Las bandas británicas, en muy alto porcentaje, respetan a su público de manera íntegra. No solo componen su arte con convicción inventiva, explorando etapas sonoras y conceptuales, sino que también entregan su música con un nivel de fidelidad auditiva espeluznante. Esto se acaba de vivir en Bogotá en dos matices de rock. En el Vive Claro, con el show de Iron Maiden, un evento privado y costoso de una banda de 50 años de grandeza, del que se exigía la perfección y se agradeció muchísimo que la superara. Y, más notable aún, en el baño espiritual y sónico del día después, el que dejaron los Editors en su primera vez, no solo en Colombia, sino en toda la región.


El honor de esta primera edición no le tocó a Argentina, Chile o Brasil; fue para Rock al Parque, el festival gratuito más grande del continente, fundamental para la escena musical actual y para los cientos de miles que lo sienten tan suyo como su sangre. “Al principio, cuando todo va a mil por hora, recorres el mundo y todo parece posible; pero a medida que tu carrera avanza, se vuelve más complicado llegar más lejos”, le dijo a Arcadia en su hotel en Bogotá su cantante y fuerza fundamental, Tom Smith. “El mayor arrepentimiento que teníamos como banda era el de nunca haber tocado en Sudamérica. No pudimos concretarlo y, sinceramente, pensamos que no ocurriría. Así que estar sentados aquí presentando nuestro octavo disco, invitados a tocar acá, es maravilloso”. La inesperada invitación llegó, y pronto entendieron la dimensión del evento. “No es como hacer el típico Lollapalooza o evento gigante establecido… Rock al Parque no es eso, y esa diferencia lo hace todo más genial”.
El lunes 12 de octubre de 2026, en el Simón Bolívar, después de una jornada dura de domingo en la que la asistencia de casi 300.000 personas desbordó el evento, los británicos (y decenas de bandas; Ministry hizo lo mismo en paralelo) sumaron para que el aniversario cerrara en una nota alta. Ante muchos de sus seguidores, incrédulos por verlos en el Simón, y, sobre todo, ante miles que fueron a farmear aura con la banda chilena Los Bunkers, que cerraba ese escenario (y lo hizo fantástico), Editors entregó un show emotivo, una avalancha de sentimiento y energía, con el que sin duda sembró miles de nuevos fans. Para eso es que se va a un festival, así no se sepa al principio.



La banda se propulsa desde la fantástica voz y el pulso guitarrero de Smith, su cantante y principal compositor, pero entre todos cincelan la obra y su sonido final. En la banda lo acompañan Russell Leetch en el pulsante bajo y Ed Lay en la indetenible y dinámica batería, que arrancaron la banda con Smith; así como Elliott Williams en teclados y guitarras y una navaja suiza artística; Justin Lockey en la guitarra líder, la producción (y la fotografía y videografía documental de la banda y los lugares que visita). Williams y Lockey entraron en 2012, luego de la salida de Chris Urbanowicz, guitarrista fundacional que sumó mucho para forjar el sonido que los llevó al mundo. En 2019, cuando Arcadia habló con el baterista Ed Lay, en el marco de su primer disco de Best Of, Black Gold, dejó en claro que Urbanowicz “fue una parte enorme de nuestra banda; la forma en que tocaba la guitarra era fenomenal. Su vibra era simplemente increíble. Él nos hizo lo que fuimos. Pero llegamos a un punto en el que no había vuelta atrás con él y teníamos que continuar”.
Y sí que lo han hecho, y mucho tiene que ver que Lockey es un fantástico guitarrista, que aprecia el enfoque en las canciones de la banda, pero también que aprendió sobre producción de una leyenda como Flood (el hombre detrás de discos de New Order, U2, Nine Inch Nails, Depeche Mode y decenas de agrupaciones increíbles). Su música, su producción, su ojo, Lockey lo ha traído todo a Editors. Hoy son un quinteto consolidado y, por algo, como en el principio, los créditos de las canciones son de todos; porque conjuran en el estudio lo que se hace evidente en el escenario: las canciones son una propuesta sónica en la que cada capa asombra y eleva.




En el escenario Bio, ya con el tiempo seco después de unos aguaceros en la tarde, la banda asumió la tarima a las 8:15 p. m. y, durante una hora, maravilló. Tom preguntó: “Bogotá, are we alive?”, y la respuesta vino en ondas. Canción a canción, la gente entendió que presenciaba una enorme banda en el pico de sus poderes, y se sumó de cuerpo y corazón. El show no desplegó un aspecto visual notable, amplificó lo que hacen los músicos en escena para la gente que atrás lo agradece, pero incluso desde esa sencillez dio golpes de ojo geniales: se vio a la gente dando calor a los músicos. Esta no fue una entrega pasiva de ninguna de las partes.


En su set, los británicos incluyeron himnos como Blood y Munich, de The Back Room, el disco que los propulsó; geniales pistas para abrir el show como The Racing Rats y An End Has a Start, del disco homónimo, y composiciones cautivantes como Sugar, la emotiva Smokers Outside the Hospital Doors y el cierre pulsante con Papillon.
Pero en su concierto también sumaron dos nuevas composiciones, parte de su octavo disco de estudio, Surface Echo & Sound: Call It In y The Rush (dos sencillos que ya puede escuchar). El trabajo de 11 pistas, que sale el 30 de octubre y es digno de esta discografía, suma temas como Much Love (que Smith tenía guardado como idea desde el disco In This Light), Happiness y Shadow.
El disco llega después de una etapa muy electrónica de la agrupación que se extendió por tres discos y culminó con EBM (2022), un trabajo muy directo, brutal, robótico y mecánico, hecho de la mano de Benjamin Power (Blanck Mass). “Fue increíble, pero sentimos que no podíamos ir más lejos en esa dirección”, dice el músico. “La decisión fue la de volver a un método más tradicional, con guitarras, batería real y bajo en lugar de programación. Ingresar a una habitación juntos para tocar las canciones y trabajarlas antes de grabar. Entender cómo serán, cómo se presentarían, escribirlas juntos en el ensayo tomando mis ideas iniciales y luego grabar sabiendo que estaban listas. Es un disco de rock más natural, de sonido más humano, impulsado por lo acústico. Y se sintió maduro y apropiado para el momento en el que está la banda”.



Para Lockey, formar parte de Editors en 2026 es, de nuevo, disfrutar de hacer canciones. “En EBM se trataba de partes, capas, texturas, tonos; de ser bastante duro y abrasivo”, le dice a Arcadia. “En este nuevo trabajo, regresamos a donde todo comenzó para mí en la banda. Hay un sentimiento que brota de tocar con tus compañeros en un cuarto que no se puede replicar. Porque tampoco se da igual en el escenario. Estar sentados en círculo, tocando, es único. Ver a alguien inventar una parte y pensar: “¡Carajo, eso es!”, y componer de forma natural. Todo empieza con unos acordes de Tom en la acústica y luego florece hacia esta cosa masiva, hecha de manera natural. Y no intentamos diseñarla, simplemente la dejamos suceder”, explica. “Regresar a donde empezó este quinteto fue fantástico. Volvimos a las canciones y es evidente la magia que surge al estar juntos en la habitación”. También fue evidente la magia que desplegaron en el Simón, en una primera vez irrepetible, que ojalá no sea la última.
