La Copa Mundial de Fútbol de 2026 no solo será la más grande jamás organizada por la FIFA. También podría convertirse en el torneo con mayor impacto ambiental en la historia del fútbol debido al enorme volumen de vuelos, consumo energético, desplazamientos terrestres y emisiones contaminantes que generará durante más de un mes de competencia.

La advertencia fue expuesta por la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), que proyecta que el campeonato organizado entre Estados Unidos, Canadá y México produciría al menos 9 millones de toneladas de dióxido de carbono, mientras algunas estimaciones elevan la cifra a cerca de 15 millones de toneladas solo por transporte aéreo.
El Mundial tendrá dimensiones inéditas: participarán 48 selecciones, se disputarán 104 partidos durante 33 días, habrá 16 sedes distribuidas en tres países y los encuentros estarán repartidos en cuatro zonas horarias diferentes. Además, la FIFA prevé una asistencia récord cercana a 5,5 millones de aficionados.
La logística aérea aparece como uno de los mayores factores de contaminación. Las distancias entre sedes obligarán a selecciones, cuerpos técnicos, periodistas, árbitros y aficionados a depender casi exclusivamente de vuelos constantes a lo largo del continente.
Una selección podría iniciar el torneo en Toronto, viajar luego más de 3.500 kilómetros hasta Los Ángeles, desplazarse posteriormente a Seattle y terminar jugando en Boston, acumulando recorridos superiores a los 4.000 kilómetros solo en fases eliminatorias. Entre algunas sedes habrá trayectos aéreos de hasta seis horas, como el recorrido entre San Francisco y Boston.

El impacto ambiental del fútbol ya venía creciendo durante las últimas décadas. Alemania 2006 produjo alrededor de 250.000 toneladas de emisiones; Sudáfrica 2010 alcanzó 1,65 millones de toneladas, mientras en Brasil 2014 los viajes de aficionados y equipos representaron el 83% de las emisiones totales. En Rusia 2018 esa proporción llegó al 74%.

Además del impacto climático, el torneo enfrentará fuertes desafíos relacionados con calor extremo y estrés térmico. El campeonato se jugará entre junio y julio, meses donde varias ciudades norteamericanas registran temperaturas elevadas y altos niveles de humedad.
De las 16 sedes, al menos 10 presentan riesgo muy alto de experimentar condiciones climáticas extremas para deportistas y aficionados. Houston, Arlington y Monterrey aparecen entre las ciudades más críticas, con temperaturas que podrían superar límites considerados seguros para competencias de alto rendimiento.
Las condiciones climáticas también incrementarían el consumo energético de estadios y centros logísticos debido al uso intensivo de sistemas de refrigeración, climatización y ventilación, aumentando aún más la huella ambiental del torneo.

Aunque la FIFA prometió durante la COP26 reducir en 50% sus emisiones de gases de efecto invernadero para 2030 y alcanzar emisiones netas cero en 2040, los avances siguen siendo limitados. Según la investigación, de las 18 acciones climáticas planteadas por la organización, hasta ahora solo se habrían concretado dos.
El debate refleja cómo los grandes eventos deportivos empiezan a enfrentar crecientes cuestionamientos relacionados con sostenibilidad, consumo energético y responsabilidad climática, en un momento donde el deporte más popular del planeta también empieza a sentir los efectos del calentamiento global.
