Por: Gerardo Arroyo, especial para SEMANA
Eran las 7:49 de la mañana. Habían pasado apenas quince minutos desde el terremoto de 7,4 grados que sacudió a Cali el pasado 10 de agosto. La ciudad era un escenario de caos: edificios colapsados, gritos de auxilio, sirenas que no dejaban de sonar y testigos que señalaban desesperadamente los lugares donde, bajo toneladas de escombros, podían estar atrapadas otras personas.

El panorama apenas comenzaba a revelar la dimensión de una tragedia que marcaría la historia reciente de la capital del Valle del Cauca.
Ese es el recuerdo que permanece en la memoria del médico Laureano Quintero, traumatólogo, experto en manejo de emergencias y desastres y director de Salamandra Centro Internacional de Entrenamiento. Junto a un equipo de cirujanos especializados y paramédicos, fue de los primeros en reaccionar tras el terremoto y llegar hasta el barrio El Lido, donde segundos antes un edificio de cuatro pisos, con locales comerciales y apartamentos residenciales, se había desplomado sobre la calle Quinta.

“Encontramos angustia generalizada, desorden total, gritos múltiples, pedidos de socorro, familiares informando que sus familiares estaban atrapados, testigos que oyeron gritos y algunas llamadas que se escuchaban desde los escombros. Obviamente, una voz muy apagada, pero era evidente que había sobrevivientes. De allí que escogimos inmediatamente un foco de intervención”, recuerda Quintero.
Bajo cientos de toneladas de concreto, los gritos desesperados de Paula Andrea Lasprilla y los quejidos de su hijo, Omar Martínez Lasprilla, de 48 y 26 años, respectivamente, concentraron la atención de los organismos de socorro.
Las labores de rescate se concentraron entonces en establecer con precisión dónde estaban atrapados para intentar extraerlos con vida. Dos horas después, los esfuerzos dieron su primer gran resultado: los rescatistas recuperaron a Omar.
Cubierto de polvo, con una grave herida en la cabeza, múltiples hematomas y aún consciente, fue sacado de entre los escombros. Su rescate desató una explosión de alegría en el lugar. Rescatistas, voluntarios y curiosos gritaron arengas de victoria. Y no era para menos: acababan de arrebatarle una vida a la muerte.
“A la escena llegó el equipo de Bomberos Cali y la Unidad Especializada en Búsqueda y Rescate Urbano, USAR Cali. Revisaron el lugar y luego daban la instrucción de entrada del personal médico, con mucho criterio sobre el procedimiento que estaban haciendo. Cuando se pudo extraer a Omar, que salió en condiciones un poco complejas, con un trauma serio en la cabeza que obligó a un control del sangrado en el cráneo, pudimos hacer desde la escena lo necesario para llevarlo al hospital adecuado más cercano. Hicimos compresión, control del sangrado en el cráneo, control de ventilación, control de los procesos neurológicos y protección de la hipotermia, lo cual es fundamental en estos pacientes, igual que la protección ocular”, explica Quintero.
Pero el destino de aquel lunes todavía tenía reservado un desafío mucho mayor. Cuando los socorristas intentaron extraer a Paula, descubrieron que su pierna derecha estaba atrapada por una columna de cemento, lo que le provocaba un aplastamiento severo. La situación generó preocupación y elevó la tensión del rescate.
La mujer luchaba por mantenerse con vida bajo las ruinas de lo que apenas minutos antes había sido su vivienda. Fue entonces cuando Laureano Quintero tuvo que tomar, en cuestión de segundos, una de las decisiones más difíciles de aquella jornada. Con el consentimiento de Paula, decidió amputarle la pierna para poder rescatarla con vida.
“Las condiciones más críticas derivaban de que tenía un aplastamiento más notorio por las estructuras y esto determinaba riesgos clínicos mucho más significativos. Teníamos una paciente con herida abierta, con exposición de tejidos en muy malas condiciones. Cada quince minutos, el personal de socorro nos ordenaba el ingreso para estabilizar a la paciente. Se iba haciendo la administración de los elementos médicos pertinentes y, cuando finalmente se logra esta articulación, los mismos bomberos, a través del equipo USAR Cali, sugerían algunos elementos críticos o los mismos médicos o especialistas que estábamos allí sugeríamos pautas de trabajo”.
“Era una comunión casi que sagrada con cada vida que se estaba sacando adelante, demostrando no solo un ejercicio mecánico de movilizar piedras para sacar cuerpos con vida, sino un despliegue de conocimiento en trauma profundo, de conocimiento en rescate profundo y una comunión impresionante entre lo que tiene que ver con las técnicas de apuntalamiento”, agrega.
Los escombros se convirtieron rápidamente en un quirófano improvisado. Los muros colapsados en el interior de la estructura sirvieron como mesa quirúrgica ortopédica. Las linternas instaladas en los cascos de los socorristas, en medio de la oscuridad, hicieron las veces de lámparas quirúrgicas.
Un médico especialista en traumatología, dos cirujanos especializados, paramédicos y el grupo USAR de Bomberos Cali tenían frente a ellos un desafío extremo: realizar una intervención quirúrgica en medio de una estructura inestable, bajo toneladas de concreto y con el riesgo permanente de una nueva réplica.
Todos trabajaban bajo las condiciones menos esperadas, pero con un único objetivo: salvar a Paula. El procedimiento utilizado, debido a la complejidad del terreno, fue una maniobra de torniquete. La operación debía ejecutarse de manera coordinada y precisa. La vida de Paula pendía de un hilo.
“Se trata de una semiamputación por daño severo de los tejidos de la parte distal de la extremidad inferior, lo cual determina la necesidad de hacer una maniobra tipo torniquete, con vendaje compresivo en la parte distal, en la parte de debajo de la extremidad, para evitar que haya desangramiento”.
“El paciente puede tener una hemorragia masiva al extraer la parte que tocó dejar en el lugar de la extremidad. Podía generarse una hemorragia masiva de no tener el componente del vendaje compresivo que controla la hemorragia. Si no se sabe ejecutar el procedimiento, la paciente puede sangrar debajo de los escombros y fue parte de lo que el equipo de Bomberos y el equipo médico también logró implementar”.
“Fue una maniobra de espacios confinados donde tú no te puedes mover ni uno ni dos centímetros hacia un lado y tienes que funcionar con una precisión absoluta, bajo la protección del rescatista, bajo la acción de entrar uno y salir otro, literalmente manteniendo el aliento y rezando para que no se vaya a presentar una réplica, sufriendo situaciones de riesgo significativas, pero que ponen en altísimo nivel hasta dónde llega el altruismo y la capacidad solidaria e interventiva del ser humano”.
Cada movimiento de los socorristas debía funcionar como un reloj suizo. Cada segundo era también un latido de vida para Paula.
Era un desafío que exigía maniobras milimétricas. Cada paso bajo los escombros podía marcar la diferencia entre vivir o morir. No solo estaba en juego la vida de Paula. También la del personal médico y la de los socorristas.
Un mal cálculo podía desencadenar un nuevo colapso con consecuencias inimaginables. Mientras afuera la ciudad contenía la respiración, bajo las ruinas los equipos de rescate hacían maniobras milimétricas para mantener con vida a la mujer.
“Meterse entre las piedras, arrastrándose y serpentear entre las piedras, entre los maderos y entre las varillas retorcidas, sabiendo que en cualquier momento las réplicas, que son muy comunes, pueden determinar un desenlace fatal para el equipo de bomberos, de rescate, médicos y aún de voluntarios, es la expresión que yo quisiera ubicar como máxima expresión de la entrega de un ser humano por otro ser humano”.
“Donde lo que importa es entregar y desplegar toda la fuerza para lograr la vida de una persona. Quien salva una vida, salva un mundo, y todos estos bomberos voluntarios, todos estos rescatistas, todos estos grupos USAR, todos estos voluntarios, cada uno de los seres humanos despliega el mejor resultado posible”.
Para mantener a Paula consciente, el equipo sostuvo un diálogo permanente con ella. Médicos y bomberos le hablaban, la animaban y le recordaban una noticia que podía darle fuerzas para continuar: su hijo Omar había sido rescatado con vida.
La voz de los rescatistas se convirtió entonces en un hilo que la mantenía conectada con la vida.
“Constantemente hablábamos con ella, preguntando su nombre, la fecha. Se notaba muy fatigada. La animábamos, le decíamos que su hijo estaba con vida. Logramos mantenerla consciente en todo momento”.
Quintero, quien ha participado en operaciones de emergencia en diferentes lugares del mundo, recuerda la dimensión de lo ocurrido en Cali.
“Mire, yo he estado en los terremotos de Haití, México, Ecuador, en la caída del avión de American Airlines, donde rescatamos cinco personas heridas, en los incendios de Chile, en el terremoto de Venezuela recientemente y el terremoto de Colombia. Esto que se hace es absolutamente notorio y destacable. Es un ejercicio operativo que no es usual desplegar en muchas partes del planeta y que aquí desplegamos con rigurosidad, gracias a esa integración del equipo”.
Afuera, la inclemencia del clima tampoco dio tregua. Aquel 10 de agosto, Cali registró una temperatura de 34,3 grados centígrados.
Pero el calor no logró doblegar a la multitud que se agolpó sobre la calle Quinta con carrera 44, en el sur de la ciudad.
El espíritu de ayuda de caleños y foráneos presentes en el lugar se convirtió en una de las imágenes más poderosas de aquella jornada. Mientras unos retiraban escombros, otros coordinaban los movimientos de entrada y salida de equipos y maquinaria pesada. Algunos pedían silencio para intentar escuchar voces bajo las ruinas.
Algunas brigadas facilitaban la hidratación del personal de socorro. Y, entre el ruido de las máquinas y los llamados de los rescatistas, aparecían voces que se repetían una y otra vez: “¡Vamos, Paula, vamos!”. “¡Hay vida, hay vida!”.
Eran palabras sencillas, pero funcionaban como una inyección de energía para Paula, para los socorristas y para los médicos que llevaban horas luchando contra el tiempo.
“En la parte externa, toda la gente nos animaba con alegría, considerando que había sobrevivientes. Eso nos llenaba de esperanza y fuerzas. Mientras tanto, bajo la orden de los bomberos voluntarios y el equipo USAR Cali, los equipos de cirujanos y médicos que estábamos hacíamos el ingreso, colocábamos la monitorización, que es colocar unas cosas en los dedos que se llama pulsioxímetro, poníamos parches de medicamento y empezábamos la administración de líquidos que permiten que la persona inicie un tratamiento sobre los escombros y no cuando sale de los escombros”.
“Esto es lo que marca la diferencia, porque el éxito que un rescatista sin conocimiento profundo vaya a tener no está en sacar a la persona del derrumbe, que es algo maravilloso y espectacular, pero que esta persona no reciba un tratamiento desde antes de la descompresión. Médicamente, está claro que esto puede ser fatal”.
Por momentos, las ruinas de la edificación se convirtieron en una sala de crisis y monitoreo.
Médicos, paramédicos, socorristas y miembros del equipo USAR de Bomberos Cali analizaban cada movimiento del proceso de extracción, literalmente minuto a minuto. Se discutían las decisiones que debían tomarse mientras, bajo los escombros, pulidoras y taladros eran utilizados para remover hierros retorcidos y romper el concreto.
No había tiempo que perder. Cada minuto podía jugar a favor o en contra de la vida. “Cuando el cuerpo es comprimido por estructuras de mucho peso, la circulación sanguínea no se puede desempeñar de la misma forma. Se trancan, de alguna manera, por decirlo coloquialmente, las vías de las venas o las arterias. La sangre empieza a remansarse en los tejidos periféricos, hacia las piernas, los brazos, y empieza a acumular sustancias tóxicas que se derivan de la alteración del metabolismo de los pacientes”.

“Cuando un paciente de estos es sacado sin protegerlo, tiene un altísimo riesgo de morir en el primer minuto, o de, aun cuando vaya a un lugar muy especial, no sobrevivir si no se le ha hecho el manejo especializado. Esto marcó la diferencia abismal en lo que pudiese ocurrir con estas personas rescatadas, en el caso de Paula, que es un ejemplo insignia de cómo trabajar”.
Cada hora que pasaba aumentaba la tensión, pero también la esperanza.
Las cuadrillas de socorro eran relevadas. Laureano Quintero, los cirujanos especializados y los paramédicos salían de los escombros, tomaban fuerzas y regresaban para continuar con la cirugía y el proceso de extracción.
Hasta que llegó la tarde. El reloj marcaba las 5:50. Después de diez horas y quince minutos de tensión, dolor, precisión médica y una lucha incesante contra el tiempo, la cirugía y la extracción de Paula habían terminado exitosamente.
La brisa de la tarde caleña pareció traer consigo un instante de calma.
Entonces llegó el grito de júbilo. Abrazos, lágrimas de alegría, sonrisas, elogios y pitos de los transeúntes transformaron la tradicional calle Quinta de Cali en el escenario de una historia de supervivencia que difícilmente será olvidada.
Paula, al igual que su hijo Omar, le había ganado la batalla a la muerte. “Esto no es algo casual, no es producto del azar. He vivido cómo los Bomberos Voluntarios de Cali y el grupo USAR que se desplegó allí se han entrenado día tras día, mes tras mes, año tras año, con un orgullo profundo de lo que hacen y merecen todo el respeto y conocimiento de cualquier grupo de bomberos del planeta”.
“Ha habido mitos que se han armado en el mundo y que la gente, gracias a los medios y las redes, resalta. Los Topos, sí, maravillosos, pero aquí la gente va incluso a un nivel superior, respetando profundamente porque hemos aprendido de los Topos. Nuestra gente, además de hacer esa ‘topoacción’ que ha integrado muchísimo, ha aprendido a manejarla con los equipos de salud, a manejar la red de enlace con ambulancias y hospitales”.
“Esa situación, les quiero decir, realmente, es digna de mostrar en cualquier escenario del planeta”.
Pero la salida de Paula de los escombros no significaba que el riesgo hubiera terminado.
Afuera la esperaba una ambulancia especializada en manejo de crisis. Sobre los trozos de ladrillos y muros, ella permanecía en una camilla, rodeada del personal médico, cubierta con una manta térmica, vendas, el rostro marcado por el agotamiento y el polvo y una máscara de oxígeno.
Desde el momento de su extracción hasta la ambulancia, el equipo tardó menos de un minuto en ponerla en manos de quienes, desde ese instante, serían los responsables de continuar la batalla por su vida.
La clínica estaba ubicada a menos de un kilómetro del lugar de la tragedia.
Su llegada al centro hospitalario tomó apenas tres minutos.
“En algunos de los videos es impresionante el nivel de conocimiento del equipo de Bomberos Cali, en donde ellos mismos dicen: entregan los bomberos, entran los médicos. Una vez que los bomberos hicieron la maniobra de movimiento que llamamos tabla rígida, lo llevaron hasta el punto donde estaban los médicos, que, como la interacción era permanente, literalmente fue dar cuatro o cinco pasos con la tabla, llevarlo al piso en el lugar frontal donde no hubiese riesgos y allí el líder de bomberos dice: ‘Salen los bomberos, entran los médicos’”.
“Y salen los bomberos uniformados y se ven un poco de cascos médicos entrando a atender a Paula. Este intercambio de disciplinas es el que permitió conjurar una magia y conjurar una oración sublime de trabajo que permite que la vida pueda preservarse”.
Mientras Paula era atendida, ahora sí en las condiciones de un centro médico de alto nivel, estabilizada y hospitalizada en la Unidad de Cuidados Intensivos, los médicos, paramédicos, socorristas, personal del equipo USAR de Bomberos Cali y civiles continuaban con la búsqueda de más sobrevivientes.
Pero en medio de la tragedia había quedado una imagen imposible de borrar: la de una mujer que pasó más de diez horas atrapada bajo una montaña de concreto y que logró salir con vida gracias a una cadena humana de conocimiento, precisión, solidaridad y esperanza.
“Siempre hay un componente espiritual que está presente, esa fuerza interna y esa sensación externa de que algo nos tiene que proteger, porque una réplica puede ser fatal para todos”.
“Se generó una comunión extrasensorial. Por eso quiero entonces no solo destacar la labor del cirujano o del doctor tal, del médico tal, o destacar solo la labor del bombero tal, del rescatista tal o del voluntario tal. Sería tamaña injusticia con todo lo que esta operación implica”.
“Porque mientras trabajábamos, los voluntarios incesantemente retiraban escombros, pedazos de piedra, pedazos de madera y nos protegían en el área para que pudiéramos trabajar de manera adecuada. Los voluntarios, la comunidad, los equipos de seguridad de la Policía y el Ejército que estuvieron por allí, el control del tránsito adecuado que estuvo por allí: esa oración múltiple y sublime de todos los grupos es la que ha permitido milagros de esta naturaleza”.
Han pasado once días desde el terremoto que cambió la historia de Colombia; afectó una tercera parte del país, golpeó ocho departamentos, dejó más de 300 víctimas mortales, más de 120.000 familias que lo perdieron todo y cerca de 1.500 heridos.
Entre ellos está Paula. Hoy se recupera en una clínica, rodeada de su familia y sus amigos. En su mente permanece aquella experiencia amarga que la enfrentó cara a cara con la fragilidad de la vida, pero también con una de las expresiones más poderosas de la solidaridad.
Durante más de diez horas, una ciudad entera pareció contener la respiración por ella.
Bajo toneladas de concreto, Paula luchó por sobrevivir. Encima de los escombros, cientos de personas lucharon para que pudiera hacerlo.
Y en la profundidad de aquella montaña de ruinas, donde todo parecía perdido, un grupo de médicos, bomberos, rescatistas, voluntarios y ciudadanos convirtió los escombros en un improvisado quirófano y abrió un camino hacia la vida.
Paula salió. Su hijo Omar también. Y en medio de la devastación que dejó el terremoto, aquella calle de Cali quedó convertida en el escenario de una de las historias de supervivencia más conmovedoras de la tragedia.
