Hacia el final de los 80 minutos de intensidad infecciosa y abrasiva que ofreció KNEECAP en su primera visita al país, DJ Próvai se libró a la gente, que lo arrastró por el aire en procesión de brazos bogotanos y extranjeros, gomelos y no.
Luego de un concierto de altísimo desfogue, este cronista grababa al integrante de KNEECAP (con su pasamontañas con la bandera irlandesa), navegando el piso atestado de The Bonfire. Pero dio un giro repentino y se hizo necesario dejar de pensar en el celular y en la maleta entre los pies. DJ Próvaí llegó donde estaba este cronista y se hizo necesario meter mano para mantenerlo en su vuelo (lejos del duro piso). Todos esos esfuerzos juntos lo elevaron y lo llevaron de vuelta a la tarima.

Sin mucho exagerar, la gente unida para mantenerlo a flote ofrece una metáfora de la unión popular que agitó este concierto, que además se nutrió del contexto. Para nadie es ajeno el momento que vive Colombia, con un ataque cultural directo y una censura dolorosa que poco sorprende (pero no por eso deja de aterrar): el fenómeno ya se había visto en Estados Unidos, Brasil... y Argentina... y Alemania. Nada se están inventando aquí.
Para nadie en ese espacio anoche era ajeno el momento que vive el mundo. KNEECAP siempre ha mostrado solidaridad con el pueblo palestino y siempre ha expresado su deseo de que los británicos vuelvan a su isla para que Irlanda vuelva a ser una (por eso, como lo dicen, saben de ocupación). Y se entiende por qué el Gobierno británico juzgó (infructuosamente) a uno de sus integrantes, Mo Chara, por incitación al terrorismo. Incómodos son, porque son así de buenos y punzantes.
Anoche, en The Bonfire de Bogotá, el trío KNEECAP dejó una noche electrizante, contestataria y memorable de hip hop en gaélico irlandés, en la que, en su momento, se entregó de cuerpo al público. Puede leer la crónica de Arcadia en https://t.co/f0wz5K8LNE pic.twitter.com/jGdvJSM23r
— Revista Semana (@RevistaSemana) October 18, 2026
La fiesta y la política pueden ir de la mano, nos dijo en entrevista previa a este concierto Móglaí Bap, y cuando se entrega de esta manera no queda la menor duda. En la misma línea, pero en tonos muy distintos, Massive Attack dejó abrumada a Colombia en noviembre de 2025; esa no fue fiesta, más bien una experiencia artística profunda, dura.
Aquí, en su propio código, con sus propias reglas, en un idioma que exaltan y usan para mantenerlo vivo y andando ante los intentos coloniales por eliminarlo, lo que conjuran estos tres nativos de Belfast es una “salvajada” sonora indetenible. Desde fuera se puede pensar que “solo fueron 80 minutos”, pero el análisis cuantitativo no aplica. Fueron 80 minutos ALTAMENTE condensados, en los que si bien hubo unas dos o tres pausas en los que Mo Chara, Móglaí Bap y DJ Provaí hablaron al público, no se sintieron. Este concierto se sintió imparable. Tocaron muchísimo de Fenian, su segundo LP; de Fine Art, su primero; y sumaron extras. No hubo mal momento. No hubo punto bajo.

La noche abrió con el hip hop del paisa Komba, que dejó buenas impresiones. Con sus pulsaciones y rimas activó las vibras mientras el lugar se llenaba. Su entrega fue de 8:30 a 9 de la noche, y no se ahorró cumplidos para la respuesta de la gente.
A las 9:45 sonó la canción Favourite, de Fontaines D.C., y por la naturaleza dublinesa de esa banda se sabía que el concierto era inevitable. Después de todo, KNEECAP grabó Better Way to Live con Grian Chatten, el cantante de la agrupación que acaba de sacar un gran disco y viene al Estéreo Picnic 2027...
En The Bonfire, KNEECAP entregó esa gran canción (con la pista de Chatten y su imagen en pantallas) y como 20 canciones más, acompañadas de visuales excelentes, en un asalto que difícilmente se puede encasillar como “un concierto de hip hop”. Fue una avalancha fiestera contestataria, hip hopero-electrónica en gaélico irlandés, en el tempo que permite derrumbar imperios.
En tiempo real se sintió como un voltaje de resistencia se hizo experiencia colectiva. En el sonido, proyectaron los Beats geniales de sus canciones, que se alimentan de lo mejor de la electrónica de esas partes del mundo. En sus matices, navegan big beat, techno, eurodance, jungle, drum and bass, y más ondas, retumbando en los pechos; y sus voces, alternándose brillantemente, como los pies de Muhammad Ali, marcan una descarga de pulsión única.
Y no faltaron arengas contra la intrusión de Trump y de Netanyahu en este continente, y su nefasta influencia en el resto del planeta. Claro que no.


Había que estar ahí. Porque lo imaginábamos, lo habíamos previsto al escuchar sus discos y ver en vivos de YouTube, pero dimensionarlos en el espacio fue otra cosa. No sabemos si volverán, ojalá lo hagan. Seguramente en puro voz a voz podrían llegar miles más, porque fue legendario pero en el denso panorama del arte amenazado en Colombia, este concierto sirvió como una agradecida catarsis.
Colombia no tomó bien el chiste sobre la cocaína que lanzó Mo Chara, asegurando que como fan de la sustancia le fascinaba estar acá, añadiendo que el café también le gustaba, así que no descartaba tomarse “un cafecito con crema” (un half n’ half, que llaman en inglés). Hay que reírse de este asunto, sobre todo porque, sin querer queriendo, pone sobre el tapete la experticia del poder de turno. ¿Peor eso que ver no sé cuántas temporadas de Narcos? No lo creemos, pero cada quién medirá con su vara, como bien indican las libertades individuales que vuelven a estar amenazadas.
Páramo x2: Los Fabulosos Cadillacs
El día mismo en el que frente al Museo Nacional una marcha pacífica con juventud y niños a bordo, en defensa del arte y la memoria de un país construida desde hace décadas por gobiernos de derecha e izquierda, terminó en represión, KNEECAP encendió Chapinero, Los Fabulosos Cadillacs hicieron lo mismo en la carpa del Vive Claro y El Kalvo se entregaba a Bogotá en el Jorge Eliécer Gaitán. Y en todos los eventos se coreó lo que viene coreando la gente en los recitales musicales (que se permiten ser políticos, porque todo lo es), sin importar si son públicos o privados. Es decir, sucede todo lo contrario a lo que esta semana postuló James Hetfield, de Neutrallica, desde su absurdo privilegio: que el concierto es un espacio por fuera del mundo, donde se va a olvidar todo. Hay momentos para eso. Este no es uno.
(Vale anotar que los que sí están a la altura del momento son las directivas de museos del país, que en carta abierta a la ministra de las Culturas, pidieron respeto por el valor de los museos, de los objetos y obras que atesoran, de sus curadurías).
Con los pies y el corazón en la carpa del Vive Claro (estaba pactado para el Estadio de Techo en principio, pero se movió), nuestro colega Cristian Leguizamón, videógrafo, bajista y vocalista de Los Rabones, compartió sus impresiones de esta, la quinta vez que vio en vivo a los Cadillacs, una banda que lo marca desde 1993.
Destacó que, a sus integrantes esenciales, la banda suma ahora a los hijos de Flavio Cianciarulo y de Vicentico, y desde lo que entregan se justifican plenamente. En la noche de cumpleaños del tecladista Mario Siperman, todo fue fiesta. “Hace mucho tiempo no los veía y creo que hoy disfruté más este concierto que el del Cosquín Rock”, sentencia. “La gente cantó de comienzo a fin todas las canciones. Fue un concierto de fans, absolutamente”, aseguró.
Por último, vale anotar que la banda detuvo su concierto al ver que se había encendido una bengala en ese espacio cerrado. Las cicatrices del la catástrofe del bar porteño de Cromañón, que por unas bengalas desató un fuego terrible que le costó la vida a 194 personas y dejó casi 1500 heridas no deben sanar nunca, y deben seguir siendo una lección dolorosa allá y acá...
