Pacífico, escrita y dirigida por Riccardo Gabrielli, se rodó en su mayoría en Malpelo, más precisamente en sus alrededores. Malpelo es un santuario de flora y fauna situado a 490 kilómetros de Buenaventura, que equivale aproximadamente a 40 horas en barco.


Durante el recorrido, hay un momento clave en que el capitán del barco, encargado de llevar a la locación al elenco y al crew de la película, hace un último llamado para confirmar que todos están en óptimas condiciones. Van a cruzar un punto de no retorno. Malpelo está tan alejado que un helicóptero no puede llegar en caso de una emergencia. La isla es una formación de piedra inhóspita y, según se expresó en la premiere de la película, está prohibida para visitas. En caso de una emergencia, la única opción es regresar, teniendo en cuenta que están a muchas horas de tierra firme.
Así pues, decir que es una aventura ir a Malpelo se queda corto... más aún, ¡atreverse a rodar una película ahí! ¿Lo ameritaba? Habiendo visto la producción, la respuesta es sí. La imponente inmensidad del pacífico y la bioriqueza característica de esa zona son muy bien aprovechadas, en su belleza y angustia. Y se suma el acierto de hacer de esa gran roca casi una coprotagonista, lo que justifica completamente la decisión de rodar ahí.


Pacífico nos muestra a un grupo de buzos que deciden ir a explorar las distintas rutas que hay en Malpelo, entre las que se encuentran algunas de las más bellas del mundo, siendo Malpelo en sí un enorme santuario de tiburones. Los que emprenden este viaje lo hacen para bucear varios días seguidos, y así se da en esta historia, con días planeados de tres inmersiones, si el clima lo permite...
Esta es una experiencia que cambia a las personas, dice el capitán del barco, y no es para menos. La mezcla entre la lejanía, la sensación de vulnerabilidad que esto acarrea, y la hermosa e implacable naturaleza son avasalladoras. Y en su primera parte, Pacífico nos da muestras, pequeñas dosis de esta riqueza submarina: cardúmenes de distintas especies, tiburones martillo, formaciones submarinas…
El buceo es una práctica que acarrea muchos riesgos, por lo cual mantener una estricta disciplina y seguir las normas a cabalidad son prioridad. Cualquier pequeño capricho puede perjudicar a todo un grupo de buceo, y más en un lugar tan remoto como este.
Y claro, eso es exactamente lo que aquí sucede. Estando a punto de culminar la expedición de buceo, una suma de malas decisiones expone al grupo a una situación que les cambiará la vida, si sobreviven. Lo que comienza, y casi termina, como un espléndido viaje de buceo, se transforma en una experiencia que, como expresó previamente el capitán, cambiará la vida de los involucrados, pero esta vez no por lo espiritual que resulta el buceo.


La tensión se siente durante casi toda la película, y atrapa al espectador. No sólo narrativamente hablando, también desde la fotografía, que juega un rol muy importante en esta producción. Con su color, planos y encuadres, la película nos lleva desde la belleza e imponente naturaleza hasta la angustia.
Y no duele en absoluto que cuente con un elenco notable, integrado Juan Pablo Raba, Carolina Guerra, Marlon Moreno, Tata Ariza, Sebastián Eslava, Elkin Díaz, Nicolás Montero y Luis Fernando Hoyos, entre otros. Ellos se encargan de llevar al espectador a este intenso viaje. Ahora, el espectador debe encargarse de ir y experimentarla en pantalla grande.
