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“Quisiéramos salir a gritar libertad y no podemos”: una venezolana cuenta cómo se vivió la caída de Nicolás Maduro desde Caracas

La mujer cuenta que después del suceso, los oídos le ardían y el cuerpo no lograba relajarse.

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6 de enero de 2026, 10:44 a. m.
El testimonio de Jeris Piña representa lo que vivieron y sintieron los venezolanos tras la captura de Maduro.
El testimonio de Jeris Piña representa lo que vivieron y sintieron los venezolanos tras la captura de Maduro. Foto: AP/AFP/Montaje:SEMANA

Jeris Piña presenció los bombardeos en la capital de Venezuela, desde un apartamento frente a la base aérea La Carlota. Su testimonio revela el impacto emocional de un cambio que aún no puede celebrarse en las calles.

Caracas recibió el Año Nuevo bajo el estruendo de los misiles, y los venezolanos quedaron con el alma en vilo, sin saber cuál será el futuro del país. Jeris Beatriz Piña Morán, de 46 años, no imaginó que el descanso posterior a las celebraciones familiares terminaría convirtiéndose en una de las noches más aterradoras y contradictorias de su vida.

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“Vivo en La Guaira y vinimos a recibir el año nuevo en Caracas, en Chuao, en el apartamento de los papás de mi esposo”, relata. El edificio está ubicado justo frente a la base aérea La Carlota, un punto estratégico militar de los cuatro que fueron bombardeados en Caracas, Higuerote y La Guaira, la madrugada del 3 de enero, en un operativo élite liderado por Estados Unidos para capturar a Nicolás Maduro.

A las dos de la madrugada del sábado, el primer estruendo la despertó sobresaltada. Luego vendrían otros dos bombardeos. “Vimos caer tres misiles. Nunca había sentido tanto miedo en mi vida”, cuenta a SEMANA, la comunicadora social y tripulante de cabina. El sonido fue ensordecedor, seco, brutal. “Las escenas parecían sacadas de una película, pero esta vez eran reales”, contó.

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No escucharon helicópteros, pero sí el paso constante de los aviones. Después, un silencio espeso. Un silencio que pesaba más que el ruido. “Todo fue espantoso. No tiene otra descripción”, recuerda. El impacto fue tal que el zumbido de los misiles aún resuena en sus oídos. Al día siguiente, el dolor era físico: los oídos le ardían y el cuerpo no lograba relajarse.

Esa noche nadie quiso dormir. El miedo los paralizaba. Cuando finalmente se confirmó la captura de Nicolás Maduro, el llanto se apoderó de Jeris y de su esposo, que se encontraban resguardados en el apartamento frente a las columnas de humo que salían de las baterías aéreas de La Carlota.

“Sacamos nuestra bandera original, la de siete estrellas (no la de ocho que inventó Hugo Chávez), y la extendimos dentro del mueble de la sala”. Era un gesto íntimo, contenido, casi clandestino. Jeris temblaba sin control, con el cuerpo aún sacudido por los sonidos de los bombardeos.

Hoy habla de un “daño colateral” que no se ve. La bandera de Venezuela sigue tendida sobre el mueble, esperando el momento de salir a la calle. “Quisiéramos salir a gritar libertad, pero no podemos”.

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La emoción permanece encapsulada, atrapada entre los nervios y la esperanza. “Son sentimientos reprimidos, porque en Venezuela todavía quedan los torturadores. No han liberado a los presos políticos”, ella se refiere a Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López, Jorge Rodríguez y Delcy Rodríguez.

La noche del 3 de enero fue horrorosa, dice, pero también estuvo atravesada por una felicidad contenida: “Sentíamos que nos estaban liberando de un régimen tan miserable”. Jeris piensa en las amigas que emigraron, en los reencuentros pendientes, en la reconstrucción de un país golpeado por el llamado socialismo del siglo XXI durante 27 años. “Hemos soportado mucho. Solo la fe ha sido la fuerza para continuar en Venezuela”, dice.

El miedo no se ha ido del todo. Jeris confiesa que aún evita asomarse a las ventanas. Ruega para que no haya más violencia y para que quienes aún detentan poder, como Delcy Rodríguez y el círculo del chavismo, colaboren con una verdadera transición democrática. “Esa madrugada escuchamos a un vecino gritar: ‘¡Actívense!’, pero luego todo volvió a una calma tensa”.

Una calma frágil, incierta. “Quisiéramos salir a gritar libertad y no podemos”, repite. Porque nadie sabe qué vendrá en los próximos meses. Porque el temor persiste en los venezolanos. Porque, aunque el dictador Nicolás Maduro cayó, Venezuela todavía no termina de despertar.


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