Agustina Bazterrica es una escritora argentina cuya obra explora los mecanismos de la violencia, la deshumanización y el poder sobre los cuerpos. Su novela Cadáver exquisito, ganadora del Premio Clarín en 2017, se convirtió en un fenómeno editorial internacional y ha sido traducida a 33 idiomas, con más de un millón de ejemplares vendidos en todo el mundo. Durante su visita a Colombia, donde participó en encuentros literarios en Montería y Valledupar, conversó con SEMANA sobre los libros que incomodan, las realidades que alimentan sus ficciones y el papel de la literatura frente a una sociedad atravesada por la violencia.

El éxito de una historia incómoda

Hay libros que se leen y otros que, una vez terminados, obligan a buscar a alguien con quien hablar. Cadáver exquisito, la novela de Agustina Bazterrica sobre una sociedad en la que el canibalismo se legaliza, pertenece a esa segunda categoría.
Publicada en Argentina en 2017, la obra continúa encontrando lectores casi una década después y se ha convertido en un fenómeno editorial que la propia autora contempla con una mezcla de gratitud y desconcierto. “Vivo en un estado de agradecimiento y de perplejidad absoluta, pensando también en que en algún momento se va a terminar, porque los libros tienen una vida y muchos dejan de reeditarse. Sin embargo, este libro ya va a cumplir diez años y se sigue vendiendo como pan caliente”, cuenta a SEMANA.

La singularidad de Cadáver exquisito se explica en que enfrenta al lector con una pregunta extrema: ¿qué ocurriría si la sociedad decidiera legitimar el consumo de seres humanos? La potencia de la novela está en llevar esa premisa hasta sus últimas consecuencias y obligar a pensar en los límites que separan a quienes son reconocidos como personas de aquellos a quienes se despoja de esa condición. “La idea sobre este libro nació de la época en que era vegetariana en Argentina; reflexioné sobre el hecho de que nosotros somos animales, somos carne, y que bien podríamos estar colgados en una carnicería; el canibalismo existió, existe y existirá. Me pregunté qué pasaría si un día se legitimara el canibalismo”, recuerda.

Antes de escribir, la autora dedicó seis meses a investigar. Entre sus hallazgos estuvo Pensar caníbal, una tesis doctoral sobre el canibalismo escrita por el colombiano Adolfo Chaparro Amaya, así como De animales y hombres, de la brasileña Ana Paula Maia, una ficción ambientada en un frigorífico, y Extraños animales, de la filósofa argentina Mónica B. Cragnolini, cuyo análisis sobre los derechos de los animales no humanos resultó determinante para concebir el desenlace.
Las reacciones que ha provocado la novela confirman que su desenlace no deja indiferentes a los lectores. Bazterrica recuerda que, poco después de la publicación en Argentina, una mujer acudió a la Sociedad Argentina de Escritores para denunciarla por el final del libro. “Para mí fue un elogio absoluto”, dice.

El cierre de Cadáver exquisito, explica, tiene además una relación directa con la dictadura militar argentina y la apropiación de bebés que fueron arrebatados y entregados a familias de represores. La violencia de la novela no se limita, por eso, solo a la premisa del canibalismo: también remite a una historia política en la que los cuerpos, la identidad y la posibilidad de decidir sobre la propia vida fueron sometidos al poder.

Esa dimensión política atraviesa sus apariciones públicas. En Montería, durante su visita en Colombia, habló abiertamente sobre feminismo y recibió el agradecimiento de lectores que valoraron que abordara asuntos habitualmente silenciados. La experiencia le recordó que las condiciones para expresar determinadas ideas no son iguales en todos los territorios. “Yo no adopto un discurso conservador por estar en un lugar conservador. A veces se cree erróneamente que en todas partes se vive con la apertura de Buenos Aires, donde salimos a la calle con el pañuelo verde, pero no es la realidad general”, afirma.
Para Bazterrica, escribir y conversar con los lectores también implica tender puentes. No pretende que la literatura imponga una doctrina ni que todos lleguen a las mismas conclusiones, sino que las historias permitan mirar de otra manera aquello que suele darse por sentado. Su compromiso con esas discusiones, reconoce, exige un esfuerzo físico y personal, pero adquiere sentido cuando alguien se acerca para contarle que una idea le permitió cuestionar su propia perspectiva.

Cuerpos bajo vigilancia y distopías cotidianas

En Las indignas, otro de sus libros, Bazterrica desplaza la mirada hacia una comunidad de mujeres sometidas a una estructura religiosa coercitiva. La novela explora la vigilancia, la desconfianza y la anulación de la autonomía femenina, temas que tienen una raíz autobiográfica.
La inspiración para este libro nació de las experiencias propias de la autora. Estudió en un colegio de monjas alemanas de Buenos Aires, una institución en la que, recuerda, las alumnas, docentes y religiosas estaban bajo la tutela de un sacerdote. La vigilancia mutua y la delación debilitaban los vínculos entre las estudiantes, mientras las expectativas sobre su futuro estaban marcadas por normas de género y clase social. “Se construyó un esquema panóptico donde todas nos vigilábamos mutuamente; no existían lazos reales de amistad ni sororidad, predominaban la desconfianza y la delación, propiciadas deliberadamente por las autoridades escolares para neutralizar la cohesión del grupo”, cuenta.

Años después, sus estudios de Artes en la Universidad de Buenos Aires y la lectura de textos sobre los orígenes del cristianismo le permitieron comprender mejor los mecanismos de abuso institucional. Para escribir la novela también fue decisivo Calibán y la bruja, de Silvia Federici, ensayo que examina la persecución de mujeres acusadas de brujería. A esa base sumó una investigación documental sobre cultos y grupos coercitivos.

La violencia contra las mujeres no es, para Bazterrica, un asunto exclusivamente sujeto a los espacios de poder institucional. También aparece en la vida cotidiana, en los discursos que responsabilizan a las víctimas y en la desigualdad que limita la autonomía económica. De ahí que insista en la necesidad de criar a los hijos varones sin convertirlos en figuras a las que las mujeres deban servir, y de promover la independencia de las mujeres para que sus relaciones afectivas no dependan de la supervivencia material.
La escritora encuentra en la actualidad una de las razones por las que las distopías despiertan interés entre los lectores. No considera que se trate de un género alejado de la realidad: basta observar las noticias para reconocer situaciones que parecen pertenecer a mundos imaginados. “Basta mirar un noticiero durante unos segundos para constatar que vivimos rodeados de distopías reales. Lo que ocurre en Palestina es una distopía absoluta. En el plano cotidiano, los feminicidios sistemáticos de mujeres violentadas y asesinadas, acompañados de discursos mediáticos que responsabilizan a las víctimas, son hechos diarios”, sostiene.

A esa violencia suma una desigualdad económica que permite que una minoría acumule recursos mientras millones de personas buscan alimento entre la basura. También cuestiona los discursos que presentan la empatía como una debilidad, cuando, a su juicio, la organización comunitaria ha sido decisiva para la supervivencia humana. “Las plataformas digitales explotan el miedo y el odio con fines de rentabilidad y manipulación de voluntades”, advierte.
