Liza se define como la primera nepo baby y eso nadie se lo discutiría a la hija de Vincente Minnelli, “uno de los grandes directores de cine de todos los tiempos”, y Judy Garland, “una de las artistas más destacadas del siglo XX”, como ella misma los evoca. Muchos sacaron provecho contando sus vidas a su antojo, se queja, y ellos no pudieron aclarar las mentiras que se dijeron. “Ahora lo hago yo”, declaró, al explicar la razón de estas memorias.
En Kids, Wait Till You Hear This! My Memoir as Told to Michael Feinstein (¡Niños, esperen a oír esto! Mis memorias contadas a Michael Feinstein), recuerda que creció en un Hollywood que era más una colectividad unida que el centro global de medios de hoy. Sus compañeros de juegos podían ser los hijos de Fred Astaire, Bing Crosby e Ira Gershwin, su padrino, en cuya canción Liza se inspiró su madre para llamarla.
Hubo días felices con sus amigas Candice Bergen y Mia Farrow, en su casa arriba de Sunset Boulevard, pero también tristes, como cuando la esposa de Crosby bebió hasta morir. Al lado vivían Humphrey Bogart, para ella solo ‘Bogie’, que adoraba a sus padres. En 1957 los devastó su deceso a causa de un cáncer. “Nuestra comunidad tenía su cuota de muertes trágicas, alcoholismo, uso de drogas, infidelidades, matrimonios rotos, suicidios y otros desastres”, relató.

A Judy Garland, una megaestrella desde que protagonizó El mago de Oz, Minnelli la reivindica, pues fue tildada de mala madre por vivir solo para el alcohol y las píldoras. “Mi mamá me quiso apasionadamente (…) Amaba a papá cuando se casó con él. Pero ellos aprendieron a no gustarse”.
Liza y sus hermanos, Lorna y Joey, lidiaron con la complejidad de su madre. Una vez trató de suicidarse con una rasuradora y los médicos la salvaron. “Al día siguiente, mamá estaba de muy buen humor. A pesar de las vendas, engulló un desayuno de granjero, preguntó a los gritos por qué siempre estaba luchando con la depresión, para después iluminar al mundo como si nada”.

Garland se llevaba a sus hijos de gira o a los rodajes por el mundo, así que Liza pasó por unos 22 colegios. A los 13, era para su madre la enfermera que le daba las pastillas para que funcionara. “Perdí el número de veces que escapamos de hoteles porque mamá no tenía para las facturas. Ella se inventaba un juego: ponernos todas las capas de ropa que pudiéramos y salir del lugar muertos de la risa”. En 1969, Judy fue hallada muerta en su habitación en Londres. Liza lloró una semana y un doctor le prescribió Valium. Ahí comenzaron sus adicciones.
Por los días en que se revelaba como actriz en Broadway, se casó en 1967 con el cantante Peter Allen. Era el amor de su vida, sin embargo, una tarde lo encontró teniendo sexo con otro hombre en su cama. Él le dijo que la amaba pero que era gay y siguieron juntos hasta 1974. Allen murió de sida en 1992.

De los años setenta, cuenta cómo obtuvo el papel de Sally Bowles en Cabaret, que la hizo un ícono del cine. Desde que vio la obra en Broadway quiso estelarizarla en cine y, en 1971, invitó al productor Cy Feuer a su recital en París. Astutamente usó un look de los años treinta, época del argumento, que Sally usaría. Feuer flipó y le dio el rol.
Liza habla de sus otros tres esposos, Jack Haley Jr., Mark Gero y David Gest, lo mismo que de sus infidelidades. Tras ganar el Óscar por Cabaret en 1973, estalló el romance con Peter Sellers y anunciaron su compromiso. El problema era que ella también le había prometido matrimonio a Desi Arnaz Jr., hijo de Lucille Ball, y seguía casada con Allen. “Si esto los confunde, imagínense cómo carajos me sentía yo”, remató. Con Sellers terminó por “su rabiosa esquizofrenia”. “Él me regañaba y me matoneaba haciendo las voces de diversos personajes”.

Si en la filmación de Cabaret se hizo amante del director Bob Fosse, lo mismo pasó en el de New York, New York, su otro gran filme. Allí engañó a Haley con el “diabólicamente guapo” Martin Scorsese. “Marty y yo no teníamos suficiente el uno del otro, y fue el secreto peor guardado del set. Mientras rodábamos, él se volvió un fuerte consumidor de cocaína, en el estudio, entre las escenas y en la noche. Yo siempre estaba a su lado, línea por línea”, confesó.

Las memorias develan su muy reservada amistad con Lady Di, pues entre ambas protegían fieramente su privacidad. Se conocieron en estrenos y fiestas de caridad. A menudo se veían para el té o la princesa la visitaba en su hotel. Ella le confiaba las presiones en su matrimonio con Carlos o el asedio de la prensa. Su instinto era protegerla.
Las adicciones la pusieron varias veces al límite. Por el abuso del OxyContin, en el año 2000 se le inflamó el cerebro y casi muere. A los tres años, se le escapó a su equipo a punto de viajar y se fue a beber a un bar de Manhattan. “Al rato estaba dando tumbos en la calle (…) Colapsé, caí en el andén, casi comatosa, mientras cientos me rodeaban”. Tras ser rescatada, se miró largamente al espejo y “me sentí avergonzada como nunca en mi vida”.

Un pasaje explosivo es lo que vivió con Lady Gaga al presentar juntas el Óscar a mejor película en 2022, cuando Minnelli fue invitada por los 50 años de Cabaret. Sus problemas de movilidad la obligaban a presentarse en una silla de director, pero minutos antes de la aparición le dijeron que debía hacerlo en silla de ruedas por su edad, lo que la ofendió. Si no, la sacarían del show.
“Lady Gaga, de quien fui mentora y cuyos talentos he admirado, insistió en que no iría al escenario conmigo, a menos que yo lo hiciera en silla de ruedas”. Gaga hasta insinuó si no sería mejor que se fuera a casa y le hizo una prueba de memoria. Ya ante el auditorio, quedó más baja que en los ensayos y no podía leer bien el teleprónter. Al tropezar con algunas palabras, Gaga le dijo: “Te tengo”, le tomó la mano y se inclinó hacia ella. La prensa alabó el gesto “a mis expensas”, como dice Liza, para quien todo fue un sabotaje de su colega. “Me hirió mucho esa mujer. Stefani Germanotta, quien creó la fantasía de Lady Gaga, se convirtió esa noche en alguien que yo no conocía”, concluyó.
