El lunes 12 de octubre, el último de esta edición de aniversario 30 de Rock al Parque, el día después de una jornada de domingo en la que el Simón Bolívar se le quedó chiquito al evento, al son de casi 300.000 personas (mientras, a pocas cuadras, tocaba al tiempo Iron Maiden), había consenso general en que este festival tiene un ángel muy poderoso.
Porque incluso en las circunstancias más dementes, que desnudaron una logística deficiente y falta de salidas (y de reacción para abrirlas), la gente volvió a casa (virtud de la gente, que ante la situación avasalladora se cuidó). Muchas personas lograron conservar la memoria fantástica de la música (que hubo en gran cantidad, de primer nivel), pero otra no tanto. Rock al Parque, y esto no es descubrimiento, siempre ha exigido guerreo, es símbolo de una ciudad guerrera, pero una cosa es guerreo y otra es la angustia... Las lecciones desde Idartes y las muchas entidades articuladas deben ser aprendidas y aplicadas en el futuro para que el evento insignia de la capital vibre por 30 años más. Esperamos que una de esas lecciones no sea sacrificar la excelente curaduría, porque este cartel hizo orgullosos a cientos de miles, y por eso llegaron. NADIE SE LO QUISO PERDER.
En el futuro, se hace necesario dejar atrás las cifras como medalla y enfocarse en seguir armando carteles que resuenen tanto.
En últimas, el festival fue tan exitoso en su curaduría de aniversario y amplia expectativa que congregó a TODO EL MUNDO, avasallando las expectativas (en tres días, llegaron 561 mil almas). Hubo récord, sí; se esquivó una tragedia, también. Por eso, el lunes de cierre se pudo vivir la magia de la música, y qué fortuna, porque fue una jornada increíble.


En esta temporada de aguaceros densos (hoy, martes, el cielo tiene rabia) era mucho pedir que todo el festival saliera invicto. El tiempo seco de las dos jornadas iniciales dio paso a un cielo gris y lacrimoso de lunes festivo, que solo afectó en la tarde y mermó para las horas finales. Quizá este clima más mojado, así como lo sucedido en las jornadas previas, influyó en que “solo” llegaran 80 mil personas al parque...

Pero que nadie se equivoque, los escenarios vibraron muchísimo porque las bandas entregaron algo excepcional y la gente (que ES la protagonista del festival) sumó su fuerza vital. Con lluvia al principio, y sin ella al final, el cierre configuró una fiesta irrepetible llena de matices de rock. En esta brillaron agrupaciones bogotanas como V for Volume, Boca de Serpiente y StayWay, que no esconde sus influencias, les rinde tributo, y logra a la vez hacer su propia experiencia, con un excepcional guitarrista líder y un batero que se divierte todo el concierto. También engalanaron el lunes conjuntos españoles como Alcalá Norte (hermoso fue ver a sus seguidores cantar cara a cara con el cantante, cuando bajó de la tarima a su encuentro); uruguayos como Trotsky Vengarán, chilenos como Los Bunkers, argentinos como Ratones Paranoicos y Rata Blanca, británicos como Editors, estadounidenses como Ministry y medio británicos y medio estadounidenses como Algiers.

Como suele suceder en festivales, la jornada final exigió sacrificios, especialmente porque los horarios en los dos escenarios principales (no en todos) se corrieron una hora e hicieron menos efectiva la planeación previa. Una de las decisiones duras, por ejemplo, fue la de escoger entre dos joyas, Editors (en el Bio) o Ministry (en el Plaza), dos agrupaciones que tocaron al tiempo y, para quienes las escucharon, sonaron como suenan las bandas en el mejor de los festivales privados: increíble.

Tristemente para quienes llegamos sobre las 4:20 de la tarde, en el Eco no hubo ni una demorita (mal por tardíos, mal por puntuales, ¡así es esto para la organización!). A las 4 de la tarde, bajo una ducha astral, en el más coqueto de los escenarios, Algiers arrancó muy puntual su presentación. La banda estadounidense con base en Londres entregó su experimental propuesta, que se hizo imperdible en lo que entregó hacia el final de su concierto (lo que pudimos vivir ahí). Desde una increíble amalgama de voz, guitarra, bajo, máquinas y un genial baterista, conjugaron su post-punk único, atmosférico, y justificaron plenamente la lavada de la gente. Sumaron, además, a una cantante local en uno de sus temas, un “Free Palestine!” para despedirse.




V for Volume sonó duro y sentó una posición ante aquellos que nos quieren hacer sentir miedo. En el escenario Bio, la agrupación liderada por María José Camargo se plantó con su música e hizo recordar que conforma la banda sonora de Bogotá y que es indispensable. Qué fuerza y actitud dejaron sus integrantes en la tarima y en interacción con el público. Vaya recepción que tuvo Antenna, canción que conforma su nuevo álbum, Vía. Emotivo ver a Camargo navegar por entre el mar de personas que fueron a verlos; comunión, unión, música y lluvia: Rock al Parque. “Una lucecita, en medio de tanta oscuridad”, pidió la carismática cantante, con justa razón.

En el escenario Plaza, Boca de Serpiente ofreció su música como manera de conjurar la fuerte lluvia que estaba cayendo desde la tarde. El dúo conformado por Juan Carlos Marín (bajo) y Santiago Torrents (batería) se “tragó” al público con su puesta en escena y con las visuales de la pantalla de fondo. Una experiencia de inmersión que el público debía y merecía experimentar. Su nueva canción, Yo soy el abismo, efectivamente llevó a todos a contemplar ese abismo que tenemos. Bajo y batería fueron más que suficientes para tronar (y también refrescar) una vez más en el festival, como lo hicieron anteriormente en 2022 y 2024.
A las 7:30 de la noche, Ministry trajo el postapocalipsis a Bogotá. Bajo el mando del legendario Al Jourgensen, el sexteto estadounidense machacó con maquinaria pesada, metal industrial puro y duro. La primera vez en el país tenía que ser inolvidable, y de qué manera: Thieves, Rio Grande Blood, LiesLiesLies, Goddamn White Trash, Stigmata, N.W.O., Just One Fix, So What, entre otras canciones, rugieron en la voz de Jourgensen, las guitarras de Monte Pittman y César Soto, los teclados de John Bechdel, la batería de Pepe Clarke y el bajo de otra leyenda: Paul D’Amour, exmiembro de Tool. Un plus que sumó a la noche industrial, que infortunadamente se quedó corta por cuestiones de tiempo propias de un festival. Un poco más de distopía, rabia y futuro incierto no le cayeron mal a Bogotá, gracias a Ministry.
Del otro lado, en el Bio, Tom Smith de Editors le preguntaba al público congregado: “Bogotá, are we alive?”. No era misterio que la mayoría de las miles de personas presentes aguardaban para corear a Los Bunkers, pero se llevaron un tremendo regalo con este espectáculo de primer nivel y le sumaron su genuino entusiasmo. Ante la voz de Smith y la paleta sónica de este fantástico quinteto de Birmingham, Inglaterra (lea nuestra entrevista con ellos), la gente saltó y aplaudió, retroalimentando la energía de una banda que ayer tuvo su primer contacto con Latinoamérica. No lo olvidarán, porque fue especial. Las bandas británicas suelen sonar increíble, y esta no fue la excepción. Impecable es poco.

Memorable fue, de principio a fin, con la apertura, con The Racing Rats y An End Has a Start; sumando temas como Blood y el archiemocionante Munich, tumbaos de hipnótica cadencia como Sugar y sentidos estallidos como Smokers Outside the Hospital Doors. Sumaron dos temas de su nuevo trabajo, Call It In y The Rush, y cerraron con el crescendo sonoro que es Papillon. Ojalá regresen, pero no quedaron debiendo nada en esta increíble primera vez, y el que haya sido en Rock al Parque lo hace irrepetible.
Por retrasos en las presentaciones en el escenario Bio, Los Bunkers, de Chile iniciaron su presentación a las 9:30 de la noche, mientras Rata Blanca hizo lo propio en Plaza, que estaba completamente llena y cantó al unísono con Adrián Barilari todo el repertorio de la banda argentina, que, por cierto, anunció una gira por Colombia en los próximos meses. Heavy metal para el alma fue lo que obtuvo Bogotá en la noche del lunes festivo.


Por su parte, Los Bunkers, parte de una comitiva chilena nutrida y de muchos matices en el festival, otorgaron lo mejor de su repertorio en Bio. El quinteto conformado por los hermanos Francisco (guitarra y teclados) y Mauricio Durán (guitarra y coros), Álvaro López (voz y guitarra), Gonzalo López (bajo) y la poderosa Natalia Pérez (batería) tocaron, entre otras, Ven aquí, Miéntele, No me hables de sufrir, Quién fuera y El necio (estas dos últimas, originales de Silvio Rodríguez y provenientes del trabajo Música libre, producido por el mexicano Meme del Real).

Y no se guardaron nada, sumando Nada nuevo bajo el sol, Llueve sobre la ciudad (momento emotivo: comunión entre banda y público, la famosa lluvia bogotana), Bailando solo y Miño, todo acompañado por una puesta en escena llena de energía e imágenes de fondo notables que elevaron los sentidos. Carisma, talento, energía, baile, melancolía, unión; de esto es lo que siempre ha tratado Rock al Parque a lo largo de estos 30 años. Ahora, que vengan 30 más.
