En Cantos de la Tierra —un espacio de encuentro centrado en los saberes ancestrales y la medicina tradicional de plantas, guiado por el Taita Manuelito— la escucha es una práctica esencial. El sonido no se entiende allí como un recurso estético, sino como una estructura viva: memoria que vibra, energía que organiza, una herramienta capaz de alterar la conciencia. La música se convierte en un puente entre los reinos visibles e invisibles.

Este espacio ejerce su fuerte influencia en el músico Montoya y en su más reciente trabajo musical, Tayta, de ocho pistas publicado por ZZK Records. Uno que, ya disponible, recorremos pista por pista.
La pieza de apertura del disco, “Putumayo”, le marca el camino a quien escucha este trabajo, señalando un movimiento geográfico y perceptivo hacia el sur mediante el uso de voces sampleadas y texturas de sintetizadores. Tayta se apoya en ritmos elásticos y un vibrante fraseo de marimba para sugerir una nueva forma de existencia, que se aferra a la inocencia y enfrenta lo desconocido con humildad, reconociendo la fuerza ambivalente de la naturaleza, a la vez luminosa y abrumadora.
A continuación, “Fantasía” –que cuenta con las voces etéreas de la estrella italiana Elasi sobre un flujo rítmico minimalista– cuestiona las expectativas que proyectamos tanto en la práctica ritual como en nuestras propias vidas.
Por su parte, “Oddu” es una pegajosa colaboración con el productor y DJ italiano Clap! Clap!, y dialoga con la tradición Yoruba y su comprensión de la muerte como parte de la vida a través de invocaciones corales y un groove enérgico.


“La Danza del Sapito” se articula sobre un pulso de house hipnótico y samples de flauta con efectos glitch, surgiendo de la intensidad del Kambò, una práctica medicinal tradicional amazónica que utiliza el veneno de una rana arbórea, dejando una huella física y emocional en el cuerpo en un profundo ciclo de purificación.
La artista de neo-soul de Buenos Aires, Alumine, se une a Montoya en “Brillar”, aportando voces delicadamente procesadas que nos invitan a trascender los mandatos personales como un acto radical de confianza en el proceso creativo.
“Conoto Yopú” imagina el cierre de un ciclo de saberes compartidos, donde la esencia sonora del pájaro mochilero se manifiesta a través de una kalimba, flautas y violines. Finalmente, el paisaje sonoro surrealista de “Mocoa” abre con cuerdas evocadoras, que se entrelazan con melodías espaciales de sintetizador para invocar la infancia como un pilar fundacional de la identidad: un centro de calma que resuena a lo largo de toda la vida.


Más que documentar una experiencia espiritual, Tayta la traduce. Con un profundo respeto por los territorios y las prácticas que lo inspiran, el álbum se manifiesta como un territorio íntimo donde los ancestros custodian cada sonido, dotándolos de una memoria que no pertenece enteramente a este presente.
El lenguaje visual del álbum es una extensión de la música: el artista mexicano Diego Ocote juega con el tejido artesanal de cuentas de chaquira como una metáfora de cómo cada tema se construye a partir de células sonoras individuales que forman patrones y capas hasta converger en una sola composición coherente, mientras que un fondo cósmico transmite la infinitud del tiempo. Las impactantes fotografías de Vladimir Encina muestran a Montoya fundiéndose con el paisaje selvático donde este disco cobró vida.


