Macondiano se queda corto como adjetivo para describir la catastrófica seguidilla de eventos que llevó a la cancelación y supuesto aplazamiento del Jamming Festival. Supuesto, porque aunque se puedan plantear nuevas fechas, ¿cómo reconstruir la confianza de un público colombiano (de cientos de miles) y extranjero (de miles), de incontables proveedores y de comerciantes? ¿Cómo se repara el golpe de toda una ciudad que acogía el evento y ahora queda viendo un chispero? ¿Cómo se sortea lo que viven miles de personas que viajaron y ahora están estacionadas en la capital tolimense sin más que hacer, excepto indignarse o preguntarse si les van a pagar, o cuánto les costará esta pesadilla que parecía ser trabajo y se convirtió en un enorme gasto?
No hay duda, la pandemia tuvo que ver, pero en este caso no fue para robustecer procesos, reinventar y solidificar iniciativas. Más bien sirvió para confundir e inflar el ego del organizador del evento, que jamás supo poner los pies sobre la tierra (y, a la hora de cierre de esta revista, no había aún lanzado una comunicación oficial seria, más allá del prepotente anuncio de aplazamiento, como si algo así se pudiera, en efecto, aplazar a un día de su realización).
A su vez, la Superintendencia de Industria y Comercio abrió investigación contra Buena Vibra Eventos E. U. por el incumplimiento de instrucciones al no presentar la información requerida desde el 11 de marzo pasado. Además, ordenó el cese de la promoción, publicidad y venta del evento Jamming Festival 2023 por parte de la misma empresa.

Buena Vibra Eventos se creyó apalancado por los grandes artistas que habían quedado pendientes de la edición cancelada de 2020 (que ofrecía boletas mucho más económicas que las de esta edición) para plantearse un escenario perfecto en la que hubiera sido la celebración de sus diez ediciones. El problema es que ese escenario no se suele dar, mucho menos después de dos años como los que acaban de pasar y en donde la inestabilidad aún es norma.
Al festival lo afectaron las cancelaciones de artistas como Damian Marley y la exigencia de vacunas, pero había más. La cabeza soñadora del organizador parecía permitirle abrir la cancha a un tercer día de evento (como nunca antes lo había planteado) en un nuevo escenario, la ciudad musical de Colombia. A este, además, no llegó por fe y confianza de integrar las regiones, más bien por necesidad, temiendo que alguna demanda interpuesta a pocos días del evento lo descarrilara, como casi sucedió en la edición 2019 con Sayco Acinpro.
En esa ocasión, lograron caer parados y realizar el evento, pero si algo dicen estos hechos presentes es que se aprendieron las lecciones equivocadas. No se le puede echar jamás la culpa al público, que quiere creer que después de estos años amargos va a volver a gozar de los artistas que ama, y eran cientos de artistas, pero las señales estaban, la duda nunca soltó a este festival y terminó por materializarse.
Porque desde el mismo cartel de artistas y sus anuncios parecía demasiado bueno para ser verdad. Y lo que en un principio fue chiste de internet, que generó incontables memes sobre cómo el community manager del evento vivía una pesadilla para gestionar tantos y tan variados anuncios, se fue volviendo preocupación callada. ¿Podrían responder a esta ambición?
La preocupación silenciosa fue dando pie a voces de los proveedores que anunciaban descontento por pagos no efectuados. La bola de nieve empezó a rodar y lo sospechado comenzó a tornarse inevitable.El equipo de comunicaciones, fragmentado por dentro, no sabía qué decir, ni cuándo. En el medio, igual, primaba una confianza ciega de que un festival fundamentado en una cultura del One Love que abraza su género principal, el reggae, no podía ser irresponsable con su gente, que en masa ya se movilizaba hacia Ibagué.
Pero lo fue, y no supo aceptarlo a tiempo para evitar esta demencia, este negro hito que se suma a los casos de algo que parecía demasiado grande para fallar, y por eso falló.Ahora, a pesar de lo profundamente amargo que resulta este trago, vale anotar que quizá evitó macabros eventos como los que han tenido lugar en conciertos en los que prima la desorganización.

Hace meses, el Astroworld, en Houston, dejó un saldo de diez personas muertas, en un país en el que la logística es una prioridad y suele ser más afinada que la colombiana. El punto positivo, si queda alguno, ha venido de terceros. Se han dado muestras de cooperación para tratar de paliar los efectos de inversiones ya realizadas, como la de Comfenalco Tolima, por ejemplo, que les abrió la cancha en uno de sus eventos a los emprendedores de alimentos. De resto, solo prima hoy un enorme y triste desconcierto.
