Dany Alejandro Hoyos ha construido una carrera que muchos reconocen por el humor de Suso, el personaje que lo convirtió en una figura popular de la televisión colombiana. Sin embargo, detrás de esa voz irreverente hay un lector apasionado, un gestor cultural y un escritor que ha encontrado en la literatura otra manera de nombrar el mundo.
En Primavera, su nueva novela, vuelve sobre el barrio, los amigos de infancia y los recuerdos de una generación que creció entre la violencia, el fútbol, la salsa y las pequeñas alegrías de la vida cotidiana.
En conversación con SEMANA, Hoyos habla de la nostalgia, de la deuda emocional con sus amigos y de su apuesta por contar las historias de los barrios populares sin reducirlas a sus tragedias. Una charla sobre la memoria, la identidad y el poder de la amistad para mantenernos a flote incluso en los momentos más oscuros.

SEMANA: En Primavera usted afirma que “el dolor es amar un lugar que ya no existe”. Al escribir sobre su barrio, ¿buscaba recuperarlo o despedirse de él?
Dany Alejandro Hoyos (DAH): Eso fue algo que fui descubriendo como narrador y como escritor del libro. Al principio pensé que le estaba escribiendo a una historia de barrio, a mis amigos; pero cuando terminé, descubrí que estaba escribiendo una historia de la nostalgia. Y no solo mía, sino de todos los que añoramos y recordamos una etapa de adolescencia, de infancia y de barrio; todos los que recordamos las dinámicas de los años noventa, que son tan distintas a las de ahora. A esta generación le tocó vivir todos esos cambios y siente que ya no pertenecemos a una época, como si nos estuviéramos volviendo obsoletos. Es, en el fondo, una añoranza de eso que fuimos.

SEMANA: La muerte es casi un personaje central en la obra. ¿Cuándo comprendió que relatar la vida de sus amigos exigía narrar también sus muertes para salvarlos de la estadística?
DAH: Muertes de jóvenes se han relatado mucho. Al principio uno decía: “Yo quiero contar la historia de mis amigos, de los que mataron y de los que se murieron”. Sin embargo, cuando empiezo a relatar eso, descubro que la gran clave del libro y la gran clave de la época es que nosotros, a pesar de todas esas situaciones, éramos muy felices. Es decir, a pesar de la violencia, esta pasa a un segundo plano y en un barrio popular queda como protagonista la amistad, la bondad, la alegría, la rumba y el fútbol.
Desde afuera, todo el mundo, e incluso uno mismo, se permeaba por esa visión y decía: “Hombre, sí, qué doloroso es el barrio”. Pero cuando empiezo a narrar y a ser consciente de mi entorno, pensaba: “No, es que yo era muy feliz”. Este libro lo que trata de resaltar es que, a pesar de todo, hay una felicidad y una alegría que pertenecen al barrio y que nadie se las va a quitar, así haya violencia o existan bandas. Lo que empezó como una carrera por contar una historia de la muerte terminó convirtiéndose en una historia de amistad y de amor a la vida.

SEMANA: En medio del dolor, los niños igual juegan fútbol y hay fiesta. ¿Esa risa en pleno horror fue resistencia o pura supervivencia psicológica?
DAH: Creo que es un poco de todo: un poco de disociación en términos psicológicos, un poco de fingir demencia, un poco de asumir que “esto es lo que hay” y también un poco del aislamiento en el que vivíamos en ese mundo. En esa época no había internet ni celulares; la televisión se reducía a lo que veías en dos o tres canales, y tiempo después llegó la parabólica. El mundo era muy lejano y las cosas no tenían tanta inmediatez. Por lo tanto, uno asumía: “El mundo es esto y debe ser así en todas partes”.
Cuando empecé a salir de Colombia, pensaba que en otros países o en otras regiones la gente también había visto morir personas como me tocó a mí. Cuando escucho a alguien decir: “Yo nunca he visto matar a nadie”, me asombro y digo: “¿Cómo así que usted no ha visto matar a alguien, si eso es lo normal?”. Luego comprendí que no, que eso no es lo normal. Ahí descubrí que era parte de un distanciamiento y de un abandono del Estado en el que nos encontrábamos, sumado a las circunstancias previas a la llegada de internet y al fenómeno de la inmediatez de las redes sociales.
SEMANA: ¿Cómo fue el proceso de desprenderse de la máscara de Suso para consolidar su propia voz como escritor y gestor cultural?
DAH: Ha sido un camino despacioso y lento, como todos los procesos que a mí me gustan. Implicó romper con miedos personales: antes de mostrarme como Dany, tenía la máscara de Suso, detrás de la cual se tapaba todo. Cuando decidí irme mostrando poco a poco, fui ganando confianza gracias al respaldo de la gente.
En Instagram creé la página Venga hablemos hace seis años durante la pandemia y allí las personas empezaron a notar que se hablaba de libros, de literatura, de cultura y de procesos artísticos. Paralelamente, tengo una escuela de arte y monté una librería. Todas esas cosas fueron consolidando un público que no necesariamente es el mismo de Suso; de hecho, hay a quienes no les gusta Suso y les gusto más yo, y a otros les gusta más Suso y no yo, lo cual entra dentro de todas las posibilidades. Pero responde ante todo a una pasión, porque me apasiona el mundo de los libros, y al voto de confianza del público. Si la gente no me hubiera dado esa confianza, creo que ni siquiera habría escrito la primera novela.
SEMANA: Más allá de mostrarse vulnerable, ¿escribir Primavera fue un ejercicio de sanación y paz interior?
DAH: Para mí, la literatura no es un ejercicio para vivir sanando. Resulta terapéutica, pero no es un remedio en sí misma; puede que funcione, pero lo que busco en ella pertenece a otro campo: el de cómo expresar algo para que quede bien dicho literariamente. Esa es mi primera preocupación.
La segunda preocupación es la necesidad imperiosa de contarlo. Ahí sí se conecta con tu pregunta: tengo la necesidad de expresar y sacar ciertas cosas. Cuando me surge esa urgencia de decir algo, debo elegir entre tres caminos: lo digo como Suso a través del humor, lo digo como Dany con humor o lo abordo desde la literatura. En este caso, por sus características y por la hondura que requería el desarrollo de la idea, el camino natural fue el literario. Y por supuesto, sentía una deuda con mis amigos para contar su historia, así como una deuda con mi barrio.
SEMANA: ¿Cómo recibieron sus amigos de infancia el verse retratados en estas páginas?
DAH: Muchos amigos del colegio están muy emocionados. La lectura les ha hecho recordar aquellas épocas y revivir episodios que tenían borrosos u oscuros. Han logrado aclarar ciertas vivencias porque, como te decía, uno suele disociar y no procesa del todo los hechos. Les ha gustado mucho, lo han recibido y aceptado de una forma muy bonita. Para mí, la mirada de ellos representa la evaluación más significativa de todo el proceso.
SEMANA: En el libro hay una crítica frontal a la pornomiseria y al rating que lucra con el sufrimiento popular. ¿Por qué le genera tanto rechazo ese enfoque?
DAH: Totalmente. A la gente de barrio históricamente se le ha mirado con condescendencia y con un halo de pesar, pensando siempre en: “Ay, no lo lograron”. A mí eso siempre me causó malestar, porque la realidad no se reducía a eso. Por supuesto que hay violencia y una notable falta de oportunidades, asuntos que ya todo el mundo conoce, pero la vivencia cotidiana y el hecho de habitar el barrio guardan dimensiones que a mí me resultan mucho más entrañables.
Lo que ocurre es que la muerte y el sufrimiento representan un gran negocio para muchos y venden bastante. El dolor genera una enorme atención; tristemente, en este mundo el dolor produce más plata que el amor. Por eso digo con tranquilidad que quizá este libro no sea tan comercialmente exitoso como el primero, porque no apela a un dolor desgarrador ni a la lágrima fácil, sino a un proceso distinto vinculado a mi propia maduración como persona.
El dolor conmueve, genera rating y atrae lectores; y aunque en Primavera hay dolor y sufrimiento, prevalece una reflexión en torno a la vida, la fuerza y la resiliencia que caracteriza a los colombianos.
SEMANA: Usted hace televisión y entrevista a invitados. ¿Ha sentido esa contradicción frente al dolor ajeno en pantalla?
DAH: Claro, por eso lo sé de primera mano. Los formatos televisivos que apelan a la lágrima y donde el invitado llora generan un impacto inmediato de empatía con la audiencia. Quizá responde a que las personas cargan con sus propios dolores y ver reflejado ese sufrimiento en otro resulta de algún modo sanador; no sabría afirmarlo con certeza, pero es un fenómeno evidente.
SEMANA: La salsa y el fútbol operan como anclas de pertenencia. ¿Por qué la música preserva la memoria con más vigor que una fotografía?
DAH: Para mí, la música es lo más cercano a Dios; es el arte supremo, porque no requiere de una alfabetización previa para conmoverte: entra de manera directa por el oído hacia las emociones y el recuerdo. Comprobé que muchas canciones de salsa que escuchaba me transportaban de inmediato a una época de alegría, a la adolescencia, a una persona que amé o a un lugar específico. La música tiene la propiedad maravillosa de permitirte experimentar con empatía lo que relata el intérprete, sin necesidad de haber sido el protagonista de esa letra.
Por otra parte, la salsa es la representación misma del barrio. La salsa clásica de la Fania de los años 70 conserva una vigencia absoluta: la disfrutan jóvenes, niños y adultos de todos los estratos socioeconómicos; la escuchan tanto ricos como pobres, y dialoga con todos los gustos, pues el rockero la asimila bien y el seguidor del vallenato también la disfruta. Para mí, la salsa es el gran género de la cultura popular.
SEMANA: Pasaron tres años entre El árbol de guayacán y Primavera. ¿Qué debió madurar en usted como escritor para asumir esta segunda novela?
DAH: En primer lugar, la confianza que me dejó el primer libro fue un factor determinante. En segundo lugar, el paso del tiempo y la maduración de ciertas reflexiones. El primer libro fue una obra más descarnada y catártica; en este, en cambio, hay una búsqueda literaria más profunda alrededor de la voz narrativa, un ejercicio de metaliteratura y el reto personal de validar el oficio de escritor. Es un trabajo que comencé a explorar hace bastantes años mediante prueba y error, sin saber con certeza que terminaría en un libro; el proceso consciente de estructurarlo como tal tomó cerca de dos años.
SEMANA: Una vez halladas las palabras exactas para narrar esa época, ¿cómo espera que habite Primavera en sus lectores?
DAH: Lo concibo como un ejercicio de reconocimiento del barrio, de empatía y de comprensión frente a lo que allí se vivía, pero ante todo como una búsqueda de identidad. Hace poco alguien me comentaba: “Yo negaba mis orígenes y, al leer este libro, volví a amar a mi barrio; antes lo consideraba únicamente un foco de violencia aislado del mundo y ahora lo reconozco con alegría”. Considero que propone un camino de reconciliación con nosotros mismos y de aceptación de lo que somos.
Y hay un eje esencial del que poco se habla: la amistad. Este libro busca reivindicar el significado de la amistad genuina. La verdadera amistad siempre salva, especialmente en los momentos de mayor vulnerabilidad.

SEMANA: Como una figura visible que habla abiertamente de salud mental y de batallas internas, ¿qué mensaje le envía a quien hoy atraviesa un momento oscuro?
DAH: En primer lugar, siempre recalco la importancia de consultar: no hay que sentir temor ni vergüenza de acudir a un especialista de la salud mental. En segundo término, sugiero un ejercicio muy valioso: concentrarse en lo que se tiene y no en lo que hace falta; sentarse a elaborar conscientemente una lista de lo que se posee en lugar de lamentar las carencias.
Por último, recomiendo la lectura de El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl. Gran parte de la psicología tradicional suele enfocarse en el pasado, mientras que la perspectiva de Frankl trabaja con la mirada puesta en el futuro, en el propósito por venir y en aquello que la persona todavía es capaz de construir.
