La palabra teriantropía ha ganado visibilidad en redes sociales, donde parte de la generación alfa expresa identificarse con animales no humanos y adopta conductas asociadas a distintas especies. A través de videos difundidos, se observan adolescentes que usan máscaras y se relacionan con su entorno imitando comportamientos animales, algo que describen como “una identidad innata” y no como una creencia o práctica religiosa.
Sobre el término teriantropía, la médica cirujana especializada en neurología, Mejive Majjul, explicó a SEMANA que proviene del griego therion, que significa “bestia” o “animal”, y anthropos, que significa “humano”; es decir, describe a una persona que se cree o se percibe como una bestia.

Aunque en países de América Latina, como Argentina y Uruguay, el término se ha difundido con mayor fuerza en los últimos años, sus antecedentes en este contexto se remontan a la década de 1990. En sus inicios, “algunas personas comenzaron a describirse como no completamente humanas y a identificarse internamente con animales, incluso adoptando su estética o comportamientos”, según explicó la experta.
Por ello, para quienes integran la comunidad therian, reconocer el animal con el que se sienten vinculados no se considera un juego, sino un proceso introspectivo significativo conocido como “el despertar”.

No obstante, este fenómeno podría tener una explicación mucho más profunda sobre las razones de esta tendencia. Al respecto, el destacado neurocirujano funcional y académico colombiano, el Dr. William Contreras, explicó a SEMANA que existen trastornos neurológicos y psiquiátricos bien documentados en los que la persona “puede sentir su cuerpo como ajeno, irreal, deshumanizado o incluso inexistente”.
“Esto ocurre cuando se alteran los circuitos que integran cuerpo, emoción e identidad, especialmente en regiones como la ínsula, el cíngulo anterior, la corteza parietal y las redes fronto-límbicas”, señaló el neurocirujano.

Además, según el especialista, estas manifestaciones pueden “observarse en trastornos de despersonalización, algunos cuadros psicóticos, epilepsia del lóbulo temporal, lesiones parietales y ciertas encefalitis. No es imaginación: es una alteración real de redes cerebrales que construyen la experiencia del ‘yo’”.
Pero, ¿por qué ha adquirido tanta relevancia esta tendencia? Según el Dr. William Contreras, durante etapas como la adolescencia, “los circuitos emocionales y motivacionales maduran antes que los de control y reflexión (corteza prefrontal), lo que favorece la exploración, la búsqueda de pertenencia y el uso de lenguajes simbólicos para explicar lo que se siente”.

En este contexto, “algunas identidades no convencionales funcionan como narrativas para dar sentido a emociones intensas, diferencias personales o malestar psicológico, especialmente cuando encuentran validación social o digital”.
Asimismo, el director del Departamento de Antropología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes, José Fernando Serrano, señala que hoy en día “las formas de identidad se complejizan, se multiplican y se desarrollan rápidamente gracias a las redes sociales y al entorno digital, de manera inesperada. Se mezclan lugares, idiomas y culturas que antes tenían dificultades para encontrarse. Se cruzan pasados y presentes”.

Finalmente, el Dr. Contreras señala que una evaluación clínica no es recomendable “por la identidad en sí”. Sin embargo, explicó que cuando aparecen señales de alarma —como pérdida del juicio de la realidad, deterioro funcional, sufrimiento intenso, conductas de riesgo, autolesiones, abandono del autocuidado o síntomas psicóticos—, lo fundamental “es valorar el insight, el funcionamiento, la estabilidad emocional y el contexto neurológico o psiquiátrico, sin intentar ‘corregir’ identidades simbólicas”.










