Son Rompe Pera nació en 2017 en Naucalpan, Estado de México, cuando los hermanos Mongo y Kacho Gama retomaron el nombre del conjunto de su padre, el marimbista José Dolores Gama Melchor, Batuco para los amigos, quien les había enseñado el instrumento de niños. En ese entonces, los hermanos Gama acompañaban a su padre para presentarse en el espacio público y hacer de la interpretación del instrumento un modo de vida. En su adolescencia y adultez, antes de regresar a la marimba, pasaron por bandas de punk, rockabilly y ska, lo que terminaría por hibridar su sonido, dando forma a una promesa de valor única en el continente. Ese recorrido definió el repertorio con que se dieron a conocer: cumbias y clásicos mexicanos, colombianos y peruanos pasados por una actitud garage, descomplicada y contestaria que revitalizaba el lugar central del instrumento de madera en la historia de la música mexicana. Junto a su hermano Murfy y a una sección de bajo y batería publicaron Batuco en 2020, un homenaje a su padre, y Chimborazo en 2023, que incluía como cierre el corte Batuco Son, también para José Dolores.


Mongo Gama sitúa el origen de su nuevo disco, Marimbazos de oro, en el anterior, Chimborazo. Desde entonces circulaban las ganas de abrir el sonido de Son Rompe Pera, aunque todavía faltaba el impulso de escribir material propio: “En ese momento, no teníamos la onda de experimentar, de hacer canciones propias”. Esta vez el impulso llegó y, con él, un repertorio que bebe de la música que escuchaban de niños. “Nos criamos con salsa, con rock and roll, con boleros, con toda esa onda. [Por eso, este disco] trae un poco de eso también”, explica Mongo. Pero, si a nivel musical la melodía recorre sus primeros contactos con esta disciplina, las letras acompañan ese regreso al lugar de origen: “Las letras hablan un poco de las vivencias que nos pasaron a lo largo de nuestra vida”. Revisar esas vivencias dejó una huella doble en el proceso: “La verdad fue bien chido y también un poco doloroso”. No es para menos, Arboledas, que abre el disco recuerda la violencia y excesos de las calles en las que los Gama crecieron, mientras que José Dolores, dedicada a su padre, reflexiona desde la herida abierta en torno a su muerte violenta.
La marimba sigue como eje de todo el recorrido: “Como que nos gustó mucho la onda de experimentar con otros géneros, de meternos a otras ondas, pero sin perder el folclor de la marimba”, reflexiona Mongo. Componer para el instrumento tiene además una razón que se extiende más allá de la banda. Los Gama fueron músicos de calle y tocaron danzones, boleros, chachachás y pasos dobles, de modo que los géneros del disco les resultan conocidos. Sin embargo, señalan el decaimiento de la música de marimba, que tuvo su era dorada en la década de los sesenta y setenta, en el contexto contemporáneo: “Hay música de mariachi, música ranchera, toda la cuestión del factor mexicano y lo vernáculo, pero no se hace tanta música de marimba”. Por ello, también, su intención es que otros marimbistas de México y de Latinoamérica empiecen a componer con ella.


Para ese salto llegó Adrián Quesada, cofundador de Black Pumas y productor del disco, que se grabó en Austin. La banda lo conocía por los videos de Black Pumas y de Grupo Fantasma y la cercanía fue inmediata: “Cuando conocimos a Adrián fue como si fuéramos amigos desde hace un montón de años”. Su colección de discos y los gustos compartidos, con el sonido del norte y los Texas Tornados como terreno común, dieron confianza a una grabación hecha casi toda a cinta, con batería de los setenta y guitarras viejas. Para una banda formada en el escenario, el estudio fue también una escuela: “Aprendimos un poco más sobre nosotros en lo que se refiera al estudio de grabación, porque nosotros somos más una banda de tocar en vivo”. En este disco, por tanto, el productor texano de ascendencia mexicana ha sido un compañero más, un confidente y guía que es, ante todo, un amigo. Esa misma lógica llevó a Quesada a tocar la guitarra en Reptilio, un corte inspirado en el cine B de terror y ciencia ficción, además de en la obsesión de Mongo por las teorías de conspiración.
La misma disposición explica el resto de las colaboraciones. “Yo creo que somos medio híbridos, porque somos como esponjas”, dice Mongo al hablar de los años de giras y encuentros con nuevas sonoridades, por lo que su criterio ante cualquier género es probar: “Ver qué funciona o cómo puede sonar”. Así nació la amistad con LA LOM, que empezó en un festival de música del mundo en Canadá. Uno de los integrantes de LA LOM, Zac Sokolow, toca bluegrass, un gusto que la banda comparte. De ahí salió la mentada Arboledas, una ranchera que cuenta el miedo de su hermano Kacho a salir a la calle cuando eran niños: “La drogadicción, los asaltos, todo lo que pasa en un día cualquiera en Naucalpan”. Presentar esa canción primero tenía una razón: “Se trataba de ver la amplitud del barrio”.

Con Spike Slawson, de Me First and the Gimme Gimmes, el vínculo se dio, en cambio, por la cumbia. El músico criado en Pittsburg canta en español y le gustan los Corraleros del Majagual. De este punto de encuentro (la agrupación colombiana es esencial para pensar la primera proliferación de la cumbia en México) nació Sombra, un relato de lo que en México se cuenta de lo sobrenatural: “De toda esa onda de que espantan por aquí. Nosotros tenemos evidencias de que también nos pasaron esas cosas”. Tocar con músicos a los que se escuchó de joven cambia la relación con ellos. Ahora, la distancia entre fan y banda se estrecha y la relación pasa primero por el filtro de la amistad.

Esa escucha de juventud encuentra su mayor peso en José Dolores, la salsa del disco, que lleva el nombre de su padre. “Pues nosotros crecimos con salsa, nosotros crecimos con el Grupo Niche, con la Orquesta Guayacán, con Héctor Lavoe, La Fania, con un montón de salsa”, recuerda Mongo. “Quisimos hacerle un homenaje a mi jefe, hablar de su muerte, hablar de lo que pasó en el barrio como una historia más de lo que puede pasar aquí, pero con la onda de salsa. Salsa fuerte”. El tema lo construyeron a distancia con músicos de La Pambelé, a quienes les mandaron las ideas: “Y ellos ya tenían la rola lista”. Su valoración del resultado es directa: “Es el punto más grande de Marimbazos de Oro”, añade Mongo. Esta colaboración nació del contacto primero con la orquesta de salsa de Bogotá cuando, reunidos en el estudio de Mambo Negro para la producción de Chimborazo a cargo de Mario Galeano, conocieron a algunos de los integrantes de esta ahora esencial orquesta tropical rola.

El título completa el recorrido hacia la infancia, pues viene de las carátulas de los discos que escuchaban en casa: “Más que nada le pusimos Marimbazos de oro porque cada disco a lo mejor que escuchábamos de cumbia o que escuchábamos eran éxitos, ¿no? Y todos llevaban en el título el oro”. A esa costumbre le añadieron la marimba: “Pues claro, tocaba honrar ese recuerdo”. Queda ahora llevar el disco al escenario, después de una parada histórica en el Teatro Metropolitan de Ciudad de México para su estreno, espacio etéreo en el que el ritmo y el sonido de las canciones se reordenan frente al público cada noche. “Nosotros nunca hacemos setlist”, dice Mongo, y en cada toquín el repertorio se decide ahí: “Y es como que, no sé, escogemos las canciones al instante”.
Marimbazos de oro es un homenaje a la semilla, al primer germen musical que implantó en los hermanos Gama un patriarca generoso y amplio. Así las cosas, como un caracol que carga su hogar en cada recorrido, la portada del álbum presenta a una persona cargando la misma marimba que les legara tras su muerte José Dolores Gama.
Tradición y vanguardia, afecto y amistad convergen en el pentagrama para dar forma al que desde ahora se presume como uno de los discos más importantes del año para la música mexicana. Editado por el sello Mixto Records, la tercera ofrenda discográfica de Son Rompe Pera recorre la tragedia para encontrar lo esencial: fraternidad, cariño y responsabilidad creativa. Es una catarsis a vuelo de marimba que recorre el territorio del dolor para alcanzar la plenitud más allá de las fronteras del grito.

