“Hemos esperado 50 años para este momento, esta noche”, le dijo Bruce Dickinson, anoche, en el Vive Claro de Bogotá, al ansioso, devoto y muy efusivo público, decenas de miles de testigos de la quinta visita al país de su banda, Iron Maiden... quizá su mejor a la fecha.
La banda, para quienes no la tienen tatuada en su corazón desde que la escucharon, es la unión de la voz y entrega histriónica de Bruce Dickinson con el bajo y letras del fundador Steve Harris; sumando a Dave Murray, Adrian Smith y Janick Gers en el tridente guitarrero y a Simon Dawson en la batería. Este asumió la silla caliente que dejó Nicko McBrain en los tambores tras retirarse (linda ovación se le pudo ofrecer en 2024).



Se puede pensar que el cantante, un polifacético titán del rock, si los hay, exagera al decir que el concierto tomó 50 años. Aquí se les vio en 2024, 2011, 2009 y 2008, después de todo. Pero los hechos hablan: no solo celebraron 50 años de carrera en esta gira; decidieron enfocar su música en canciones nacidas entre 1975 y 1993, año en el que Dickinson salió de la banda. En ese orden de ideas, lanzaron una mezcla nunca antes ensamblada y sonó fantástica.
¿Exageró también Dickinson cuando le dijo a la gente que estaba provocando un temblor en todo el escenario y no se explicaba cómo esto era posible? No. En los terrenos del Vive Claro, siempre tan acuosos, las vibraciones de esta fanaticada efusiva se hicieron sentir fuertemente y agitaron la escala de Richter de la única manera bonita, en la que todos los presentes contribuyen. Por esos detalles, al final de su concierto, Bruce sancionó que, si bien México y sus paradas en Centroamérica habían sido impresionantes, el resto de Latinoamérica tendría difícil equiparar este nivel de devoción en movimiento. Se sabe que en Chile, Argentina y Brasil lo harán, pero aquí se hizo la tarea de sobra, se vivió este evento histórico con el corazón. Se dio todo ante ellos, que todo lo dieron.
Steve Harris, Dave Murray, Adrian Smith y Janick Gers, hombro a hombro, interpretaron ‘Hallowed Be Thy Name’, otro clásico de Iron Maiden que sonó fantástico en su quinto concierto en Bogotá. https://t.co/f0wz5K9jDc pic.twitter.com/GmXluJBMO9
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Para algunos costoso, para otros extraño en sus métodos, el concierto del 11 de octubre de 2026 lució casi lleno. Tembló como si lo estuviera. Resistió bien en piso, tarima y tribuna. Nada raro sería que se sumaran también las vibraciones emanadas desde Rock al Parque, a una centena de metros, que congregó, como nunca, UN LLENO EN EL PARQUE (la absurda pero cierta cifra de 290.000 personas). Esa aglomeración dio pie a zozobra, mientras que en Maiden todo fue armonía. Los pogos vieron a la gente abrazarse después. En algo, este concierto se sintió como una gigante fiesta familiar. Y claro, no faltó la gente que se apropió en su ley de Eddie y vistió su cabeza y su actitud. Sin el color de la gente, el toque no es...



Se puede discutir siempre, y se discutió cuando anunciaron las canciones de su gira, que hay canciones que Maiden ya ha tocado muchas veces acá (así de petulantes sonamos), y por eso, quizá, deberían haber sumado otras más “raras” (en mi caso, hubiera adorado escuchar No Prayer for the Dying, y cada quien inserta la que seguirá añorando). ¿Hubiera sido malo que escogieran cortes más profundos?, en absoluto. Pero estamos hablando de un concierto histórico, ayer, que sumó canciones como Run to the Hills, que a algunos aburre, pero cuyo impacto se siente de vasta manera en vivo: allá se entiende lo MUCHÍSIMO que despeluca a meideneros casuales y no casuales. Es un fenómeno. Y esto aplica también para canciones como The Trooper, en la que Eddie (la mejor mascota del rock, sin lugar a dudas) salió en su modo guerrero. Bruce también agitó la bandera de Colombia ante la euforia colectiva de un país dividido por, precisamente, cómo mira, cómo vive y cómo SUFRE la guerra.
Por primera vez sonó en Colombia la grandiosa y mística 'Seventh Son of a Seventh Son'. Anoche, muchos cumplieron su sueño en medio de una enorme efusividad. https://t.co/f0wz5K9jDc pic.twitter.com/3VXLWhONQ6
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Algunos hubieran querido más canciones del Seventh Son of a Seventh Son, pero lo que incluyeron de ese disco de 1988, el más progresivo y conceptual de sus 50 años (y favorito personal), bastó para hacer de este el mejor concierto de Maiden en Bogotá. Ya habían sonado en Colombia The Evil That Men Do (2009 y 2011) y The Clairvoyant y Can I Play with Madness (2008), pero esta vez fue el turno de dos clásicos muy esperados, jamás antes tocados en el país: Infinite Dreams y Seventh Son of a Seventh Son. A los 34 minutos de concierto, el cantante habló de cómo, posiblemente por la altura, estaba teniendo sueños... sueños infinitos. Y entonces vino la gloria de escuchar ese increíble tema.
Me trajo una memoria fresca de ese primer concierto de Maiden en Colombia, en 2008 (que, por cuenta del lado más agresivo de Bogotá, se vivió a media asta, con luces prendidas y sonido chato). Antes de que arrancara, un amigo que no quería saber nada del setlist solo le preguntó al otro amigo que lo tenía estudiado una cosa: ¿tocan Infinite Dreams? No, le respondió. Y ahora, 18 años después, sonó, desplegada gloriosamente. Pensamos que nunca sucedería. Sucedió y fue mejor de lo esperado.


Decir “mejor”, claro, es meramente subjetivo. Y si este de 2026 supera al gigante concierto de 2009 en el Parque Simón Bolívar, es por muy poco, porque ese fue el concierto que decenas de miles habíamos soñado, y un poco más.
Como en este de 2026, en 2009 sonaron Rime of the Ancient Mariner y Phantom of the Opera, canciones que son más que eso, hitos de vida para cada uno de los asistentes, obras que, al vivir en toda su inmensidad, en vivo, dejan tatuaje. A esas increíbles experiencias se sumaron anoche las bestiales composiciones de Seventh Son.
Y eso lo hace el mejor setlist... por poco... porque también volvió a dar vuelo a la adrenalina aérea llamada Aces High, que esta vez no abrió el concierto como lo hizo en 2008 y 2009, pero sí abrió el encore, que encadenó con Fear of the Dark, cantada, coreada y pogueada con profunda intensidad y una que otra bengala, y Wasted Years, que cerró la faena con su mensaje intemporal: hay que dejar de joderse mirando a lo que no fue, y hacer en el hoy. Adrian Smith la escribió, y ahí encajó uno de sus muchos supersónicos solos. Dave Murray, ídolo siempre. Janick, el animal
En ese punto, decenas de miles de personas, como este cronista, quedaron en un pico de emoción que creían dimensionar, pero no se imaginaron. Iron Maiden siempre se supera. No existe el mal concierto de Iron Maiden. Sí existen los toques supremos. Este lo fue.

La performance de Dickinson en canto, en vestuario, en histrionismo, fue impresionante, y sumar al gigantón Eddie en escena, recibiendo el matoneo de Bruce y el baile de Janick, siempre nos recuerda que Maiden se toma en serio, pero no tanto. Toca y se entrega muy en serio, pero suma agradecido humor y algo de espíritu bufón a la experiencia.

Visualmente, esta vez no usaron telones como en la gira que los vio venir al Campín en noviembre de 2024. En el Vive Claro, Maiden apeló a un telón digital de fondo que marcó el tono de las fases, con esos increíbles Eddies de Derek Riggs como protagonistas. Son tan Maiden como la música estas ilustraciones del inigualable personaje, especialmente en ese lapso esencial entre 1975 y 1993. En la atmosférica y fundamental Rime of the Ancient Mariner, sin Eddie, se ofreció más un ambiente, la marea fantasmagórica del barco que se hundirá por cuenta de la mierda de pájaro. Dickinson, un tipo ilustrado, mencionó nuestro cóndor, para lanzar luego su relato de marinero viejo...
Otro punto altísimo del quinto concierto de Iron Maiden en Bogotá fue la grandiosa 'Rime of the Ancient Mariner'. https://t.co/f0wz5K8LNE pic.twitter.com/9WZamyjGIH
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Y sí quedaba la duda de, sin Nicko McBrain en la batería de Maiden en vivo, ¿cómo le iría a Simon Dawson? Quizá la canción que más sufrió fue la primera, Murders in the Rue Morgue, que Clive Burr compuso y tocó en un golpe de genialidad eterno. En el resto del concierto, Dawson mantuvo la enorme exigencia que exige esa silla. No tiene el swing de Nicko, y nadie tendrá la actitud de McBrain, pero Dawson tiene su propia manera y mantiene vibrando estos enormes clásicos.
Al golpe de las 7:00 p. m. abrió la noche la banda The Raven Age, integrada por George Harris, uno de los hijos de Steve Harris (bajista y fundador de esta banda y este circo itinerante hermoso llamado Iron Maiden). Ya se le había escuchado a Lauren Harris abriendo a Maiden en Colombia, así que el síndrome nepo baby ya había sido entendido y abrazado antes, pero esta vez fue el turno de George, y no estuvo por debajo. Se justificó con su banda, con su metal alternativo de varios matices y solos de guitarra geniales, que en algunos timbres hicieron recordar a John Petrucci, de Dream Theater.



Hay cosas imposibles en la vida. Ver demasiadas veces a Iron Maiden es una de ellas. Esta banda siempre encuentra la manera de sorprender, sacando a mover lo que agita a millones, pero también seleccionando lo que emociona a los gustos del nicho individual.
Anoche, el concierto se sintió como un homenaje de ellos a la gente, lleno de momentos épicos (tanto que tocó medirse, para no desmayarse), y a la vez muy retribuido por el público. Larga vida a Maiden. Ojalá no sea su última vez en la ciudad. Si lo fue, se agradece a Move Concerts por haberla(s) hecho posible. Si lo fue, no se podían haber despedido en una nota más alta.
