Los ciberataques no dan tregua y los incidentes registrados en los últimos días son una muestra de cómo han evolucionado las estrategias de los delincuentes informáticos. Sus objetivos ya no se limitan al robo de datos personales de usuarios comunes: cada vez es más evidente el interés por vulnerar grandes compañías, afectar sus operaciones y comprometer servicios esenciales.
Uno de los casos más llamativos se conoció en Francia, donde el banco Crédit Mutuel Arkéa informó que criminales lograron sustraer cerca de 100 millones de euros mediante operaciones fraudulentas.

El incidente, revelado el pasado 5 de noviembre, llevó a la entidad a suspender temporalmente algunas transacciones mientras adelanta las investigaciones correspondientes y busca recuperar los recursos.
Sin embargo, no es el único episodio reciente. El pasado 29 de octubre, la plataforma de intercambio de criptomonedas Binance sufrió un ataque que terminó con el robo de aproximadamente 6.300 millones de dólares en activos digitales. A estos hechos se suman los ataques informáticos contra los sistemas de refrigeración de supermercados en varios países de Europa.
¿Es posible un ataque a gran escala que afecte varios países?
Estos incidentes ponen sobre la mesa una preocupación cada vez mayor: ¿el mundo está atravesando una nueva ola de ciberataques? ¿Qué tan probable es que un ataque informático llegue a afectar servicios en distintos países? ¿Cuáles son las principales amenazas? Ante este panorama, SEMANA consultó a dos expertos en ciberseguridad para conocer su análisis sobre la evolución de estos riesgos y los escenarios que podrían presentarse.
Andrés Cajamarca, director de Ingeniería para Fortinet Colombia, aseguró que existe la posibilidad de que se produzca un ciberataque a gran escala, con capacidad para afectar simultáneamente a varios países y comprometer el funcionamiento de servicios esenciales.
Según explicó, uno de los principales motivos de preocupación son los ataques contra infraestructuras críticas. Por esta razón, gobiernos y empresas están reforzando sus mecanismos de protección mediante herramientas de inteligencia artificial y modelos de seguridad como Zero Trust, que buscan identificar amenazas, reducir vulnerabilidades y mejorar la capacidad de respuesta ante posibles incidentes.

“La profunda interdependencia de los servicios esenciales significa que un ataque focalizado, por ejemplo, a la red eléctrica o cadenas de suministro logístico, puede generar un efecto en cascada, afectando simultáneamente la salud pública, el suministro de agua y el sistema financiero de varios países”, señaló.
A esta advertencia se suma la de Ángel Salazar, gerente de Ingeniería de Seguridad de Canales en América Latina de Check Point Software, quien explicó a SEMANA que a medida que empresas y personas incorporan más herramientas digitales en sus actividades cotidianas, también aumentan los puntos que pueden ser aprovechados por los atacantes.
“Un atacante ahora puede investigar objetivos más rápido, generar contenido mucho más convincente, automatizar partes del ataque y hacerlo contra muchas más personas simultáneamente”, afirmó.
Ambos expertos coinciden en que la expansión de la conectividad y los nuevos modelos de trabajo han ampliado los riesgos para las organizaciones. Computadores, celulares, dispositivos conectados a Internet (IoT), servicios en la nube y diferentes plataformas tecnológicas hacen parte de un entorno cada vez más amplio y difícil de proteger.
En ese contexto, amenazas como el ransomware, el phishing, el robo de identidad y la explotación de vulnerabilidades representan desafíos crecientes. A esto se suma el uso de inteligencia artificial por parte de los hackers, quienes aprovechan esta tecnología para identificar objetivos, crear engaños más convincentes y automatizar ataques a mayor escala.

Las motivaciones detrás de estas operaciones también son diversas. De acuerdo con los especialistas, los grupos de ciberdelincuentes funcionan bajo un modelo globalizado y cada vez más especializado.
Mientras algunos buscan obtener ganancias económicas mediante el robo de credenciales, datos personales e información financiera que después pueden vender o utilizar para extorsionar, otros persiguen objetivos de espionaje, apropiación de propiedad intelectual o acceso a información estratégica para desestabilizar gobiernos y favorecer determinados intereses geopolíticos.
Esta evolución también se evidencia en el ransomware, una modalidad que ya no consiste únicamente en bloquear el acceso a los sistemas para exigir dinero a cambio de liberarlos. Ahora, los atacantes también roban información confidencial y amenazan con divulgarla si las víctimas no acceden a sus exigencias, una práctica conocida como doble extorsión.
Por su parte, Salazar advierte que el mayor riesgo de un ciberataque a gran escala no necesariamente sería dejar sin internet a millones de personas. El escenario que considera más relevante está relacionado con la dependencia que existe entre empresas, proveedores tecnológicos y servicios digitales.

En otras palabras, un ataque contra un proveedor de servicios en la nube, un componente de software o una infraestructura compartida podría comprometer al mismo tiempo las operaciones de numerosas organizaciones, incluso si estas no fueron atacadas directamente. Esto generaría un efecto en cadena capaz de extender las afectaciones a distintos sectores y países.
Ante este panorama, la ciberseguridad no puede concentrarse únicamente en evitar los ataques. También debe fortalecer la capacidad de las organizaciones para identificar las amenazas a tiempo, contener sus efectos y recuperar sus operaciones en el menor tiempo posible.
