A pesar de la nubosidad al comienzo del día, la suerte estuvo del lado de todos. Pasado el mediodía, el sol se abrió para dar la bienvenida a la segunda jornada de este quinto Festival Cordillera. A pesar de su imprevisible clima, Bogotá se dejó querer. Aunque el tráfico no perdonó.
Luego de algunos cuellos de botella en la entrada (después de controles, filtros y estaciones), el ingreso se logró de manera ordenada y fluida, y ese mundo musical en español que ha estado ocurriendo por media década en Bogotá, se abrió en su esplendor a sus asistentes. Los seis escenarios que componen esta cadena montañosa de matices estaban listos: Briela Ojeda y Árbol de Ojos originaron la chispa de esa hoguera que acoge a todos; prepararon lo que sería una ascensión memorable. Honestidad, responsabilidad, compromiso y fuerza se vieron en los escenarios Cordillera y Cotopaxi en ese momento; la apertura estuvo más que a la altura y preparó todo lo que vendría después.


Posteriormente, Draco Rosa apareció como una de las primeras estaciones de la escalada a esa cadena montañosa. Canciones como Penélope, Blanca mujer, Vagabundo sonaron a partir de las 3:45 de la soleada tarde, que de cierta manera contrastó con la presentación del puertorriqueño, algo bohemia e íntima, y cuyo sonido presentó algunos problemas al comienzo de la jornada (tal vez uno de los pocos lunares del festival). No por ello dejó de ser un show emotivo y vinculado con la banda sonora de la vida (como suele ocurrir) y alguno que otro recuerdo para quien lo ha estado escuchando a lo largo de los años. Más tarde, quizá hubiera funcionado de otra manera.
Vale la pena mencionar a Cumbieros x María Fuell, que en escenario de Coca-Cola, sábado y domingo, brindaron energía, calor y sabor a quienes buscaban alternativas de sonidos y ritmos.

La variedad es la mayor riqueza del Cordillera (sí, el agua moja). Y muy cerca de este escenario, en Cocuy, Jarabe de Palo plantó su bandera para decir que hay vida después de Pau Donés y no por ello se le olvida y se le extraña. El boricua Pedro Capó tomó el micrófono para interpretar las canciones de los catalanes, y junto a David Muñoz (guitarra), Jordi Vericat (bajo), Álex Tenas (batería), Jaime de Burgos (teclados) y Jimmy Jenks Jiménez (saxofón) abrieron una puerta a recuerdos y épocas: El lado oscuro, Agua, Bonito, Grita y La flaca, por mencionar solo algunas, impulsaron un ascenso más hacia la cima de la montaña de sonidos. Coros, baile, abrazos e incluso lágrimas hicieron más especial ese encuentro entre artistas y público, todos cobijados por el espíritu de Pau Donés, quien apareció en la pantalla de fondo con sus palabras y maneras de ver la vida. Bonito.


La cadena montañosa siguió una vez más en el Cotopaxi: Dante Spinetta entró con una tromba de funk y alborotó al público. Infortunadamente, también tuvo problemas de sonido, sobre todo con el micrófono; pero ello no impidió que lo dejara todo en el escenario y mostrara sus cualidades musicales (tu viejo te educó bien). Sudaka, Pensando en ella, Mostro, Maldito frenesí dieron cátedra de funk, disco y hip hop; Spinetta y un sexteto de genios brindaron un repertorio que no dejó a nadie quieto… Para ese momento, el sonido mejoró considerablemente (¿o nos acostumbramos?), en la cresta de la ola, Dante no lo evitó: evocó tiempos pasados junto a “un viejo amigo” (que se presentó el sábado) y soltó Coolo, uno de sus clásicos con Illya Kuryaki, y terminó de desatar el baile; todos movimos el coolo. Luego pidió gemidos en lugar de coros, y los más osados lo siguieron, incluso hasta el final de la presentación. Para ese momento, ya se habían escalado varios miles de metros sobre el nivel del mar.

Apenas hubo tiempo para tomar aire y recibir más música: los españoles Mago de Oz se abordaron el escenario Aconcagua con Abracadabra y continuaron con Molinos de viento, Fiesta pagana, La danza del fuego, La costa del silencio, Hasta que el cuerpo aguante, una invitación a continuar con la celebración del festival. Además de su ya reconocido folk y heavy metal, cabe resaltar su mensaje de igualdad, inclusión y respeto a la diversidad en todos los ámbitos: la pantalla gigante a sus espaldas proyectó la bandera LGTBIQ+ mientras los gritos del público colmaron el parque en apoyo a la igualdad. La música para todos.
Detrás de los cerros está Caifanes
Para algunos, otra estación; para otros, la cima: la banda mexicana no se guardó nada y comenzó con Aquí no es así; más latinoamericano imposible. Un repertorio rico en historia: Para que no digas que no pienso en ti, Miedo, Fin, Los dioses ocultos, la jaguariana Detrás de los cerros, Viento, Cuéntame tu vida (en palabras de Saúl Hernández, inspirada y dedicada a los perros callejeros), Mátenme porque me muero.

Una mención especial y emotiva merece la canción Antes de que nos olviden, dedicada a las víctimas del terremoto ocurrido el 10 de agosto; mientras la interpretaron, en las pantallas se proyectaron imágenes en blanco y negro del infortunado evento a manera de homenaje respetuoso. Hermandad a flor piel.
Saúl Hernández, Alfonso André, Diego Herrera, Rodrigo Baills y Marco Rentería dejaron con ganas de más al público: Nubes, No dejes que…, Afuera, entre más himnos, dejaron más que claro que son leyendas vivas del rock en español y que existe un vínculo inquebrantable entre ellos con Colombia. Larga vida a los Caifanes.

Puerto Rico, segunda parte

Luego de la descarga de los Caifanes, hubo un momento de plenitud, pero que no le restó emotividad… Después de un breve silencio, la voz, LA voz, de Kany García atrajo al público fluctuante. DPM (o De puta madre) hizo cantar a todos en una sola voz, identificación, empatía, reconocimiento; hipnosis colectiva con la voz y la guitarra de García. Lágrimas y besos surgieron gracias al setlist de la puertorriqueña: Hoy ya me voy, Para siempre, Te lo agradezco, A la niña que fui, Confieso, Huir (una declaración de afirmar quien uno es, sin tener que escapar o fingir ser alguien más), entre otras canciones, que se destacaron por su fuerza y sobriedad. Poco antes de terminar, García renovó sus votos con este país al interpretar Fruta fresca, de Carlos Vives… con Carlos Vives. De la sobriedad al baile. Qué voz tiene Kany García.

Cuando estaba terminando su presentación, otro boricua saltó al escenario Cordillera y absorbió a la gran mayoría del público asistente al parque Simón Bolívar: Ricky Martin volvió al país después de cuatro años, y de qué manera. Una escenografía compuesta por tarimas, escaleras y plataformas con músicos y bailarines. ¿Y el repertorio?, un recorrido por su carrera: Pégate, María, Shake Your Bon-Bon, La bomba, She Bangs; pop en estado puro.
No se conocen las condiciones del pacto entre Martin y el diablo, pero ahí debe haber algo para poder cantar y bailar sin pausa, y en la altura de Bogotá. Y con todo y la fuerza que tiene el pop latino que ha dado al mundo desde varias décadas, dejó espacio para la balada Tu recuerdo (famosa por su versión al lado de La Mari); para ese momento, todo el parque cantó al unísono. La música de Ricky Martin ha estado presente directa o indirectamente en muchos. Éxitos como Vente pa acá, Livin’ la vida loca y The Cup of Life vibraron en alma y pulmones de todos. Te guste o no, has escuchado a Ricky Martin en algún momento de tu vida.


Ya se habían presentado Draco Rosa y Pedro Capó, la segunda parte la escribieron Kany García y Ricky Martin. Esta fue la cima de la cordillera; la escalada valió la pena.
¿El final?
No obstante, este no fue el final. Cuando se está en la cima, lo que se puede hacer es permanecer ahí, contemplando todo. Y acá la contemplación llegó de otra manera… En forma de aplanadora: en el Aconcagua, Panteón Rococó sacudió el aire con ska y punk (alguito de salsa también) que pocos saben hacer, no por nada esta banda mexicana ha sido invitada a grandes festivales en el mundo. Con bandera del St. Pauli en el fondo del escenario, el público se sacudió con una descarga de energía que a esas alturas muchos necesitábamos: Estrella roja, Esta noche, La carencia, La dosis perfecta y más retumbaron. Acá, los mexicanos, liderados por Luis Ibarra, el Dr. Shenka, brindaron un mensaje de igualdad entre personas y naciones (incluido un llamado a la paz en Gaza). Y antes de irse, sonaron una versión de Cariñito, tan popular en varios países del sur de América. Qué zarandeada dieron.

A pesar de la hora de la ya madrugada del lunes, varios valientes se quedaron para terminar la fiesta con Los Amigos Invisibles; la banda liderada por Julio Briceño y José ‘Catire’ Torres dejaron todo en el escenario Cocuy, la energía no se podía terminar. Juntaron himnos como Mentiras, En cuatro, La que me gusta, Qué rico con material más reciente como Wiki Wiki y Me espera. Hubo (y hay) fiesta después de la fiesta... Y esta banda venezolana es experta en eso.
En la cima todo se ve mejor. Y sí, se reitera que la aventura de escalar valió la pena y hay que repetir los ascensos las veces que se necesario. Gracias, música.
*Crónica de Sergio Rubiano Romero.
