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| 6/8/2019 11:00:00 PM

Mujeres policías para admirar

Este grupo de policías ha enfrentado las peores amenazas del crimen en Colombia. Pilotos, médicas de guerra, explosivistas y analistas financieras son lo mejor de un mundo dominado por los hombres.

Mujeres policías para admirar en Colombia La mayoría de estas mujeres ingresaron a la Policía luego de graduarse del colegio y han desarrollado allí toda su carrera. Son expertas en diferentes disciplinas. Foto: nicolás fernánde

A muchas de ellas, sus familiares aún les critican haber elegido ser policías. Desde muy jóvenes asumieron un oficio lleno de riesgos y tradicionalmente asociado a los varones. Sin embargo, en las filas de esta institución, ellas cada vez son más y ocupan posiciones muy importantes. De los 120.000 miembros de esa fuerza, 19.000 son mujeres. “Nos hemos ido ganando este espacio”, dice la general Juliette Kure. SEMANA habló con 15 de ellas a propósito del foro ‘Mujeres que inspiran’, que se realizará el 19 de junio en el JW Marriott.

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Señora general

Ni la muerte de su esposo a manos de la guerrilla ni el estallido de un artefacto explosivo a solo centímetros de su cuerpo lograron quebrar la vocación de servicio de Juliette Kure, la general con más antigüedad en la Policía Nacional. Lo cuenta con energía, como hace todo en su vida y en su carrera. Es la única comandante que en 77 años ha tenido la Escuela de Cadetes General Santander. Y tuvo la mala fortuna de vivir en ese cargo el trágico atentado terrorista que cobró la vida de varios jóvenes. También, la primera policía condecorada por el servicio secreto de Estados Unidos tras los resultados exitosos en la lucha contra la falsificación de dólares, y la primera mujer al frente de la oficina de Interpol Colombia. “A mi esposo lo mataron hace 15 años en un ataque en El Bordo (Cauca), cuando mi hija tenía apenas 2 años. Ese dolor nunca desaparece. Aunque, la verdad, mi vocación de servicio tampoco”, asegura esta mujer que lleva 31 años en ejercicio.

La coronel que espiaba a las farc

La única unidad del país a cargo de una mujer policía es la de Tunja. La coronel María Emma Caro Robles se ha abierto un campo importante en “una sociedad tradicionalmente machista”. No es la primera vez que asume un reto de esas dimensiones. Caro empezó su carrera, hace ya más de tres décadas, como agente; ascendió a suboficial y de ahí a oficial. Trabajó en el área de inteligencia y análisis estratégico de la Dijín, una labor que cumplió en medio de los bombazos y los asesinatos de Pablo Escobar. “Nunca le dije a mi familia en lo que yo estaba en esas operaciones. Quería protegerlos”, dice con modestia, sin alardear de que ella fue la primera jefa del área de contrainteligencia de esa institución. Quizá por la sangre que ha visto correr y que se ha llevado la vida de muchos de sus amigos es una de las más acérrimas defensoras del proceso de paz que vive el país. “Estuve en la zona de distensión y ahí, haciendo inteligencia, los escuchaba todo el tiempo (a los guerrilleros). Conozco el dolor que causaron, pero, aun así, hoy no tengo problema en estrecharles la mano”.

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Los oídos de la erradicación

La mayor Daisy Arias ha tenido muchas satisfacciones en los 18 años que lleva de carrera como oficial de la Policía. Ninguna, sin embargo, le produjo tanta como encontrar un día en un cajón las insignias de teniente de su papá, asesinado tras 22 años de servicio cuando ella tenía 9 años. “Nunca tuve la oportunidad de decirle que quería ser policía. Y de las mejores”, argumenta. Y así lo hizo. Entre sus éxitos, la oficial cuenta acerca de un golpe contundente contra el entonces bloque de las autodefensas Cacique Nutibara, y un largo listado de cargamentos incautados y laboratorios destruidos como experta en inteligencia aérea. “Fui los oídos en tierra de mis compañeros que estaban erradicando droga. Siempre luché para que ese mal no invadiera a Colombia”, cuenta. Uno de sus mayores dolores es haber perdido a varios de sus compañeros por cuenta de la violencia. En su primera asignación en un CAI de Itagüí, por ejemplo, dos policías murieron asesinados en el primer mes de trabajo. Hoy, la mayor Arias ocupa un lugar clave en la planeación estratégica de la Policía Nacional y en las relaciones de esa institución con el Congreso de la República.

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La luchadora

El país conoció a Íngrid Jaramillo por un video divulgado en marzo de 2018, en el cual, en medio de un intento de hurto, y ya herida, le disparó a un ladrón. Las imágenes parecían más una escena de una serie policiaca de Estados Unidos que un hecho real en el centro de Bogotá.

Jaramillo tenía un impacto de bala en su brazo derecho y otro en el pecho, sobre su chaleco antibalas. Los colombianos premiaron su valentía, la acción heroica de una mujer policía que salió a enfrentar a los ladrones mientras los demás se escondían de los disparos. Y a pesar de todo lo que todavía encara, como signos de estrés postraumático y dificultad para mover su mano, Jaramillo quiere que la gente vea su amor por su profesión y por la gente. Hoy cuenta que le preocupaba, sobre todo, cómo contarle a su mamá lo que le había pasado. Al final, cuando intentó hablar con ella, ya sabía todo, pues era la noticia del día en todos los medios. Después del incidente decidió casarse, y ahora pasa más tiempo con su hija porque está dedicada a labores administrativas. “Nunca tuve miedo de lo que viví”, cuenta.

Reina de los cielos

Cuando la teniente Mónica Sarmiento vio que una mujer se bajaba de la cabina de mando de un helicóptero Black Hawk de la Policía, percibió, por segunda vez en su vida, la certeza de que se convertiría en piloto. Sintió tanta convicción por primera vez a los 6 años cuando soñó convertirse en agente de la Policía, como el esposo de su tía. Ese sueño parecía lejano, sobre todo porque su madre, cabeza de familia, no tenía suficientes recursos para pagarle los exámenes de ingreso. No obstante, Sarmiento, inspirada por su mamá, que también le sirve de motor, estudió con esfuerzo en la universidad, se graduó en el segundo puesto, trabajó en la Asociación de Fonoaudiología y ahorró para cumplir su sueño. Con préstamos, ayudas de familiares y la idea de que algún día le compraría una casa a su mamá, Sarmiento entró a la Policía, llegó a oficial, estudió aviación y está a punto de ascender a capitán. Hace poco volvió al colegio en el que estudió y les contó a decenas de niñas como ella que valió la pena recorrer ese camino lleno de obstáculos para alcanzar lo que quería.

Dormir con armas

Andrea Verano, de 23 años, ingresó a la Policía con la idea de servir. Como nació en Bogotá, conocía una perspectiva de la fuerza pública muy distinta a la que enfrentó después en las regiones del país. Estuvo en El Espinal y en Playa Rica (Tolima). Llegó a esa zona porque convenció a sus comandantes de que la enviaran a ella en reemplazo de una compañera que acababa de tener una bebé. Verano era la única mujer en la estación de Policía de Playa Rica. Con la idea recurrente de superar sus límites, se acostumbró a pasar la noche rodeada de hombres y con intranquilidad permanente. Dormir en zonas con grupos armados significa estar alerta siempre, sin despegarse un segundo del revólver que en una emboscada o en un combate puede salvar la vida. Ahora, Verano trabaja en Bogotá y busca terminar una carrera universitaria dentro de la Policía.

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La dura del gaula

La intendente Rosalín Chacón se presentó a la Policía contra los deseos de su familia. Trabajó durante dos años luego de graduarse para poder hacer el curso. Duró cuatro años con la Presidencia, y luego le dieron la opción de escoger a donde irse. Siempre quiso llegar al Gaula. “Ya había aprendido a trasnochar, a mojarme, a llegar a las cinco de la mañana y salir de nuevo porque tocaba turno otra vez”, dice con voz segura. Para esa época, el grupo élite encargado de uno de los mayores dramas del país solo tenía integrantes hombres. Por eso, sus superiores se sorprendieron al verla en la lista, la única entre 40 efectivos. Poco a poco, Chacón tuvo que ganarse el respeto de sus colegas y de sus jefes. En su primer gran caso pudo localizar el paradero de 14 responsables de un secuestro muy complejo. Ese día, ella siente que rompió todas las barreras que no la dejaban mostrarse como lo que era. Para esta mujer, “Lo mejor de mi trabajo es decirle a la gente bienvenida a la libertad”.

El alma wayuu

El uniforme de la patrullera Melina Deluquez tiene dos piezas largas de tela verde, bordadas con hilos entrelazados de colores más claros. Y la placa cae sobre su pecho como un medallón. La general Juliette Kure mira el porte elegante de ese uniforme de la Policía y bromea: “Lo diseñó Silvia Tcherassi”. Melina es wayuu. Aunque desde pequeña sus padres la entregaron en adopción y se crió lejos de su cultura, esta patrullera no olvidó nunca sus raíces indígenas. Hace dos años ingresó a las filas y dice que representa con orgullo “el trabajo de las comunidades” en esta institución. La becaron para estudiar en Estados Unidos con el sueño de cambiar el mundo. “Mi libro favorito es ‘El principito’; por eso me encanta creer y soñar”, dice. Durante su infancia se sintió discriminada por su ascendencia, pero sin rencores perdonó y olvidó. Trabajó con niños en Uribia (La Guajira), y ahora se encuentra en Bogotá, en la oficina de comunicación estratégica. Así esté lejos de casa, nunca olvida quién es ni de dónde viene.

Guerrera y mamá

La subcomisaria Blanca Cadena es toda una autoridad en las nuevas generaciones de policías. Ingresó a la institución hace 45 años, y al poco tiempo ya tenía la misión de enfrentar a los carteles del Norte del Valle y de Medellín. A los 20 años, Cadena pertenecía a la Dirección de Contrainteligencia, y allí participó en la Operación Milenio, en la que capturaron 30 extraditables en la capital de Antioquia. Luego enfrentó grupos armados en La Uribe (Meta), en la zona de distensión impuesta en la época de las fallidas negociaciones con las Farc. El grupo de Cadena fue el primero que llegó a La Uribe cuando fracasaron las conversaciones con el Gobierno y la fuerza pública tenía la misión de recuperar la zona. Iban 70 policías y ella era la única mujer. Pasó tal vez los meses más difíciles de su vida. Al final, pidió que la trasladaran a Bogotá. Tomó esa decisión por su hijo, pues llegaba a la casa y el niño le decía tía en lugar de mamá. Todavía la apasiona trabajar en la calle, en contacto con la comunidad. Y disfrutar los momentos cotidianos con su hijo, el amor de su vida.

La contadora minuciosa

La subcomisaria Alba Myrian Moreno, una mujer menuda, es un arma letal contra el lavado de activos y el financiamiento del terrorismo. Durante 22 años de servicio, la mayor parte de ellos vestida de civil, esta contadora pública lideró grandes investigaciones contra varios de los carteles del narcotráfico, en especial el del Norte del Valle. Su trabajo ha sido fundamental para golpear las estructuras económicas de las grandes mafias del crimen. Hoy, Alba Myrian hace parte de lo que se conoce como la policía secreta. “Nuestro sagrado deber es cuidar del personal uniformado, proteger al Estado y a la Nación”, dice sonriente.

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La médica policía

Juliet Jojoa comenzó en la Policía en un cargo extraño para su profesión. Estuvo al mando de un CAI en San Cristóbal, al sur de Bogotá. Y desde allí creó la estrategia de cuadrantes que hoy tiene la ciudad. Cuando la trasladaron a la localidad de Ciudad Bolívar, sus superiores se dieron cuenta de que necesitaban a alguien que atendiera a personas heridas. Le dieron el permiso de dividir su tiempo entre ser policía y atender en el Hospital Central. Luego tuvo la oportunidad de especializarse en Fisiatría y de ahí pasó a liderar el departamento médico. Solo hay 16 personas como Juliet que son policías y médicos. Ahora su vocación está en ayudar a las víctimas de minas, que pierden alguno o varios de sus miembros, con una rehabilitación integral.

La explosivista experta

En Colombia hay 136 técnicos en explosivos, y solo 2 son mujeres. Yolima Villalba, una de ellas, todas las mañanas se despide de su hijo de 9 meses y le pide a Dios que la vuelva a traer bien a su casa. Recuerda especialmente aquella operación en la que acompañaron al Ejército para custodiar un oleoducto de Ecopetrol. La guerrilla había dinamitado el caño y tenían que ir a investigar la explosión. “Nos decían escondan silueta que hay francotiradores. Yo solo veía montañas, árboles y coca”. Les habían dicho que ese mismo día volverían a Bogotá. Pero Yolima pasó cinco días con la misma ropa, intentando moverse con el mayor cuidado para no pisar una mina y encontrar el final. En su trabajo ha tenido que ver a muchos de los hijos de sus colegas quedar huérfanos, pues sus papás ejercían la peligrosa actividad que hoy ella desempeña.

La tarea de aliviar el dolor

La capitán Diana Valderrama tiene una de las labores más duras de la Policía: enfrentar el duelo de las familias de los uniformados muertos. Tiene a su cargo organizar el protocolo y las honras fúnebres. Ella, psicóloga de profesión, administra el Centro Religioso de la Policía Nacional. Debe estar siempre que las cosas salen mal y darles una voz de aliento a quienes han perdido a sus seres queridos por cuenta del trabajo de la Policía. Ella estuvo, por ejemplo, al lado de las familias de las víctimas del atentado en la Escuela de Cadetes. El trabajo de cuidar de los seres más allegados de los héroes de la patria la hace sentir orgullosa. Como miembro de la Dirección de Bienestar Social, también tiene dentro de sus logros haber inventado el programa Ciclorrutas Seguras, una estrategia que la Policía Nacional echó a rodar en Bogotá y ya está presente en todo el país. Esta profesional cuenta con orgullo que su abuelo dirigió la Policía y la inspiró para elegir esa vida dedicada a servir a los demás. 

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Si no fuera por el uniforme y la placa brillante en su pecho, nadie creería que Lina Rodríguez es Policía. Y menos, jefe de analistas operacionales. Es decir, los miembros encargados de orientar a los investigadores de la Fiscalía en sus pesquisas. Dicharachera, habladora y dueña de un humor que a menudo hace estallar en risas a otros, la suboficial Rodríguez cuenta que fue una de las damnificadas de Armero, donde quedó buena parte de su familia. Por tanta tristeza quizá esta tolimense de 46 años no se separa del humor. Dentro de sus logros está la captura de alias Muelas, el asesino del patrullero Jonathan Smith en Saravena. También participó en la investigación del acto terrorista contra la Escuela General Santander. “Me gusta mi trabajo”, dice. Y le brillan los ojos.

La patrullera de la isla

Yoana Royo, que nació en Barranquilla pero creció en San Andrés, quiso ser policía desde que tiene memoria, aun cuando ningún familiar está en la fuerza, que además no es muy popular en esa isla. Pero estaba segura de su futuro porque quería formar su carácter y demostrar que podía hacer lo mismo que los hombres. Y lo logró. Ingresó al primer curso de patrulleros de la Policía Nacional, estuvo en San Andrés y en Cachipay (Cundinamarca) y fue la primera mujer de la institución que puso un pie en Providencia. Aunque creció en la isla, al vestirse con el uniforme vio el lugar con otra perspectiva. Después la trasladaron a Bogotá, donde las personas “son menos confiadas y pocas veces reconocen que hay patrulleras mujeres que también arriesgan su vida”. Pero el respeto y la tranquilidad que Royo no encontró en algunos civiles los tuvo de sobra con los otros patrulleros, que se ofrecieron a recoger a sus hijas del colegio, le cambiaron turnos y la apoyaron siempre. Ahora, en una labor administrativa, Royo recuerda que la Policía es como una familia y, sobre todo, que ella fue la primera mujer de la fuerza que llegó a su tierra. 

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