Juan Diego Soler sabe que mirar el cielo no siempre significa mirar hacia arriba. A veces implica observar números, interpretar ondas de radio, programar observaciones, reconstruir mapas y pasar horas frente a datos que, a primera vista, parecen no decir nada. También significa viajar de un país a otro, trabajar con telescopios ubicados en distintos lugares del planeta y aceptar que buena parte de aquello que un científico descubre quizá no encuentre una explicación definitiva.

Esa premisa es, en buena medida, el universo que el astrofísico colombiano intenta revelar en Historia del universo invisible: cómo la ciencia nos acerca al cielo, su tercer libro. La obra propone un recorrido por la manera en que la humanidad ha ampliado sus sentidos para comprender el firmamento: desde los registros de Babilonia y las observaciones de Galileo hasta los prismas, las placas fotográficas, las antenas y los actuales mapas tridimensionales de la Vía Láctea. Pero también es una historia sobre las personas detrás de esos descubrimientos y sobre la pregunta que atraviesa generaciones: ¿qué lugar ocupamos en el universo?

Soler nació en Bogotá en 1982, es doctor en Astronomía y Astrofísica de la Universidad de Toronto y ha desarrollado su carrera científica en España, Canadá, Francia, Alemania, Italia y Austria. Actualmente, es investigador asociado de la Universidad de Viena y trabaja desde la radioastronomía en asuntos relacionados con el campo magnético interestelar, la estructura de la Vía Láctea y la formación de estrellas.
Su recorrido internacional cumple dos décadas este año, una coincidencia que hace especialmente significativa la publicación de este libro: después de 20 años de salir de Colombia, vuelve a contar la historia del universo desde la experiencia de alguien que convirtió la curiosidad por el cielo en una profesión.
Un científico que piensa en escala planetaria
La vida de Soler parece escrita en coordenadas. En 2006 salió de Colombia y comenzó su recorrido profesional en España. Después llegó a Canadá, donde fue reclutado por la Universidad de Toronto para trabajar en un equipo dedicado al lanzamiento de telescopios en globo. Pasó seis años allí, luego cuatro en Francia, otros cuatro en Alemania y alrededor de cuatro en Italia. Finalmente, se estableció en Austria junto a su esposa.
Hoy puede trabajar con observaciones de un telescopio en Estados Unidos y otro en China mientras realiza el análisis en Austria. Para él, esa dimensión internacional no es una rareza, sino una consecuencia natural de la propia astronomía.

“La astronomía siempre está en el mundo. Una de las cosas más interesantes de esta disciplina es que no se puede ver el mismo pedazo de cielo desde todas partes a la vez. Eso tiene una implicación práctica: si quieres estudiar una parte del firmamento, debes averiguar en qué época del año y desde qué lugar del planeta se puede observar. Uno empieza a pensar a escala planetaria”, señala.
En esa geografía científica también aparecen Corea, Francia, Grecia, Alemania y otros lugares a los que llega por conferencias, proyectos o colaboraciones. Pero la movilidad no significa para él desprenderse de Colombia. Bogotá sigue siendo su casa, aunque reconoce las dificultades de volver a una ciudad que percibe como propia y compleja. “Me siento muy bogotano”, dice. Conserva a su mamá y a su hermana en la ciudad y, pese a los años fuera, hay algo en la manera de hablar, en las costumbres y hasta en el uso del “usted” que lo devuelve a su origen.
Su relación con el país también atraviesa su manera de entender la ciencia. Para Soler, “es un privilegio ser científico en Colombia porque en un país con necesidades inmediatas no se le puede pedir a alguien de escasos recursos que estudie física sin certezas sobre su estabilidad económica”, afirma.

Ahí aparece uno de los debates que atraviesan su libro y su carrera: la ciencia no puede depender únicamente de las vocaciones individuales. También necesita condiciones sociales, económicas e institucionales que permitan que esas vocaciones sobrevivan. “El problema no es salir, la famosa fuga de cerebros, sino que la ciencia no forme parte de la conversación nacional”.
El universo como legado

La imagen pública de Soler está relacionada con algunos de sus hallazgos. Cuando se le pregunta por su mayor highlight profesional, evita escoger un único momento. Para él, el verdadero valor de la ciencia no está necesariamente en lo que aparece en medios de comunicación, sino en todo lo que ocurre antes: analizar datos, programar observaciones, formular preguntas y persistir cuando todavía no existe una respuesta. “Lo reconfortante es saber que pusiste un bloque en la historia de la ciencia, aunque nadie lo vaya a recoger en los próximos 100 años. Con el filamento Magdalena, es excelente que se sepa que hay colombianos haciendo ciencia de alto nivel, aunque hoy no sepamos cómo llegó ese objeto ahí ni si será relevante en el futuro”.
El gesto resulta revelador: detrás de una revolución científica también existe una persona normal que paga deudas, hace mercado, construye herramientas y resuelve problemas cotidianos. Su nuevo libro amplía esa mirada hacia otros protagonistas de la historia de la astronomía, incluidas las mujeres que trabajaron en Harvard clasificando miles de imágenes del cielo. Williamina Fleming y Antonia Maury aparecen como parte de esa historia, pero también como ejemplos de las desigualdades que atravesaron la producción del conocimiento científico.

Para Soler, sin embargo, no se trata de ocupar el lugar de una única voz científica. La divulgación, dice, necesita multiplicidad. Colombia requiere científicos capaces de hablarle al público desde distintas regiones, disciplinas y experiencias. “Este libro está concebido para que cualquier persona entienda las noticias sobre hallazgos astronómicos, agujeros negros o galaxias lejanas sin recurrir a tecnicismos ni términos exóticos”.
Su propuesta consiste en acercar el cosmos a través de una narración accesible y humana. La intención no es convertir al lector en astrofísico, sino darle herramientas para mirar de otra manera aquello que ocurre sobre su cabeza.
Hay una idea de legado detrás de esa postura. Soler reconoce que la ciencia tiene límites generacionales y que no todos los problemas podrán ser resueltos por una misma persona. A sus 44 años, sabe que algunas preguntas deberán quedar en manos de quienes vienen detrás.
Por eso su obsesión científica actual no es solamente descubrir un nuevo objeto, sino entender el universo como algo dinámico. Actualmente, trabaja en modelos tridimensionales de la materia en el espacio y participa en investigaciones que buscan construir una especie de ‘Google Maps’ del universo a partir de la posición de las estrellas y las nubes de gas.
El siguiente paso es todavía más ambicioso: un modelo en seis dimensiones que incorpore tres espaciales y tres de velocidad. “Mi desvelo diario es descifrar el universo en seis dimensiones y comprender su dinámica: entender cómo se forman las estrellas en la vecindad del Sol o determinar si vivimos en un brazo en espiral o en una espuela galáctica. Mi obsesión actual es describir el universo no de forma estática, sino en pleno movimiento”.
