Salud

Estudio analizó la exposición de niños a las pantallas y entregó varias conclusiones; estos son los detalles

La investigación fue realizada en Asia.

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8 de enero de 2026, 4:01 p. m.
Relación entre pantallas y desarrollo cerebral temprano en niños.
Relación entre pantallas y desarrollo cerebral temprano en niños. Foto: Getty Images/iStockphoto

Un equipo de investigadores de la Agencia para la Ciencia, la Tecnología y la Investigación (A’STAR) de Singapur ha vinculado la exposición de niños a pantallas antes de los dos años con una toma de decisiones más lenta, así como con una mayor ansiedad durante la adolescencia.

El estudio, publicado en la revista ‘eBioMedicine’, muestra cómo los niños que pasaron más tiempo frente a pantallas durante la infancia cuentan con una maduración acelerada de las redes cerebrales responsables del procesamiento visual y el control cognitivo, lo que podría deberse a la “intensa estimulación sensorial” que proporcionan las pantallas.

Los autores del texto han destacado que el tiempo de pantalla medido a los tres y cuatro años no ha tenido los mismos efectos, lo que subraya porqué la infancia es un período “particularmente sensible”.

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“La maduración acelerada ocurre cuando ciertas redes cerebrales se desarrollan demasiado rápido, a menudo en respuesta a la adversidad u otros estímulos”, ha explicado el primer autor del estudio, el doctor Huang Pei.

Tras ello, ha detallado que las redes cerebrales se especializan gradualmente con el tiempo durante un desarrollo normal, pero que en aquellos niños con una alta exposición a pantallas, las redes que controlan la visión y la cognición se especializaron más rápido, antes de desarrollar las conexiones eficientes necesarias para el pensamiento complejo.

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“Esto puede limitar la flexibilidad y la resiliencia, lo que reduce la capacidad de adaptación del niño en etapas posteriores de su vida”, ha añadido.

De hecho, esta especialización prematura es la responsable de que los niños con redes cerebrales alteradas tardasen más en tomar decisiones durante una tarea cognitiva a los 8,5 años, lo que sugiere una menor eficiencia o flexibilidad cognitiva.

A su vez, estos niños han notificado mayores síntomas de ansiedad a los 13 años, unos hallazgos que sugieren que la exposición a pantallas en la infancia puede tener efectos que se extienden mucho más allá de la primera infancia, moldeando el desarrollo cerebral y el comportamiento años después.

El estudio se ha basado en datos de 168 niños de la cohorte Creciendo en Singapur Hacia Resultados Saludables (GUSTO), a los que han monitorizado durante más de una década, con imágenes cerebrales a los 4,5 años, a los 6 años y a los 7,5 años, lo que ha permitido rastrear el desarrollo de las redes cerebrales a lo largo del tiempo.

La lectura para contrarrestar

Por otro lado, los investigadores han recordado que uno de sus estudios, publicado en 2024 en la revista ‘Psychological Medicine’, demostró que el tiempo que los bebés pasan frente a una pantalla también está asociado con alteraciones en las redes cerebrales que rigen la regulación emocional, pero que la lectura entre padres e hijos podría contrarrestar algunos de estos cambios cerebrales.

Entre los niños cuyos padres les leían con frecuencia a los tres años, el vínculo entre el tiempo que pasan los bebés frente a una pantalla y un desarrollo cerebral alterado se debilitó significativamente, lo que sugiere que una lectura compartida puede proporcionar la experiencia enriquecedora e interactiva que el consumo pasivo de pantallas no ofrece, incluyendo interacción recíproca, exposición al lenguaje y conexión emocional.

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“Esta investigación nos da una explicación biológica de por qué es crucial limitar el tiempo frente a pantallas durante los dos primeros años. Además, destaca la importancia de la participación parental, demostrando que las actividades entre padres e hijos, como leer juntos, pueden marcar una diferencia significativa”, ha expresado el investigador principal del IHDP A*STAR, científico clínico de la NUS y autor principal del estudio, Tan Ai Peng.

El trabajo ha sido realizado en colaboración con investigadores del Hospital Universitario Nacional de Singapur, el Hospital de Mujeres y Niños KK y la Universidad McGill (Canadá).

Con información de Europa Press


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