Al observar los restos que el mar deposita en la orilla de una playa, es habitual encontrar conchas de almejas y caracoles, Sin embargo, hace 252 millones de años, el panorama en los océanos era dominado por los braquiópodos, organismos que, aunque poseen una apariencia externa similar a los moluscos, presentan una estructura interna muy distinta.

Tras décadas de incertidumbre, una investigación liderada por la Universidad de Stanford ha logrado esclarecer por qué estos antiguos habitantes fueron casi erradicados, mientras que otras especies lograron prosperar hasta la actualidad.
Un ecosistema al límite de su resistencia
El evento conocido como la “Gran Mortandad” fue provocado por erupciones volcánicas masivas que liberaron niveles críticos de dióxido de carbono y metano en la atmósfera. Estas emisiones generaron un calentamiento global extremo que transformó la química de los océanos, elevando su temperatura y reduciendo drásticamente los niveles de oxígeno disponible para la vida marina.

En este contexto de colapso ambiental, la devastación no afectó a todos por igual. Mientras que grupos como los lirios de mar y los braquiópodos sufrieron pérdidas casi totales, los ancestros de los peces modernos y ciertos moluscos demostraron una capacidad de adaptación superior ante la falta de aire en el agua.
El metabolismo como factor determinante
La clave de este fenómeno reside en el metabolismo, entendido como el conjunto de procesos químicos que permiten a los organismos generar energía y mantenerse con vida. El estudio determinó que los animales más activos, como los caracoles móviles y los peces, poseían sistemas biológicos más robustos para enfrentar el estrés ambiental.
Por el contrario, los braquiópodos eran organismos lentos, de vida sedentaria en el lecho marino y con una composición corporal muy distinta a la de los supervivientes. Sobre esta diferencia física, el profesor de Stanford, Erik Sperling, señaló: “Esta es la razón por la que comemos sopa de almejas y no sopa de braquiópodos (...) Los braquiópodos casi no tienen carne”.

Los experimentos realizados en laboratorio evidenciaron que, al aumentar la temperatura del agua, las necesidades energéticas de los animales de metabolismo lento crecían a un ritmo que sus cuerpos no podían sostener, llevándolos a la extinción.
Respecto a la relevancia de este descubrimiento, Erik Sperling afirmó:
“Este estudio es realmente el clavo final en el ataúd de lo que causó la extinción masiva del Pérmico-Triásico (...) Comprender cómo respondieron la Tierra y su biota en aquel entonces podría informarnos de lo que está por venir”.
A pesar de la gravedad de los datos, los investigadores subrayan que el destino de los océanos actuales no está sellado. Según Sperling, aunque las proyecciones de calentamiento son preocupantes, “todavía estamos en el punto en el que podemos cambiar las cosas y hacer algo al respecto”.
