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El movimiento QAnon nació en 2017 de la mano de ultraderechistas seguidores de Trump. Aseguran que los Clinton, los Obama, los Rothschild y otros políticos demócratas y progresistas forman parte de una sociedad secreta de pedofilia y satanismo.

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Armados y conspiranoicos: así son los QAnon, la peligrosa secta de fanáticos de Trump

El movimiento conspiracionista, que ya tiene millones de seguidores y está en la mira del FBI, se ha convertido en una amenaza para la democracia. Con sus teorías delirantes, podrían desconocer una eventual derrota de Trump, lo que sumiría al país en el caos.

Bajo las gorras rojas de ‘Make America Great Again’ y las camisetas estampadas con escudos confederados aparecen, en su mayoría, mujeres y hombres blancos. Muchos portan armas, y no tienen problema en desenfundarlas y agitarlas furiosamente en todas las direcciones. Son miles y, a pesar de que la pandemia acecha, no usan tapabocas. No creen en el virus.

Blanden banderas con una Q gigante, la letra con la que se refieren en clave a su profeta, un misterioso emisario infiltrado en el Gobierno que, según cuentan estos fanáticos, habría descubierto una red internacional que busca imponer un nuevo orden mundial. La multitud amenaza a gritos a quienes descreen de la supuesta conjura. Y están convencidos de que solo los puede salvar su mesías, Donald Trump, quien lucha como un héroe para evitar que la supuesta élite domine al mundo.

El movimiento QAnon, como lo llaman, nació en 2017 de la mano de ultraderechistas seguidores del magnate, y desde aquel momento ha creado pretextos traídos de los cabellos para justificar las provocaciones y disparates de Trump y atacar a su contraparte demócrata. Aseguran que los Clinton, los Obama, los Rothschild y otros políticos demócratas y progresistas forman parte de una sociedad secreta de pedofilia y satanismo. Surgió a partir del escándalo conocido como el Pizzagate, una rocambolesca teoría que apareció en plena campaña electoral en 2016 según la cual Hillary Clinton tenía en el sótano de una pizzería en Washington un lugar para violar y asesinar niños. El asunto se vino abajo cuando un hombre entró armado al restaurante para rescatar a los pequeños, solo para descubrir, después de hacer varios disparos, que el local ni siquiera tenía sótano.

QAnon cobró fuerza con la pandemia al absorber teorías sobre la génesis del coronavirus en las redes 5G, o al negar sin vergüenza el fenómeno. Luego, el estallido social no hizo más que alimentar el número de seguidores. Es más, el FBI lo ha definido como una “potencial amenaza de terrorismo interno”.

QAnon es heredero del escándalo conocido como el Pizzagate, una rocambolesca teoría surgida en plena campaña electoral en 2016 según la cual Hillary Clinton tenía en el sótano de una pizzería en Washington un lugar para violar y asesinar niños.

Las redes sociales no saben qué hacer para mantener a raya a los QAnon. Hace poco, Facebook e Instagram retiraron cientos de cuentas de QAnon, al igual que de su aliado, el grupo de extrema derecha Patriot Prayer, promotor de la violencia contra las manifestaciones antirracistas. En un comunicado de prensa, Facebook manifestó cómo ha visto “crecer movimientos que, incluso si no organizan directamente la violencia, celebran actos violentos, muestran que tienen armas y sugieren que las van a usar, o tienen seguidores susceptibles a comportamientos violentos”. Cuando bloquean una cuenta de QAnon, aparecen dos más.

Los seguidores de la ‘teoría Q’ no se esconden. Aparecen con su insignia entre el público de Trump en sus mítines, e incluso algunos de sus militantes tienen serias aspiraciones. Es el caso de la republicana Marjorie Taylor Greene, quien ganó cómodamente las primarias republicanas en Georgia y está a un paso de llegar a la Cámara de Representantes. La candidata, convencida de que el agente Q existe, ha declarado que “hay una invasión islámica en nuestro Gobierno”, refiriéndose a Ilhan Omar y Rashida Tlaib, las dos musulmanas que están en la Cámara desde 2018. También ha dicho que el magnate húngaro George Soros, de origen judío, es en realidad un colaborador que “entregó su propia gente a los nazis”. Y llama a los blancos “el grupo de personas más maltratado en Estados Unidos”. El presidente considera a Greene una “futura estrella republicana”.

Trump ha sacado provecho de este fanatismo. Mientras el desplome de la economía, su cuestionable manejo de la pandemia y las protestas les dan la razón a sus detractores, ha optado por alimentar la credulidad de los seguidores de QAnon, a quienes se dirige con palabras amables: “Están ganando popularidad… y les agrado mucho”.

Una semana después de recibir la nominación republicana en la Casa Blanca, aseguró en una entrevista en Fox News que un avión cargado de agitadores había llegado para interrumpir su convención. “El avión estaba casi completamente cargado de matones con uniformes negros”, dijo el mandatario. Algunos se percataron de que este cuento guardaba grandes similitudes con una teoría conspirativa que circula en las redes de los QAnon, que también habla sobre provocadores aerotransportados de izquierda. En la misma entrevista para Fox, Trump aseveró que Joe Biden, su rival demócrata, es una marioneta controlada por “gente de la que nunca se ha oído hablar, gente que está en las sombras tenebrosas”. “Suena como una teoría conspirativa”, le replicó la entrevistadora de Fox, Laura Ingraham. “Son personas de las que no has oído hablar”, contestó el magnate.

El universo Q no tiene límites, y acoge cualquier elucubración fantasiosa que alimente a los supremacistas. Como le explicó a SEMANA Danny Rogers, cofundador de Global Disinformation Index, “si bien el grupo fue creado deliberadamente por una persona o un pequeño grupo, ha llegado al punto en que QAnon es más un culto ‘online’ de teorías conspirativas que cobran vida propia, y no tanto una estrategia deliberada de desinformación”.

Es probable que Trump impugne cualquier resultado adverso en las elecciones, lo que daría pie a que los Q denuncien un supuesto fraude y justifiquen un boicot sin precedentes.

QAnon es una auténtica bomba de tiempo. En un ambiente tan explosivo, no resulta extraño que sus seguidores justifiquen la campaña de Trump contra el voto por correo. Casi a diario, el republicano clama que la decisión de generalizar esa manera de sufragar debido a la pandemia no es más que una táctica para “amañar” las elecciones en su contra, a pesar de que este mecanismo ha servido por décadas como una alternativa fiable para los votantes.

En esas condiciones, es claro que Trump impugnará cualquier resultado adverso. Los analistas ya prevén que esto dará pie a que, en ese caso, los Q denuncien un supuesto fraude y justifiquen un boicot sin precedentes. Como apunta Rogers, “los seguidores de QAnon se han disociado por completo de la realidad. Esto los prepara para creer en cualquier narrativa que se ajuste a su cosmovisión deformada. Si Trump no gana, los seguidores lanzarán todo tipo de narrativas conspirativas, desprovistas de cualquier base fáctica, para culpar de la derrota a sus enemigos percibidos, cuestionar el resultado e incluso cometer actos de violencia”.

Lo que es peor, en poco tiempo QAnon ha extendido su influencia al resto del mundo. Se ha hecho presente en las recientes manifestaciones contra las medidas sanitarias en Alemania, Londres y París, en las que algunos blandieron eslóganes QAnon. Como lo señala un informe de la organización NewsGuard, “la pandemia sirvió de catalizador” para que el fenómeno llegara a Europa. Se calcula que QAnon tendría al menos 500.000 seguidores en el Viejo Continente.

También ha llegado a Colombia. Alguien que se identifica con el seudónimo Hbrando Mateo Prieto, supuesto fundador de un grupo QAnon en Colombia, afirma que “George Soros está metido en Colombia patrocinando a Claudia López, Daniel Quintero y el Grupo Aval”. Vaticina que, “si ganan los globalistas, Estados Unidos quedará bajo el dominio de China, y después seguirán cayendo los demás países”.

En todo caso, el grupo QAnon es un signo de los tiempos, cuando un presidente provocador y racista a todas luces puede captar por las redes sociales a una masa fanática y desinformada. Y entre tanto, como ha sido regla en la era Trump, crecen las amenazas contra la democracia.