A menos de ocho días del terremoto de magnitud 7.4 que deja, hasta el momento, 294 personas muertas, siguen apareciendo testimonios que relatan el desastre.
Uno de ellos es el de la excandidata al Senado María Paz Gaviria, la hija del expresidente César Gaviria, quien contó a través de sus redes sociales cómo soportó el movimiento telúrico en Pereira junto a su abuela materna.
Con su rostro conmovido, Gaviria detalló que enfrentó la tragedia desde el centro de Pereira, donde permanecía con sus parientes el pasado lunes, 10 de agosto.

“Estaba en la casa de mi abuelita y de visita mi mamá y mis tíos. Apenas arrancó el terremoto, no me puse bajo el arco de ninguna puerta. Mi abuelita rezaba tranquila en medio de todo. Se empezó a mover la casa, iniciaron a caer pedazos de muro”, narró Gaviria.
Y siguió: “Se cayeron todas las cosas. No nos pasó nada grave a nosotros. Pudimos evacuar. El resto del centro de Pereira está terrorífico”.
Contó que cuando salió de la vivienda donde se encontraba las escenas eran dramáticas:
“Había un carro destruido en la mitad de la calle, se había caído el edificio del frente, otras estructuras. Caminamos un pedazo. Pudimos evacuar. Muy bendecidos porque, desalojados, pero tuvimos a dónde llegar inmediatamente con familia, con salud. Mi corazón con todos los que perdieron su vida, los que están desalojados, sufriendo. Un llamado a todos para que ayudemos. Hay muchas formas de ayudar en Pereira”.

Por ejemplo: la Cruz Roja, el Banco de Alimentos, entre otros, según dijo. “Hay muchas maneras de ayudar en Pereira y en otras partes del Eje Cafetero, Chocó, Valle del Cauca y otros departamentos”, recordó.
Y pidió, en medio de su relato, no politizar esta tragedia.
Y es que no hay cuadra en Pereira que no tenga un edificio, oficina o establecimiento de comercio averiado, torcido, con la fachada en el piso o el techo desplomado. Hay edificaciones aún en pie, pero tendrán que demolerse en cuestión de días porque resultaron afectadas tras el contundente movimiento telúrico. O quizá horas, porque generan un riesgo inminente de colapso.
Sus dueños huyeron tras la tragedia y desde la calle se observan closets con ropa, juegos de sala, comedores, equipos de oficina. Todos arruinados. Arropados por una capa gruesa de polvo que nadie se atreve a remover porque ingresar nuevamente a la edificación supone un verdadero peligro.

A medida que pasan los días, la ciudad— una de las más afectadas del país por el terremoto de magnitud 7.4— desnuda la magnitud de esta tragedia.
En el día, el caos es total. En la noche, igual. A las 6:00 de la mañana termina el toque de queda en el centro de Pereira y algunas zonas específicas que lo inician desde las 6:00 p. m. No hay mayor afluencia de vehículos porque se busca dejarles las vías libres a los carros de la Cruz Roja, la Defensa Civil, los bomberos o las ambulancias que aparecen con sus sirenas corriendo de un lado a otro donde los llamen porque, se cree, hay vida: personas bajo los escombros.
La noche en el centro es tediosa. Uniformados de la Policía y el Ejército custodian algunas cuadras oscuras y desoladas. También hay vigilancia privada. El dueño del motel, el hotel, la miscelánea, cafetería, negocio de fiestas, entre otros, contrató vigilantes para que se ubiquen al frente de lo que quedó de su establecimiento y no permita que le hurten lo poco que les quedó.
En Pereira, como en el resto de ciudades donde la tragedia se adueñó del panorama, hay delincuentes que han venido de lugares vecinos a tratar de saquear las pertenencias de los damnificados.
