En el vallenato hay conocimientos que durante generaciones han pasado de maestro a aprendiz, de escenario en escenario y, muchas veces, sin un título que los certifique. La Fundación Cocha Molina busca cambiar esa realidad. Su primera promoción de 25 Técnicos Instrumentistas culminó su proceso de 700 horas de formación en teoría musical, solfeo, entrenamiento auditivo, armonía básica y acordeón diatónico.
La ceremonia de graduación reunió a músicos de distintas generaciones y trayectorias. Entre ellos estuvieron figuras como Gonzalo Arturo ‘Cocha’ Molina, Hugo Carlos Granados, Chemita Ramos, Saúl Lallemand, José Juan Camilo Guerra ‘Morocho’ y el legendario percusionista Augusto Guerra, ‘Guerrita’.
El significado de este momento va más allá de recibir un diploma. Para quienes durante décadas construyeron su carrera desde la práctica, representa convertir ese conocimiento y esa experiencia en una certificación con valor académico.
“Certificar es dignificar, es decirle al músico que su trabajo tiene un valor social, que genera empleo, turismo, ingresos para la región”, asegura Julieth Peraza, directora ejecutiva de la Fundación Cocha Molina, quien define esta primera graduación como la materialización de una apuesta por reconocer el saber cultural como una competencia.
La apuesta parte de una premisa: el conocimiento adquirido durante décadas de práctica también es saber y puede abrir nuevas oportunidades cuando se reconoce y se formaliza. Por eso, el proceso no se limitó a las competencias instrumentales. Los estudiantes también recibieron formación en manejo de emociones, educación financiera, producción musical y actualización profesional.
Para el propio ‘Cocha’ Molina, graduarse junto a sus colegas significó reconocer una trayectoria y, al mismo tiempo, asumir el compromiso de compartir ese conocimiento: “Representa el reconocimiento de una trayectoria de muchos años y poder compartir nuestros conocimientos a otros, porque la música es generadora de desarrollo y crecimiento no solo para los músicos, sus familias y el país, es dignificar nuestros saberes”.
Una puerta hacia la educación superior
La primera promoción no es el punto final. La Fundación proyecta que 50 músicos puedan recibir este reconocimiento académico y trabaja, además, en una ruta para que quienes obtuvieron el título técnico tengan la posibilidad de continuar su formación profesional.
En ese camino aparece la Universidad Popular del Cesar (UPC), institución con la que ya se trabaja en una ruta de homologación y transición hacia el programa universitario de música. La posibilidad es que los Técnicos Instrumentistas puedan continuar sus estudios en la Facultad de Bellas Artes mediante un proceso de reconocimiento de saberes.
Para Ana Milena Maya, rectora de la UPC, el propósito no es volver a enseñar a estos músicos lo que ya dominan, sino reconocer formalmente sus competencias: “La academia no llegó a enseñarles a tocar, llegó a enseñarles a hacer algo distinto y es reconocer sus competencias y ponerle el nombre técnico que respaldará con un documento que tiene valor ante el Estado”, dice.
La universidad plantea la posibilidad de que los Técnicos Instrumentistas puedan continuar sus estudios en la Facultad de Bellas Artes, mediante un proceso de reconocimiento de saberes.

El impacto de esta iniciativa también se refleja en las historias de quienes recibieron el título. Luis Ángel Mejía, músico de la agrupación de Poncho Zuleta, reconoce que culminar los estudios implicó enfrentarse a sus propios límites: “Por momentos pensé que no lo podía lograr, pero decidí arriesgarme y perseguir mis sueños. La música me abrió las puertas y ahora, con este reconocimiento, tengo la certeza de que los sueños, cuando se alcanzan con pasión, disciplina y perseverancia, sí se logran”.
Esa idea de perseverar frente a las dificultades también está presente en la historia de Augusto Guerra, ‘Guerrita’. Después de más de cinco décadas dedicado a la percusión vallenata, recibir el título adquiere un significado especial: personal y profesional. “Con este logro la vida nos está demostrando que sí se puede, nunca es tarde para estudiar, para lograr los sueños, mientras haya vida hay sueños”.
Para el músico, además, la música ha sido una forma de sobreponerse a las dificultades y seguir adelante: “La vida no es sencilla, momentos difíciles, pero siempre hay oportunidades para volver a empezar y con una canción se puede alegrar corazones y salir adelante con dignidad”.
El alcance de esta iniciativa también fue destacado por el Gobierno nacional a través de Ana María Abello, viceministra de las Artes y la Economía Cultural y Creativa, quien calificó la graduación como un hecho histórico: “Lo que sucede con esta graduación es histórico, el reconocimiento a 25 músicos, muchos de ellos con conocimientos empíricos que le han entregado su vida al arte y a la música y que con este diploma reciben un instrumento que le pone valor a su trabajo y que dignifica el quehacer artista para impulsar el sueño y las metas de quienes lo practican”.
Así, la primera promoción de la Fundación Cocha Molina representa un punto de partida: 25 músicos que convierten su experiencia en una certificación, una segunda cohorte en camino y una posible ruta hacia la educación universitaria.
Salvaguardar la Parranda como patrimonio
La apuesta de la Fundación Cocha Molina no termina en la profesionalización de los músicos. En ese mismo escenario, la organización hizo un llamado al Ministerio de las Culturas para iniciar un proceso colectivo que permita reconocer y salvaguardar la Parranda Vallenata como patrimonio cultural con acompañamiento técnico y financiero para investigarla, documentarla y garantizar la participación de las comunidades.
“La parranda vallenata es mucho más que una fiesta y es nuestro núcleo socio-cultural, es nuestra forma de comunicación original. En su momento fue incluso, el primer escenario en donde un compositor daba a conocer su obra, de ahí su importancia”, destaca Peraza.
La propuesta contempla avanzar en investigación y documentación, pero también involucrar a las comunidades para que sean parte de un eventual proceso de reconocimiento oficial.
El propósito, en últimas, es que los conocimientos de los maestros no se queden únicamente en los escenarios ni en la memoria de quienes los aprendieron, “sino que encuentren nuevas formas de transmitirse y sigan convocando a las próximas generaciones alrededor de la música, la identidad y la cultura vallenata”, reitera Peraza.