La tecnología ha cambiado la vida cotidiana, pero también se ha convertido en una aliada de la ciencia para hacer hallazgos que antes habrían pasado desapercibidos. Un ejemplo ocurrió en 2007, cuando el geólogo Arthur Hickman identificó, gracias a imágenes satelitales, una estructura circular de 260 metros de diámetro en la región de Pilbara, en Australia Occidental.

Un año después, un estudio concluyó que se trataba de un cráter provocado por el impacto de un meteorito. Según los investigadores, el objeto tendría unos 10 metros de diámetro y habría generado una depresión de aproximadamente 80 metros de profundidad. Además, descartaron que su origen fuera volcánico y estimaron que el impacto ocurrió durante el Pleistoceno tardío, hace entre 10.000 y 100.000 años.
La confirmación definitiva llegó en 2012, cuando el Servicio Geológico de Australia Occidental y la empresa minera Atlas Iron perforaron el centro del cráter hasta unos 65 metros de profundidad, según información recopilada por medios internacionales como Okdiario y Gizmodo.

Bajo los sedimentos encontraron una capa de roca pulverizada y parcialmente fundida con altas concentraciones de níquel, iridio y paladio, elementos característicos de los meteoritos. Los análisis permitieron establecer que el responsable fue un meteorito metálico compuesto principalmente por hierro y níquel, capaz de liberar una enorme cantidad de energía y formar un cráter unas 20 veces más ancho que su propio tamaño.
El estudio “Perforación científica colaborativa en el cráter Hickman” aportó más detalles sobre la estructura. La perforación de 64,7 metros reveló que los primeros 48,4 metros correspondían a sedimentos acumulados después del impacto, mientras que en las capas más profundas apareció la roca original intensamente fracturada.
El análisis químico también detectó elementos del grupo del platino y una elevada concentración de níquel, compatibles con un meteorito de hierro. Los investigadores creen que el objeto perdió gran parte de su velocidad al atravesar la atmósfera, lo que explicaría la ausencia de algunas señales típicas de este tipo de impactos.

Un hallazgo con implicaciones para la historia de la Tierra
El descubrimiento también despertó el interés de los científicos que investigan cómo se formaron los primeros continentes hace más de 3.000 millones de años. En el Domo del Polo Norte, otra zona de la región de Pilbara, encontraron estructuras geológicas conocidas como conos astillados, consideradas una evidencia de antiguos impactos que podrían haber influido en la evolución de la corteza terrestre.
Este caso demostró el potencial de las imágenes satelitales para localizar cráteres y otras formaciones geológicas en lugares remotos. Herramientas como Google Earth, que combina imágenes de satélite, fotografías aéreas y datos geográficos para crear un globo terráqueo virtual en 3D, han ampliado las posibilidades de explorar el planeta y detectar estructuras que luego pueden ser estudiadas sobre el terreno.
