De las manifestaciones contra el Gobierno a las manifestaciones del Gobierno
GUSTAVO PETRO
(2026-2019)
Un nuevo tiempo, otra vez
Al fin llegó el día. El 7 de agosto de 2022 tomó posesión Gustavo Francisco Petro Urrego como presidente de Colombia. El nuevo mandatario era un antiguo guerrillero del Movimiento 19 de Abril que en los años noventa había dejado las armas y había iniciado una carrera política que lo llevó hasta alcanzar el más alto cargo de la administración por vía democrática. Inauguraba ese día el primer gobierno de izquierda de la historia de Colombia. Se veía feliz y confiado, dirigiéndose al pueblo y a los líderes del mundo en un discurso preñado de sueños, cobijado por la sombra del Libertador, Simón Bolívar, de quien había hecho traer su espada para apadrinarlo en la ceremonia, mientras un mechón raquítico de su pelo ondulaba de un lado al otro de su cabeza como otra espada combatiendo la calvicie galopante que se cernía sobre su cráneo. Era el primer, y tal vez el mejor, día de su mandato.

Las voces en las calles cantaban que empezaba un tiempo en el que lo imposible se hacía posible y en el que la justicia estaba al alcance de la mano. El Estado ya no funcionaría como una empresa al servicio de familias privilegiadas ni de mafias corruptas, sino que trabajaría para el pueblo sufrido que por más de doscientos años había estado excluido, y que ahora se preparaba para vivir sabroso bajo el cielo de uno de los países más bellos del mundo. Anunciaron que habría hambre cero y que la paloma de la Paz Total volaría por cada rincón del territorio. El gobierno del cambio había llegado, la política del amor le había ganado a la del odio, la decencia había triunfado en las elecciones de un país corrupto, la poesía había vencido a la policía, la era había parido un corazón.
Yo miraba la ceremonia de inicio de este nuevo tiempo en la cafetería de una clínica de Bogotá, donde estábamos recibiendo a nuestro primer hijo, a quien habíamos esperado con toda la ilusión y el amor de que éramos capaces. Acababa de terminar de escribir un libro sobre historia de los presidentes de Colombia y esperaba con ansias también la salida a la luz de ese otro fruto de mis trabajos y desvelos. Mis amigos de izquierda estaban dichosos y me enviaban mensajes en los que se combinaban los buenos deseos para mi familia con los mejores augurios para el nuevo país que empezaba con este mandatario. Todo anunciaba bienaventuranza. A veces las estrellas del destino se alinean con nuestras ilusiones.
Sin embargo, nuestros sueños tienen la mala costumbre de cumplirse, pero no como los esperábamos. A las pocas horas de haber nacido, los doctores encontraron que el bebé tenía problemas para oxigenar y mantener los niveles de glucosa en la sangre en su rango adecuado. Más de dieciocho horas de trabajo de parto llevadas con estoicismo por su madre, mientras su cordón umbilical estaba enrollado en torno a su cuello, habían dejado al niño frágil y sin energías. Por fortuna, el equipo médico que nos rodeó supo identificar y tratar los problemas a tiempo, y nuestra EPS aprobó con rapidez los muchos exámenes que le hicieron durante los diez días que permanecimos en la Unidad de Cuidados Intensivos acompañando su progreso.
Mientras tanto, seguíamos con parcial interés el cubrimiento mediático de todo lo relacionado con el nuevo gobierno: las manifestaciones en su apoyo, las explicaciones de los simbolismos de sus acciones iniciales, y, sobre todo, el recurrente sonsonete de que estábamos presenciando la llegada del “primer presidente de izquierda de la historia de Colombia”. Algún periodista me contactó para preguntarme si tal calificativo era válido, pero no me molesté en contestarle, dados los problemas de verdad importantes a los que me enfrentaba en ese momento.
La pregunta no era inane, aunque sí me parecía absurdo consultarle a un historiador si un gobierno era de izquierda antes de que incluso hubiera empezado a ejercer. Había que esperar para ver si sus políticas eran realmente izquierdistas y, sobre todo, había que precisar qué era la izquierda. La definición de esta categoría política ha sido muy amplia y es un tema del que se ha discutido por mucho tiempo, sin que cada explicación se haya quedado sin un pero que la contradiga. Hay tantos significados de la izquierda como hay izquierdistas en el mundo y esta es la razón que ha dificultado siempre la unión de este tipo de proyectos. Unos dicen que la izquierda verdadera no puede ser otra que la que se opone a la propiedad privada y al Estado; otros matizan esta afirmación diciendo que se puede acabar con la propiedad privada sin acabar con el Estado, y otros aceptan la presencia del Estado y la propiedad, pero dicen que la izquierda tiene la obligación de buscar la igualdad en medio de estas circunstancias. El politólogo Norberto Bobbio en su popular libro Derecha e izquierda definió a comienzos de los años noventa a la izquierda como la doctrina que busca la igualdad política y social en medio de las desigualdades preexistentes. Desde entonces, la mayoría de los estudios sobre el tema repiten salmódicamente esta explicación, lo que la acerca a ser la definición más generalizada.
Para la mayoría, no obstante, la definición de izquierda o derecha parece ser mucho más vaga y flexible que la de los académicos. Algunos piensan que ser de izquierda es oponerse al poder hegemónico (no importa quién lo tenga) o que es patrimonio único de los pobres y oprimidos; otros creen que no hay izquierda sin revolución y que su deber es siempre cambiar la situación existente (no importa si esta es buena o mala). Unos se llaman de izquierda porque luchan por la justicia, sea cual sea la definición que le den a esa palabra, o dicen ser parte de una “nueva izquierda”, es decir, la que lucha por un mundo mejor, pero no por la vía de la revolución colectiva sino a través de la liberación de las identidades individuales. Habrá algunos que piensen en utopía al escuchar el término y tal vez haya otros que sigan creyendo que todo se reduce a los puestos que ocupen los parlamentarios en el recinto de una asamblea, como pasó durante la Revolución francesa (los que se sienten a la izquierda son de izquierda y los que lo hagan a la derecha son de derecha, así de simple). Y no faltan los que asocian la derecha al orden y la izquierda a la libertad y deciden que, al igual que pasa con los grifos de agua, un lado es el que oprime mientras el otro es el que libera.

Al final, el concepto de izquierda es tan móvil y adaptable como el de derecha y, muchas veces, más que para definir un sistema específico de creencias o acciones, sirve para diferenciar el bando con el que me identifico con respecto a otro que clasifico como contrario1 . Por eso, ante tantas definiciones imposibles de conciliar, yo prefiero aprovechar el comodín de la identidad y decir que ser de izquierda se trata de una forma de autoidentificarse, como puede ser la orientación sexual. Nos autodenominaríamos de izquierda, así como nos consideramos homo o hetero. Aunque, la verdad sea dicha, la identidad sexual parece hoy algo mucho más fluido y susceptible de cambios de orientación que la posición política. Para los militantes más tenaces de izquierda o derecha sería un verdadero pecado ensayar, aunque sea en una noche de tragos, las posiciones del otro lado, los antiguos copartidarios suelen despreciar sin compasión a los que “han salido del clóset” y han cambiado de partido, y no se imaginan lo mal que le puede ir a alguien si llega a responder a la pregunta de si es de derecha o de izquierda diciendo que es de identidad política no binaria.
Con todo esto en mente, era todavía difícil asegurar que el de Gustavo Petro era “el primer gobierno de izquierda en la historia de Colombia”. En el pasado ya había habido presidentes que provinieron de las clases populares y de regiones lejanas de la capital, así como otros que fueron primero guerrilleros y después jefes de las Fuerzas Militares de la república. Ha habido gobernantes que han dicho representar terceras fuerzas por fuera de los tradicionales partidos Liberal y Conservador. Y también los hubo que hicieron de la libertad su propósito principal o adelantaron políticas destinadas a combatir la desigualdad.
Así que no. No se podía decir que Gustavo Petro fuera el primer gobernante en llegar a su puesto con estas ideas, ni el primer revolucionario en ser presidente, ni el primer hijo de clases populares en sentarse en el solio presidencial, ni el primer costeño en ese cargo, ni el primer gobernante por fuera de los partidos tradicionales. Unos años después, demostraría que tampoco sería el primer presidente en llegar al poder con ideas de izquierda y luego terminar decepcionando a buena parte de los izquierdistas. Era, eso sí, el primero que había dicho que adelantaría un gobierno de izquierda y que hizo campaña presentando este eslogan sin tapujos, de igual manera que otros han dicho que el de ellos era “el tiempo de la gente” o “del mandato claro”. Una expresión publicitaria más. Si algo se podía decir el día de su posesión era que Gustavo Petro era “el primer presidente en la historia de Colombia que se autodenominaba el ‘primer presidente de izquierda en la historia de Colombia’”. Esa es la respuesta que le debí haber dado a aquel periodista (y perdón por la demora).
