Manel Loureiro, autor de Apocalipsis Z, ha construido su trayectoria entre el thriller, el terror y otros géneros de ficción. Habló con SEMANA, habla sobre su proceso como escritor, las experiencias que han marcado su carrera y la creación de Antes de que todo cambie, su más reciente novela.
SEMANA: ¿Quién es Manel Loureiro? Lleva alrededor de 20 años escribiendo. ¿Qué hacía antes de comenzar a escribir y qué lo llevó a tomar la decisión de dedicarse a la literatura?
Manel Loureiro: Si tuviese que decirte quién es Manel Loureiro, te diría que es un tipo con suerte. Eso lo primero, de titular.
Soy un exabogado español que, con 30 años, decidió que iba a empezar a escribir algo que no fuese literatura jurídica. En 2006 decidí comenzar a escribir un blog en internet porque era una manera de limpiar la mente.
Aquel blog se transformó de repente en un fenómeno viral. En cuestión de menos de un mes tenía un millón y medio de lectores en todo el mundo. Después se convirtió en un libro, el libro se transformó en un bestseller y en España pronto empezó a traducirse a un montón de idiomas y a publicarse en diferentes países.
También se transformó en un éxito en Estados Unidos. A ese libro le siguió otro, y otro, y otro. Por el camino, el abogado se quedó tirado en alguna cuneta y, ahora mismo, 20 años después, Manel Loureiro es un escritor. Es un escritor que cuenta historias, que escribe libros que se leen y se traducen en un montón de idiomas, que se leen en todo el mundo y que además se transforman en películas y series de televisión.
Manel Loureiro es un tipo con suerte.

SEMANA: Después de tantas experiencias construyendo diferentes libros y de haber visto algunas de sus obras llegar incluso a producciones audiovisuales, ¿qué ha aprendido sobre usted mismo a partir de la construcción de estas historias?
M. L.: Lo más importante es que me sigue gustando. Creo que lo peor que le puede pasar a alguien como yo, que tiene que contar historias, es descubrir un día que no te apetece hacerlo. Eso tiene que ser terrible.
Sigo disfrutando de lo que hago. Lo que he aprendido es que hay una infinidad de historias esperando a ser contadas y que cada día, con cada nuevo libro y con cada nuevo proyecto, me tengo que esforzar por hacerlo mejor que el anterior.
También he aprendido que la comunicación con las lectoras y los lectores, con quien está al otro lado, es fundamental. No puedes dar nada por sentado. Tienes que ser intuitivo y escribir lo que te apetece, pero al mismo tiempo tienes que escribir historias que conecten con las emociones de la gente y con el mundo que nos rodea.
A todo el mundo le encanta la ficción. La ficción es nuestra válvula de escape, ya sea en forma de libros, películas o series de televisión.
No conozco a nadie que no se refugie en una de ellas un ratito al día, porque el ser humano está programado para que nos cuenten historias, para contar y que nos cuenten historias. Yo tengo la suerte de estar en el lado de los que cuentan historias y me gusta hacerlo bien.
SEMANA: ¿Cómo maneja el balance entre lo que quieres contar y lo que deduces que el público quiere escuchar?
M. L.: Es una pregunta muy buena y es una pregunta muy difícil.
Lo primordial es que las historias que cuento, las historias que escribes, tienen que salir de ti. No puedes contar una historia que no te apetezca contar porque eso se va a notar.
Pero dentro de todas las historias que te apetece contar, tienes que afinar muy bien y escoger aquellas que sabes que hay mucha más gente que quiere escuchar, que quiere leer o que quiere ver.
Yo he ido virando a lo largo de mi carrera. Antes hablábamos de Apocalipsis Z, una obra que escribí hace 20 años y que era de género fantástico. Era la historia de un abogado que se levantaba y de repente descubría que los muertos caminaban entre los vivos.
De ahí fui transitando hacia el terror gótico, después hacia la novela negra y finalmente llegué al thriller.
¿Por qué? Porque hay muchísimo más público que busca ese género y porque yo también he ido cambiando como persona a lo largo de todo este tiempo. Como seres humanos, evolucionamos en nuestros gustos y eso también influye en cómo eres como autor.
Además, vas aprendiendo por el camino. Es un trabajo de aprendizaje constante. Contar historias es algo que siempre puedes hacer mejor. O, por lo menos, yo eso creo.
SEMANA: ¿Cómo ha conseguido romper la barrera del idioma para que sus historias puedan llegar a un público mundial?
M. L.: Primero te voy a decir una cosa: creo que el mejor español del planeta se habla en Colombia.
Tengo la suerte de haber viajado por un montón de países hispanohablantes y donde te encuentras el español más fluido, más limpio y mejor estructurado es en Colombia. Es algo que a mucha gente le sorprende.
Las traducciones a otros idiomas son algo muy llamativo. Cuando entré en el mercado norteamericano, me llamó poderosamente la atención porque es el mayor mercado editorial del mundo, pero tiene una particularidad: solo el 5 % de los libros que se publican en Estados Unidos son de autores no anglosajones.
En ese 5 % tienen que entrar quienes escriben en español, italiano, suajili, chino o cualquier otro idioma. Ser publicado allí es difícil. Ser traducido al inglés para ser publicado allí es difícil y tener éxito editorial es más complicado todavía.
En mi caso se han dado las dos circunstancias. Estoy traducido a idiomas tan improbables como el letón o el kazajo. Eso me genera una sensación de vértigo: pensar que hay gente en países muy lejanos, que habla idiomas muy distintos, que está leyendo mis historias.
SEMANA: ¿Cuánto se pierde en una traducción?
M. L.: Siempre se dice que leer un libro en el idioma en el que fue escrito es mucho más gratificante, porque no solo importa la historia que se cuenta, sino cómo se cuenta.
El idioma tiene un ritmo, tiene una musicalidad y una manera de contar las cosas que, cuando se traduce, inevitablemente se pierde.
Por ejemplo, cuando uno de mis libros se publicó en Estados Unidos, leí el manuscrito traducido y vi que habían hecho una especie de pulido del texto. Habían eliminado varias partes.
Me explicaron que el lector de thriller en Estados Unidos prefiere que todo sea más fast-paced, con un ritmo más rápido. Entonces, algunas partes descriptivas que a nosotros nos pueden parecer interesantes y que sirven para crear atmósfera, para ellos sobraban.
Ahí se te abre un debate mental: ¿qué están leyendo? ¿Están leyendo tu libro o una versión modificada? Pero también tienes que preguntarte si esa versión es lo que ellos quieren.
El libro se publicó y funcionó. Entonces dices: bueno, ahí está la respuesta.
SEMANA: ¿Qué dificultades aparecen cuando una historia llega a públicos con culturas diferentes?
M. L.: El español es un idioma lleno de matices y sutilezas. Podemos decir una cosa diciendo todo lo contrario. Ese tipo de cosas son a las que te tienes que enfrentar cuando llegas a un público global.
Recuerdo una anécdota maravillosa. Cuando se publicó mi primer libro en Estados Unidos, al principio todas las críticas eran buenísimas y, de repente, empezaron a llegar reseñas muy malas, sobre todo de lectores de Texas.
Yo no entendía qué estaba pasando.
Había una escena en el libro en la que el protagonista, por primera vez en su vida, coge un arma de fuego. La levanta, apunta, le saca el seguro y dispara.
El arma era una Glock. Yo escogí ese modelo porque era una palabra que me gustaba y porque, en realidad, no sabía que ese modelo no tenía seguro.
Para un lector de Texas eso era como decir que el presidente colombiano llega en un platillo volante. Era imposible.
Había vulnerado una de las reglas que no se pueden vulnerar nunca: la suspensión de la incredulidad.
SEMANA: ¿Qué significa para usted esa suspensión de la incredulidad?
M. L.: Cuando estás viendo una película, una serie o leyendo un libro, sabes que es mentira. Sabes que son actores, que lo que estás leyendo salió de la cabeza de alguien. Pero tu cabeza es capaz de apagar eso.
La suspensión de la incredulidad es poderosísima, pero también muy frágil. Si la rompes, la sensación es terrible.
Es como aquellas películas de romanos de los años 70 en las que aparecía un legionario con un reloj, o cuando apareció un vaso de Starbucks en Juego de Tronos. No puedes permitirte hacer esas cosas.
Y a veces esos errores ocurren por diferencias culturales. Una escena puede pasar inadvertida para lectores españoles, italianos, franceses, argentinos o colombianos y, de repente, provocar un problema enorme en otro país.
Ese es el gran reto que tienes como escritor: construir una realidad dentro de la ficción para que el lector compre esa realidad y pueda entrar en ella.
SEMANA: ¿Cuál es entonces el principal reto como escritor?
M. L.: Tengo que conseguir que, cuando alguien coge uno de mis libros, esté leyendo sentado en el borde de la silla y que no pueda parar de pasar páginas.
Te habrá pasado alguna vez que dices: “Una página más y ya lo dejo por hoy”. “Un capítulo más y ya lo dejo por hoy”.
Si consigo eso, he hecho bien mi trabajo.
Cuando alguien compra un libro, te está dando dos cosas muy valiosas. Una es el precio del libro, pero te está dando otra cosa mucho más importante: te está confiando su tiempo libre.
El tiempo libre es escaso. Si alguien te confía su tiempo libre, tienes que estar a la altura.
Si consigues que ese tiempo libre tenga ese momento de “no quiero que se acabe” y que, al terminar, el lector diga “ha merecido la pena, vamos a por el siguiente”, he hecho bien mi trabajo.
SEMANA: ¿Cuál ha sido el mayor reto que ha enfrentado al escribir un libro? ¿Has tenido algún bloqueo? ¿Y hasta dónde llega la gratificación de decir “estoy satisfecho con lo que hice”?
M. L.: Nunca, y toca madera, me he encontrado con una situación de bloqueo. Conozco a mucha gente a la que le ha pasado y debe ser muy complicado, porque significa que de repente no sabes dónde está la salida.
A mí no me ha pasado. Tengo mucho ruido en la cabeza, tengo muchas historias.
Por otra parte, el nivel de satisfacción es absoluto. Es brutal.
No solo porque cuentas historias y la gente paga por leerlas o por verlas, sino porque a veces las historias llegan a sitios que tú no sospechabas.
Hace poco, en una firma de libros, se acercó una señora de mediana edad con unas muletas. Me pidió que la atendiera antes que a las demás personas porque tenía esclerosis múltiple. Me dijo que llevaba dos años sin salir de su casa y que ese día había salido para venir a verme.
También hay personas que te dicen que nunca leían y que, después de encontrarse con uno de tus libros, descubrieron que les gustaba leer.
O alguien que llega y te dice que su padre estaba agonizando en un hospital y que tu libro hizo que sus últimos momentos fueran más llevaderos.
De repente, el nivel de satisfacción está en muchos niveles. No solo es que la gente disfrute de tus historias, sino que te das cuenta de que esas historias a veces llegan a lugares que tú ni siquiera habías imaginado.
SEMANA: ¿Cómo es su relación con otros géneros? ¿Ha pensado en escribir otro tipo de historias?
M. L.: Yo empecé escribiendo una historia fantástica de zombis. De ahí evolucioné hacia historias de terror gótico, como El último pasajero. Después pasé a la novela negra con La puerta y ahora estoy en el thriller con estos últimos tres libros.
He ido evolucionando estilísticamente y explorando nuevos territorios.
No sé qué va a pasar en el futuro. Me encantaría poder escribir una novela histórica, por ejemplo, pero creo que eso está todavía en el futuro.
Una novela histórica exige un trabajo muy profundo para que sea una buena novela histórica.
No me veo escribiendo una novela romántica, pero nunca digas “de este agua no beberé”, porque no lo sabes.
Lo divertido es que los géneros son cada vez más eclécticos. Cada vez están más mezclados y lo estamos viendo ahora con el triunfo de todo este romance que está arrollando entre la gente más joven.
Es una mezcla entre fantasía, romance y misterio. Está muy bien porque está creando una legión de nuevos lectores que algún día saltarán de ahí a otros géneros.
SEMANA: Ya han hecho varias adaptaciones de sus libros. ¿Cómo se ha sentido con ellas? ¿Cree que al adaptar una obra se pierde algo de la literatura o puede incluso mejorar la construcción de la historia?
M. L.: Una adaptación es un pequeño milagro.
Conseguir que un libro se transforme en una película o una serie de televisión exige todavía otra vuelta de tuerca, porque se adaptan muy pocos libros al año.
La satisfacción es enorme porque sabes que vas a llegar a un público mucho más amplio y masivo que, de otra manera, quizá no te hubiese conocido.
Por ejemplo, Apocalipsis Z se transformó en la película más vista de toda la historia de Prime Video a nivel mundial, según los datos que se dieron en ese momento. Fue número uno en 71 países.
También hay otros libros que están en proceso de adaptación a series y otros formatos.
Pero tienes que ser consciente de que hay cosas que van a cambiar. Van a cambiar porque primero es un lenguaje distinto. Tienes que contar la misma historia, pero de dos maneras diferentes.
Además, hay problemas lógicos. Un libro puede tener 500 páginas y una película tiene alrededor de 80 páginas de guion. Hay cosas que no caben. Hay cosas que se van a quedar fuera, otras que hay que contar de otra manera y algunas que te gustaría contar, pero que no puedes porque, a nivel presupuestario, es imposible.
Entonces tienes que hacer concesiones.
Siempre tienes que conjugar los dos elementos: contar la historia de manera diferente, dotarla de una nueva dimensión y procurar que la esencia de la historia esté ahí.
Es un equilibrio y, a veces, es un equilibrio complicado.
SEMANA: Muchas veces se dice que es mejor leer el libro antes de ver la película. ¿Qué opina?
M. L.: Las adaptaciones hay que matizarlas mucho. A veces es bueno que sean muy fieles y a veces es bueno que exploren nuevos territorios.
Por ejemplo, El Padrino, la novela de Mario Puzo, es una buena novela, pero la película es extraordinaria.
Otro ejemplo es El resplandor, de Stephen King. Lo que cuenta la novela y lo que se ve en la película divergen por completo a partir de la mitad. El final es totalmente diferente.
También está El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Es una novela densa y complicadísima. Es una historia de investigación en la Edad Media.
La adaptación eliminó buena parte de los elementos de semiótica de la novela, que le daban profundidad y explicaban parte de la historia, pero hicieron una película muy buena.
Las adaptaciones tienen que encontrar su propio equilibrio.
SEMANA: Actualmente, muchas personas sienten que ya no se lee tanto y que se prefieren las series, películas o adaptaciones. ¿Qué consejo le daría para acercarse nuevamente a los libros?
M. L.: Voy a empezar llevándote la contraria. Vivimos en el momento de la historia en el que más se lee y más se escribe.
Tú mismo, desde hoy, ¿cuántos mensajes has mandado a lo largo del día? ¿Cuántos mensajes has recibido y has leído? ¿Has escrito o comentado en redes sociales?
Se lee y se escribe más que nunca. Lo que ocurre es que se lee y se escribe en otros formatos. Además, es el momento de la historia en el que más gente publica y autopublica.
Quizás es una consecuencia del mundo que nos ha tocado vivir. Las redes sociales hacen que estemos hiperconectados, pero al mismo tiempo pueden hacernos sentir muy solos.
Cuando alguien escribe, realmente está tratando de contar una historia que llega a un montón de gente. Es casi como una botella lanzada al mar.
Ahora bien, que se escriba mucho no significa que se escriba bien. Eso también lo podemos relacionar con la llegada de la inteligencia artificial.
La literatura tiene una mala salud de hierro. Siempre se ha dicho desde hace décadas que cada vez se lee menos, pero al final los niveles de lectura más o menos se mantienen.
Siempre hay nuevos lectores. Siempre llegan nuevos lectores.
La situación que viví en 2006, cuando se publicó mi primer libro, no tiene nada que ver con la actual. Si me hubiese pasado ahora, seguramente habría pasado por debajo del radar porque hay demasiado ruido.
De todas formas, la literatura ofrece un nivel de inmersión y de emoción tan potente que no te lo puede ofrecer ni la mejor película ni la mejor serie de televisión.
Cuando estás leyendo, literalmente te caes dentro de ese libro. Ese universo lo estás haciendo tuyo. Tiene los mejores actores, los mejores escenarios, decorados, efectos especiales y todo lo que puedas imaginar.
Una película te puede tocar y te puede acompañar. Un libro te cambia la vida.

SEMANA: Hablemos de Antes de que todo cambie, su más reciente libro. ¿De dónde nace la idea de la novela y qué querías explorar con su construcción?
M. L.: Antes de que todo cambie, surge de dos cosas.
Lo primero, de una pequeña obsesión personal. A mí siempre me han fascinado los magnicidios. Son esa especie de detonadores que hacen que la historia cambie. Pero desde el principio de los tiempos.
¿Muere Filipo de Macedonia asesinado? ¿Sube al poder Alejandro Magno? El mundo cambia. ¿Se cargan a Julio César? El mundo cambia. ¿Le pegan dos tiros al archiduque Francisco en Sarajevo? El mundo cambia.
Lincoln, Kennedy, Gandhi… Siempre que hay un magnicidio, el mundo cambia. Y ya no hablo a nivel local en cada país. En España, en Colombia, por desgracia, también hemos tenido casos.
Es decir, la violencia política siempre es un motor, un factor de cambio, pero no se sabe muy bien hacia dónde. Ese es el peligro que tiene.
Porque el vacío de poder puede tener consecuencias horripilantes. Cuando Gavrilo Princip le pega dos tiros al archiduque Francisco en Sarajevo, él es un serbio que quiere algo para Serbia. Lo que no se imagina es que va a provocar que cambie el mundo por completo.
Eso por una parte. Por otra parte, hay una palabra alemana para definirlo: el Zeitgeist, el espíritu del mundo.
Hoy vivimos un momento en el que te asomas a los periódicos, a las revistas, a Internet. A ver cómo me va a afectar a mí todo lo que está sucediendo”.
Vivimos un momento muy convulso a nivel mundial. Y normalmente en esos momentos convulsos es cuando se producen los magnicidios. Es el canario en la mina. Entonces me apetecía contar una historia que tuviese que ver con este momento, con esa tensión, una historia que especulase con eso.
¿Qué pasaría si de repente descabezas a toda la Unión Europea de golpe? ¿Qué pasaría el día después con semejante vacío de poder? El poder tiene horror al vacío. ¿Quién estaría detrás? ¿Por qué lo harían? ¿Cómo lo harían? ¿Cómo harían para no verse involucrados? ¿Quién sería la cabeza de turco? ¿Qué pasaría el día siguiente?
Las respuestas a todas esas preguntas están dentro de Antes de que todo cambie.
Yo quería plantear el mayor atentado de la historia y quería construir una historia que fuese sobre eso. Sobre esas horas electrizantes, esos días en los que se está planeando eso, con las autoridades pisándole los talones a Sam, su protagonista.
Y, al mismo tiempo, quería que fuese una historia de perdón y de redención, de cómo alguien está buscando el perdón a uno mismo, que es el más complicado de conseguir, después de hacer algo terrible.
Porque, al final, el protagonista de esta historia es un terrorista, es un villano. Pero, aunque sea un villano, es un villano que tú lo estás leyendo y dices: “Sí, de acuerdo, lo que estás haciendo es terrible, pero yo en tu lugar haría exactamente lo mismo”.
Y eso es muy difícil.