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Ni tan inofensivas: hallazgo en fósiles revela el lado carroñero de las ardillas terrestres

La dieta de las ardillas de la Edad de Hielo era más compleja de lo pensado.

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19 de junio de 2026 a las 8:43 p. m.
Un hallazgo genético reveló una faceta desconocida de las antiguas ardillas árticas.
Un hallazgo genético reveló una faceta desconocida de las antiguas ardillas árticas. Foto: Getty Images

Durante siglos, la ciencia ha imaginado a las ardillas terrestres del Ártico como pequeños animales inofensivos que solo buscaban semillas y pasto. Sin embargo, una reciente investigación genética, publicada en Nature, ha revelado un comportamiento mucho más voraz: estos roedores de la Edad de Hielo eran carroñeros oportunistas que no dudaban en alimentarse de los restos de los gigantes de su época, como el mamut lanudo.

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Tyler Murchie, autor principal e investigador, explicó que las ardillas pasan unos cuatro meses activas al año y el resto en hibernación sin comer. Al despertar, “tienen que salir y comer todo lo que puedan encontrar”.

Este asombroso descubrimiento fue posible gracias al análisis de coprolitos (el nombre científico que reciben las heces antiguas fósiles) encontrados en el Yukón, Canadá. El suelo congelado del permafrost actuó como un refrigerador natural, preservando el ADN dentro de estos desechos por cientos de miles de años.

Las claves del histórico hallazgo prehistórico

El motivo detrás de esta dieta oculta sorprendió a la comunidad científica, pues para sobrevivir a una hibernación extrema que va de octubre a abril —periodo en el que su temperatura corporal cae bajo cero—, estos roedores necesitaban devorar grasa y carne rápidamente para acumular reservas masivas de energía.

Este comportamiento no se quedó en la prehistoria: el hábito carroñero de las ardillas sobrevive. Se sabe que las poblaciones modernas de estos roedores en Alaska aún consumen carne de morsa o ballena si la encuentran disponible, e incluso se han registrado casos de depredación activa sobre pequeños lemmings.

El hallazgo demuestra que incluso los animales más pequeños tenían un papel inesperado en la cadena alimenticia prehistórica.
Los excrementos fosilizados permitieron reconstruir detalles inéditos de la vida en la Edad de Hielo. Foto: Scott Cocker

La investigación señala, según informes presentados por los investigadores científicos Geist y Cade: “Informan sobre la alimentación de ardillas terrestres carnívoras en la isla de San Lorenzo (mar de Bering, Alaska) con carroñeo de carne de morsa y ballena, además de matar y atrapar otros roedores”.

Además de cambiar lo que se sabía sobre su alimentación, el hallazgo marca un récord científico sin precedentes. Entre las muestras analizadas se recuperó un coprolito de hace unos 700.000 años, lo que lo convierte en uno de los registros de ADN más antiguos jamás ensamblados a partir de restos fecales en la historia de la paleontología.

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Aunque parezca extraño estudiar excrementos, para los investigadores son verdaderas ventanas al pasado. Gracias a una técnica llamada metagenómica —que analiza todo el material genético de una muestra a la vez—, los expertos lograron reconstruir una parte de la historia que los huesos fosilizados por sí solos no podían contar.

Los autores del estudio señalan que coprolitos del permafrost pueden proporcionar registros de alta resolución de los ecosistemas cuaternarios y de la historia de poblaciones de múltiples organismos, lo que constituye un valioso complemento al ADN antiguo sedimentario y esquelético, superando en ocasiones la calidad de información que se obtiene de los sedimentos tradicionales.

Los coprolitos conservados en el permafrost guardan detalles únicos de la vida prehistórica.
El hallazgo demuestra que incluso los pequeños roedores influyeron en los ecosistemas del Cuaternario. Foto: LightRocket via Getty Images

Este hallazgo cambia por completo la percepción de la cadena alimenticia en la era del hielo, demostrando que en el ecosistema del Cuaternario, incluso los habitantes más pequeños sabían aprovechar los restos de los titanes para asegurar su supervivencia en el congelador del planeta.