En 2026, cuando las conversaciones sobre identidad, territorio y representación cultural ocupan un lugar central en Colombia, la figura de Julián Pinilla, conocido como El Chico de la Ruana, adquiere una relevancia particular. Con apenas 25 años, ha logrado articular redes sociales, emprendimiento y acción social en torno a una apuesta clara: resignificar lo campesino en un país que históricamente lo ha relegado.
Pinilla no solo es uno de los creadores de contenido más visibles del país, con más de 6 millones de seguidores en sus redes, sino también el impulsor de un restaurante en el corazón de Bogotá, una marca de ropa en construcción y una narrativa digital que conecta con millones de personas desde lo auténtico. Su historia, sin embargo, no responde a un plan trazado con precisión, sino a una suma de intuiciones, decisiones arriesgadas y una fuerte raíz familiar y territorial.


Ubicado en La Candelaria, La Tierrita del Berriondo no es simplemente un restaurante: es una puesta en escena de la cultura boyacense trasladada a la capital. El proyecto nació como una idea lejana, casi improbable, pero terminó consolidándose en tiempo récord.“Era un sueño que tenía desde hace muchos años. Que la gente en la ciudad se enamorara de la cultura boyacense, de la cultura campesina. Quería mostrar ese lado de Colombia que muchas veces está olvidado: el de los campesinos, el de las personas que trabajan todos los días”, explica Pinilla en conversación con SEMANA.
El lugar propone una experiencia que combina gastronomía tradicional, bebidas como guarapo y chicha, y una narrativa estética que remite al campo. Para muchos visitantes, se trata de un primer acercamiento a una cultura que, fuera de sus territorios de origen, suele ser desconocida o simplificada.Su inauguración, a inicios de 2026, superó cualquier expectativa.

Pinilla reconoce que el miedo al fracaso lo acompañó hasta el día de la apertura. Sin embargo, la respuesta del público fue inmediata y desbordante. “Yo tenía mucho miedo de que no fuera nadie. Me hacía películas de que el restaurante iba a fracasar a los dos meses. Pero el primer día llegué y había filas de dos o tres cuadras. Fue impresionante”, recuerda.

El éxito también dejó al descubierto las limitaciones operativas del inicio. Con un equipo reducido, la demanda superó la capacidad de respuesta y generó momentos de tensión. Aquella experiencia, lejos de ser solo una anécdota, se convirtió en una lección sobre el manejo del servicio y la importancia de la empatía que aplica con convicción. Hoy, el restaurante emplea a 37 personas y se ha consolidado como un espacio de oportunidades laborales, especialmente para jóvenes, y de perfiles que no siempre encuentran cabida en el mercado formal. La apuesta, en ese sentido, trasciende lo gastronómico y se inscribe en una lógica social más amplia.
Redes sociales: del azar a la identidad
El camino de Pinilla en redes sociales no responde a una estrategia premeditada. Su ingreso al mundo digital ocurrió en 2020, en medio de la pandemia, impulsado más por el ocio que por una ambición profesional. “Nunca me imaginé trabajar en redes sociales. Empecé por aburrimiento y por presión de mis hermanas. Hice un primer video que tuvo como 100 vistas. Ahí le cogí gusto y empecé a grabar todos los días”, cuenta.
Ese ejercicio constante, inicialmente paralelo a sus estudios universitarios, terminó convirtiéndose en su principal plataforma de expresión. Con el tiempo, encontró en la autenticidad su mayor fortaleza: mostrarse tal como es, con su acento, su historia y, sobre todo, con su ruana. Ese elemento, que en otro momento fue motivo de vergüenza, se transformó hoy en símbolo de identidad.


“Antes me daba vergüenza usar la ruana, incluso a mi familia. Hoy es un símbolo de orgullo. He entendido que lo más valioso no es lo lujoso, sino lo auténtico”, afirma.La decisión de reivindicar ese símbolo no estuvo exenta de críticas. Algunos sectores, incluso dentro de su propia región, cuestionaron la representación. Sin embargo, Pinilla insiste en que el ejercicio no busca simplificar la identidad, sino reconocerla.Su contenido, además, ha evolucionado hacia una dimensión social. Las ayudas económicas, los proyectos comunitarios y las iniciativas colectivas se han convertido en parte central de su narrativa.
Frente a las críticas que señalan un uso instrumental de la solidaridad en redes, su postura es clara: “Creo que la gente sabe identificar cuando algo se hace de corazón. Sí me molesta cuando se usa la ayuda solo por views, pero también pienso que si eso inspira a otros a ayudar, bienvenido”, sostiene.
En ese equilibrio entre visibilidad y propósito se mueve su propuesta, que conecta especialmente con audiencias jóvenes.

Emprender desde la raíz

Más allá del restaurante y las redes, Pinilla trabaja en la consolidación de una marca de ruanas: Gonitico Ruana. El proyecto busca no solo modernizar la prenda, sino dignificar el trabajo de los artesanos que tejen. “La idea es dignificar el trabajo artesanal. Quiero pagar mejor a los artesanos y mejorar sus condiciones de vida. También modernizar la ruana sin perder su esencia”, explica.
El reto es complejo. La escasez de mano de obra, la pérdida de saberes tradicionales y las dificultades en la cadena productiva representan obstáculos significativos. Sin embargo, el proyecto responde a una preocupación más profunda: la desaparición de prácticas culturales que han sido históricamente invisibilizadas.
Esa misma lógica atraviesa sus iniciativas sociales. Desde el apoyo en la construcción de una escuela rural hasta proyectos de apoyo comunitario, Pinilla ha orientado su visibilidad hacia acciones concretas. “Más que premios o dinero, quiero seguir ayudando. Sueño con construir más escuelas, hospitales y proyectos sociales.

También quiero volver al campo, tener mi finca y crear un refugio para animales”, dice. Su historia personal explica, en buena medida, esa inclinación. Criado en Chiquinquirá, en la vereda de Sasa, en una familia unida y con valores marcados por la empatía, reconoce en su entorno el origen de su visión. “Crecí en una familia muy unida. Todos me fueron sembrando esa cosita de querer ayudar. Recuerdo que mi mamá, así no tuviera mucho, siempre ayudaba a alguien. Eso se me quedó grabado”, recuerda.

Ese vínculo con el territorio y con las prácticas rurales no solo define su discurso, sino también su proyección. En un contexto en el que lo digital tiende a homogenizar identidades, Pinilla propone una narrativa que vuelve a la raíz.La trayectoria de Julián Pinilla se sitúa en un punto de cruce entre cultura, emprendimiento y redes sociales. Su caso ilustra una transformación más amplia: la posibilidad de que las nuevas generaciones reinterpreten lo tradicional desde plataformas contemporáneas.
