderna, la infraestructura es casi nueva y hay más oficinas con aire acondicionado. El calor sigue siendo el mismo: entre 38 y 40 grados bajo sol que se mezclan con la humedad de la zona selvática de la capital caqueteña.

Mauricio Mesa, el camarógrafo que la acompañó hace 20 años, estuvo a su lado este miércoles cuando ella, en medio de su campaña presidencial, quiso enfrentarse al pasado y reconstruir desde el lugar su tragedia. Él le ayudó a reconstruir las últimas escenas en libertad antes de ser secuestrada por un comando armado de la columna Teófilo Forero de las Farc.

Ahí, sobre la pista, estaba Íngrid, observando detenidamente a su alrededor. Recordó cuando un alto oficial le pidió que hablara con el entonces presidente Andrés Pastrana para ultimar detalles de su seguridad. De nada sirvió.

El avión presidencial aterrizó. El mandatario, quien viajaría en helicóptero hasta San Vicente del Caguán, en medio del fallido proceso de paz, descendió de la aeronave y ella, recuerda, lo llamó. “Presidente, presidente. Andrés, pero él hace como si no me hubiera visto cuando estábamos a un metro”.

Betancourt recordó que no tuvo otra alternativa que viajar en carro desde Florencia hasta San Vicente. A las afueras del aeropuerto, sin un gran esquema de seguridad, tomó la decisión de emprender su camino por tierra.

Hace dos décadas, Betancourt iba casi sola, en una camioneta prestada por el desaparecido Departamento Administrativo de Seguridad (DAS). Este miércoles viajó blindada. Dos camionetas adelante, dos atrás, ocho motorizados, puestos de control y tanquetas del Ejército a lado y lado de una carretera pavimentada, pero en regular estado.

En la época, la zona de distensión concedida por el expresidente Andrés Pastrana a las Farc exigía una óptima ruta de acceso terrestre. “Si yo hubiera tenido esta seguridad hace 20 años, no me habrían secuestrado”, resume.

La manigua, el olor a selva y la humedad es la misma, recuerda Betancourt, quien llegó hasta Montañita, Caquetá, a 40 minutos de distancia desde Florencia. La gasolinera, donde se detuvo hace 20 años a surtir de combustible el carro que le prestó el DAS, se resiste a desaparecer. Ya no está tan arruinada, es moderna. Y ni siquiera está alejada del caserío, como ocurrió cuando la secuestraron. Las casas la han rodeado porque el pueblo creció, aunque la localidad sigue padeciendo las mismas necesidades y el abandono del Estado.

“Paren”, pidió Betancourt a la caravana. Ahí, entre las polvorientas calles, la colombo-francesa recordó a la dueña de la estación de servicio que hace dos décadas le dijo: “Doctora, estos ‘hijueputas’ ya se fueron. El Ejército los sacó, ya estamos tranquilos”. Las palabras no las olvida las exsecuestrada. Tampoco que las escuchó media hora antes de perder su libertad.

El rostro de Íngrid es conocido en el mundo. Mucho más en el Caquetá, el departamento donde las Farc la mantuvieron oculta, la región donde la privaron de la libertad. Un hombre se le acercó este miércoles y le confesó que él hace 20 años la observó cuando ella abastecía de gasolina el carro en el que se movilizaba. Horas después, el caqueteño se enteró por la televisión que a la entonces precandidata presidencial la habían secuestrado. “Eso es muy fuerte”, describe Betancourt a SEMANA.

La caravana avanzó y metros adelante estaba el puente, el lugar donde se consolidó su secuestro. “A lo lejos veo el lugar y dije ahí es, ahí es, casi se me para el corazón, observaba detenidamente, no me quería equivocar de sitio”, dice. La imagen del lugar es casi la misma. Era imposible olvidar aquel momento.

Las camionetas se detuvieron. La mente de Íngrid ya no iba en el vehículo donde se movilizaba este miércoles. Su alma, su espíritu, vivían la angustia que sentía hace dos décadas. El puente del secuestro, donde los guerrilleros ordenaron detener el auto, es una estructura nueva, pero al lado se mantiene el antiguo, casi abandonado, en pie, como si se resistiera a desaparecer con el tiempo. Sobre esa estructura inutilizada perdió su libertad.

“Aquí nos paró la guerrilla, aquí fue, aquí el auto dio la vuelta. Donde no hubiera estado un carro de la Cruz Roja nos hubiéramos devuelto y nos habríamos volado”, relató en el lugar.

Íngrid Betancourt, hoy candidata presidencial, una líder madura y espiritual. - Foto: Juan Carlos Sierra

Pero hace 20 años estaba desprotegida, sola, en medio de una espesa selva que siempre ha amagado con tragarse hasta el asfalto de la carretera. Este miércoles estaba blindada. El lugar tenía tanquetas, Ejército, Policía y una bandera de Colombia.

Veinte metros adelante, por donde Íngrid caminó cuando reconstruyó su secuestro, recordó cómo, mientras permanecía en poder de las Farc, uno de los secuestradores pisó accidentalmente una mina antipersona. Era joven, con un cuerpo delgado que la colombo-francesa observó volar por el aire.

Ella escuchó el bombazo, pero no entendió lo que ocurría. De repente, el joven apareció en el suelo, gritando, sin una de sus extremidades. “La bota le cayó lejos, él se dio cuenta de que perdió la pierna y empezó a gritar. Nos miramos todos y cuando nos dimos cuenta teníamos pedazos de carne y sangre”, recuerda. La joven víctima, hoy vive en Florencia, le informaron a la hoy precandidata presidencial.

La carretera destapada por donde la internaron hacia la selva los guerrilleros sigue prestando el mismo servicio de acceso a los campesinos, pero está pavimentada.

Allí, Betancourt recordó cuando la cambiaron de carro y la recogió en una camioneta burbuja alias El Mocho César, el entonces comandante del Frente 15 de las Farc.

En su coche de lujo, por donde se movía como pez en el agua, la llevó hacia las profundidades de las montañas. Antes atravesó un caserío y él, con su ego de jefe, le dijo: “Doctora, bienvenida a la Unión Peneya”.

Él, en su carro, con Íngrid secuestrada, pasaba por las viviendas y la gente salía y lo saludaba. Nadie imaginaba que al interior del carro, el exjefe de la guerrilla llevaba al principal trofeo político que tuvieron las Farc durante más de seis años.

El recuerdo de Íngrid está intacto, como lo evidencia cada idea, cada frase que pronuncia. “Sentí angustia y ansiedad; miedo, no. Estaba muy protegida”, reconoce. “El miedo, esa adrenalina donde uno no puede ni moverse, lo sentí en la guerrilla. Hoy fue angustia de no saber qué iba a sentir cuando estuviera ahí, pero hice catarsis, limpié la memoria de esa terrible angustia que padecía ese día”, concluye.