El incremento del 23,7 % del salario mínimo en Colombia reconfiguró el debate laboral y económico del país. Aunque el ajuste beneficia a millones de trabajadores formales, los efectos reales están lejos de ser homogéneos.
Mientras las empresas anuncian cautela para 2026, contratistas y freelancers enfrentan un aumento de costos sin un ingreso que crezca al mismo ritmo.
La Guía Salarial 2026 de Michael Page revela que solo el 4 % de las empresas prevé aumentos salariales superiores al 10 % este año para sus empleados que devengan más que la remuneración mínima y hay un 7 % que aseguró que no realizará aumentos, pese al fuerte incremento del mínimo.
Si bien el 55 % planea algún ajuste, la mayoría será moderado y una tercera parte de las compañías aún evalúa si podrá hacerlo, reflejando un entorno de presión, sobrecostos y prudencia presupuestal.

El estudio advierte que el salario, por sí solo, ya no garantiza atracción ni retención de talento. Beneficios diferenciados, esquemas flexibles y desarrollo profesional pesan cada vez más.
Aun así, persiste una brecha entre la percepción empresarial y la experiencia de los trabajadores: solo el 7 % de las mujeres se declara muy satisfecha con su remuneración, una señal de que la competitividad salarial no siempre se traduce en bienestar percibido.
Pero hay un grupo para el que el aumento del mínimo no trae alivio: los contratistas y los freelancers —una porción creciente de la fuerza laboral—, quienes ven cómo sus gastos se ajustan al alza sin que sus ingresos lo hagan por decreto.
Arriendos, servicios, tarifas y, sobre todo, aportes a salud y pensión, que son pagados directamente por los trabajadores independientes, presionan su flujo de caja y reducen su poder adquisitivo.

Edwin Sierra, docente del Colegio Administrativo y de Ciencias Económicas de Unicoc, advierte que cuando el salario mínimo crece muy por encima de la inflación esperada y la productividad, el impacto puede ser contraproducente para el trabajador independiente.
En una economía altamente indexada, “lo que sube por decreto termina subiendo otra vez por contrato”, generando un efecto en cadena sobre precios básicos y erosionando márgenes.
“El resultado es que la gente paga más por lo básico, mientras los independientes pierden margen y poder adquisitivo”, enfatiza Sierra.
Este contexto también incide en el crédito, la inversión y el consumo. El encarecimiento generalizado de costos suele endurecer la política monetaria para contener la inflación, una tarea que recae en el Banco de la República, con efectos colaterales sobre el acceso al financiamiento.
Esta situación lleva a muchos contratistas y freelancers a preguntarse si deben ajustar sus tarifas al mismo ritmo del salario mínimo.
La respuesta del profesor de Unicoc es que el ajuste se debe hacer de tal manera que no se pierda competitividad: “Para eso se necesita planear muy bien, tener una comunicación clara con los clientes y preparar esquemas de incremento gradual”, insiste.

También recomienda revisar contratos que estén indexados al salario mínimo, construir presupuestos por escenarios, crear fondos de emergencia y diversificar la forma de ofrecer servicios, priorizando el valor agregado sobre la competencia únicamente por precio.
