Silvia Cunio, una mujer argentinoisraelí, le relató a SEMANA los dos años de horror que vivió al ver cómo Hamás mantuvo a sus dos hijos secuestrados durante 738 días tras el ataque del 7 de octubre.


SEMANA: Han pasado tres años desde el ataque de Hamás a Israel. Sus dos hijos estuvieron secuestrados en Gaza. ¿Cómo mira hacia atrás?
Silvia Cunio: Viví esta pesadilla en carne propia. Desde el 7 de octubre de 2023 pasaron dos años interminables hasta que pude recuperar a mis hijos. Fueron tiempos de un terror absoluto, marcados por la agonía de no saber nada de ellos. En medio de ese infierno, recuerdo que en un momento me dijeron que mi hijo menor estaba muy malherido, pero gracias a Dios descubrí que era un error: estaba bien.
Lo más duro, la incertidumbre: ignorar qué tipo de ataque habían sufrido, qué heridas físicas o mentales llevaban por dentro mis hijos. Fue una equivocación, sí, y cuando finalmente los vi, pude tranquilizarme.
Este último año ha sido muy difícil, lleno de tratamientos psicológicos y físicos tras el secuestro. Las secuelas son profundas: pérdida de masa muscular, dolores de huesos por las terribles posturas que debieron soportar en los túneles; mi hijo menor, Ariel, estuvo prácticamente agachado todo el tiempo y hoy sufre de la columna. Y los traumas psicológicos, con flashes repentinos de lo vivido en cautiverio. Poco a poco se van recuperando, pero el dolor alcanza a toda la familia.
SEMANA: ¿Dónde la sorprendió el 7 de octubre?
S.C.: El 6 de octubre había 20 personas reunidas en mi casa. Al día siguiente, a las 6:29 a. m., comenzó el terror. De los 20 que éramos, quedamos 12. Ese mismo día me enteré de que mi hijo David, mi nuera y una de sus mellizas habían sido secuestrados. A la otra niña se la arrancaron de los brazos a la tía; estuvo separada de su familia durante diez días hasta que lograron rescatarla. Cuando la recuperaron, estaba muy mal y asustada, tanto que no reconocía a sus padres porque los secuestradores llevaban vestimenta árabe; solo pudo volver a identificarlos cuando mi nuera comenzó a cantarle.
Durante dos meses, de Ariel y su novia, Arbel, no supimos nada. Sabíamos que estaban desaparecidos y después nos dijeron que estaban secuestrados… Nosotros estábamos en el cuarto de seguridad con mi marido, quien sostenía la puerta con una bufanda mía y un aparato de gimnasia; con eso impedimos que entraran los terroristas, porque intentaron abrir la puerta cuatro veces… Escuchábamos todo lo que estaban haciendo afuera: rompiendo, robando y disparando tiros constantes.
Otro de mis hijos, el hermano mellizo de David, me llamó por teléfono y me dijo: “Mami, sálvame, me están incendiando la casa”. Él estaba con sus dos hijas y su mujer dentro del cuarto de seguridad. Como madre no sabía qué hacer, porque no podía salir. Mi marido quería salir con un cuchillo, pero le dijeron: “No salgas porque no vas a llegar”, y era cierto. Mis gritos se escucharon y llegó gente para salvarlos y rescatarlos de la casa, que estaba en llamas. Mi hijo Ariel vivía a 50 metros de ahí cuando lo secuestraron a él y a su novia, Arbel. Lo último que vio fue la casa de ellos envuelta en llamas. Él pensó en ese momento que su hermano ya no estaba con nosotros, pero por suerte el día 738 nos vio a todos.

SEMANA: ¿Cómo llegó la ayuda para poderlos sacar del kibutz?
S.C.: Muy tarde, lamentablemente, fue muy tarde la ayuda que nos prestó el Ejército. Eran como las 4:30 o 5:00 de la tarde cuando vinieron a sacarnos de nuestras casas.
SEMANA: Las imágenes que se ven, del momento en el que queman el kibutz, son aterradoras. ¿Perdieron todo o alcanzaron a recuperar parte de lo que había en sus casas?
S.C.: Solo dejaron de ingresar a seis viviendas; entraron a todas las demás. Aunque no incendiaron todas, sí quemaron por completo la gran mayoría.
SEMANA: Hay una fotografía que dio la vuelta al mundo durante los ataques en la que se ve a un miembro de Hamás armado junto a una mujer que, aterrorizada, hace la V de victoria. ¿Qué historia hay detrás de esa imagen?
S.C.: Esa señora es Esther Cunio, mi suegra, quien tuvo la lucidez de decir que era argentina. En medio del ataque, le preguntó al terrorista si le gustaba el fútbol. Él respondió que sí y le preguntó a ella si conocía a Messi. “Sí, Messi, Messi. Yo nací en el mismo lugar que él”, le dijo. Así logró salvarse de ser secuestrada o asesinada, aunque antes tuvo que posar para una fotografía con un arma de grueso calibre apoyada sobre su pecho.

SEMANA: ¿Cómo fueron esos días posteriores al no tener noticias de sus hijos, de sus familiares? Pues más tarde, en noviembre de ese año, liberaron a su nuera y a las niñas, pero no a sus hijos.
S.C.: Fue tremendo no saber nada de lo que estaban pasando, qué era lo que estaban viviendo. Eso es lo peor que le puede pasar a una madre: no tener noticias.
SEMANA: Israel comenzó una ofensiva a gran escala para tratar de salvar a los secuestrados y proteger al resto de la población con los ataques en Gaza. Usted fue una de las mujeres que en Tel Aviv marchó para pedir la liberación de sus hijos y también dijo: “Basta”. ¿Ese basta qué significaba?
S.C.: Era el grito de un corazón destrozado y que pedía terminar con la guerra, que no sirve para nada; solamente muertes, sangre y nada más. Pedía que terminaran con todo porque soy pacifista. Nunca me gustaron las armas y voy a seguir siendo así. Ese basta me salió del alma porque no podía más.

SEMANA: ¿A qué se aferró para sostener la cordura en medio de una prueba tan devastadora?
S.C.: Casi no dormía. Dos, tres horas por día, cabeceaba a la tarde un poquito, pero no viví. No viví durante dos años. Hasta que no vi a mis hijos, era otra persona.
SEMANA: Cuando Hamás anunció el listado de personas que iba a liberar y estaban Ariel y David, ¿qué sintió?
S.C.: Salté de alegría y, aparte, no sabíamos qué es lo que estaba pasando con Ariel, si estaba bien, si no tenía algún problema físico. Nos llamaron por teléfono y los de Hamás les pidieron a mis hijos, a todos los secuestrados, llamar a algún pariente o a los padres y se acordaron de mi número de teléfono. Me llamaron y ahí fue cuando los vi por primera vez.
El encuentro entre David y Ariel fue muy emotivo porque antes de que salieran y nos llamaran les dijeron que tenían que llevar un secuestrado más. Ellos estaban en un galpón y le dijeron a David: “Levántate”. Ellos abrieron el portón y entró Ariel, a quien no reconoció porque estaba más flaco (45 kilos)… La cuestión es que después David empezó a besar por todos lados a Ariel, y él agarró la carita de David y le dijo: “Estás hecho pomada”.

SEMANA: Hay un detalle especial: Hamás la llamó para darle noticias de sus hijos y usted no contestó.
S.C.: Nos habían dicho del Ejército que podían llamar desde Gaza. Los periodistas me volvieron loca ese día tratando de comunicarse conmigo; no contestaba y, cuando me llamaron por teléfono, no contesté la videollamada. Una de mis nueras me dijo: “Es de Gaza, atendé”. Entonces atendí y vi a mis hijos secuestrados y al terrorista atrás sacando fotos.
S.C.: A pesar de los testimonios que ustedes han dado y que las víctimas de Hamás han relatado al mundo, hay sectores que se niegan a creer lo que ocurrió.
S.C.: Para mí es el segundo Holocausto. El primero tampoco lo reconocen y este segundo fue lo que pasó. Hay que seguir adelante y tengo que seguir contando todo lo que pasamos y lo que perdimos. Yo perdí muchos amigos en mi kibutz, entre ellos los padres de Shiri Bibas, la israelí secuestrada junto con sus dos hijos por Hamás. ¿Dónde están? ¿Qué les pasó? A mis amigos los quemaron, les incendiaron la casa con ellos adentro. A otra compañera de trabajo también la mataron y publicaron en su Facebook cómo la asesinaban, en medio de un charco de sangre y dando su último suspiro. ¿Eso es mentira? Lo más doloroso fue que su nieta vio el video en Facebook y así se enteró de que su abuela había muerto.
SEMANA: Por cierto, ¿cómo era la vida en el kibutz Nir Oz (una especie de comunidad agrícola) antes del ataque?
S.C.: El 95 por ciento era un paraíso. Se escuchaban pajaritos en la mañana; a la tarde se podía salir con tranquilidad, ver las flores, los árboles, charlar con los vecinos. Pero el 5 por ciento era ese terror porque nos tiraban misiles constantemente.

SEMANA: Usted y Ariel regresaron al kibutz dos años después de la liberación. ¿Cómo fue encontrarse con el pasado?
S.C.: No nos podemos aferrar a las paredes porque ya no existen. Nos tienen que construir el kibutz de nuevo y no sé si voy a volver. Me tienen que construir una casa, igualmente, porque yo la tenía y me aferro a la tierra, a los momentos lindos que viví ahí con mis hijos, que nacieron ahí. Hice muchos amigos ahí, que los he perdido, pero algunos quedaron. Por eso me aferro a la vida.
