En un momento de transición personal y profesional, Germán Córdoba, director nacional del partido Cambio Radical, hace presencia en la escena cultural nacional con una fuerte certeza: la de encaminar su vida, marcada por décadas en el servicio público y el mundo político, hacia un territorio protagonizado por la construcción de un refugio lleno de libros.
El lanzamiento de su novela Cortafuegos llega este año como la confirmación de una vocación que lo ha acompañado desde siempre y que hoy busca convertirse en destino. SEMANA conversó con el autor.


Una vida atravesada por la lectura
La relación de Córdoba con los libros nació como una especie de imposición familiar que, con el tiempo, se convirtió en una necesidad. “En mi casa había que leer o leer. Yo era el vago, el que no leía, el callejero, el gamín, mientras que mis hermanos eran juiciosos. Pero los libros siempre estuvieron ahí, incluso cuando yo era el más quedado de mis lecturas”, recuerda.

Esa distancia inicial se transformó en cercanía durante la adolescencia, cuando descubrió la obra de Andrés Caicedo. “Creo que la primera lectura que a mí me conectó fue a los 15 años con Andrés Caicedo. Sus cuentos me encantan, tengo discusiones con quienes dicen que es sobrevalorado, pero a mí me enseñó mucho. Sus cuentos son fantásticos”, afirma.
Desde entonces, la lectura dejó de ser un hábito impuesto para convertirse en una práctica cotidiana e irrenunciable. Córdoba se define como un lector voraz y disciplinado: si un libro no logra atraparlo en una semana, lo abandona; si lo hace, lo devora. “Ya en la adultez soy un lector voraz. Todos los días tengo que leer. Leo mucho, me gusta mucho, tengo pasión por los libros”, dice.

Esa pasión se expresa también en una relación casi ritual con el objeto libro: no lo subraya, no lo presta y conserva cada ejemplar con un cuidado obsesivo. “Soy un comprador compulsivo de libros: compro más de lo que leo. No los rayo, los cuido, no los presto porque los destrozan”, admite.
Escribir por necesidad
Naturalmente, la escritura para Germán se convirtió en su destino, como él mismo la define, una urgencia. “Un día leí a Cortázar que decía: ‘Si uno puede dejar de escribir y seguir viviendo, no escriba nunca’. Entonces, escribir es una necesidad para mí”, afirma.
Su primer libro, El fragor de la leña verde, fue el resultado de ese impulso, una forma de narrar los años convulsos que marcaron a su generación. “Yo solo quería hacer 100 libros y regalarlos, y la vida me cambió. Creerse escritor es algo que todavía me cuesta, pero es de las cosas más lindas que me han pasado después de ver nacer a mis hijos”, confiesa.


En ese tránsito, una figura resultó determinante. Mauricio Lleras, librero, fundador de Prólogo y mentor, cuya influencia atraviesa tanto su vida como su literatura. “Para mí esa librería fue un refugio. Yo iba los viernes por la tarde a esconderme allá. Mauricio tenía la capacidad de recomendarte libros empezando por lo que tú eras. Nos hicimos amigos, y cuando murió me dejó una tristeza enorme”, recuerda.
Ese vínculo explica fuertemente una de sus afirmaciones más contundentes de su nueva novela, Cortafuegos, en la que asegura que “tener un librero de confianza es más importante que tener un cardiólogo, un abogado o un plomero”. “Hoy no tengo un librero de confianza y me ha hecho mucha falta. He leído mucha pendejada, he perdido el tiempo. Construir esa relación no es fácil. Un cardiólogo, uno lo busca en un directorio, pero construir amistad con un librero es muy difícil”, agrega.


Cortafuegos: amistad, fracaso y redención
Su nueva novela, Cortafuegos, condensa buena parte de sus obsesiones: la literatura como refugio, la amistad como sostén y la crisis personal como punto de partida. “El personaje inspirador es Mauricio Lleras. Yo quería mostrar las librerías como refugios, como los libros. Morales es un tipo que a los 40 años fracasa como esposo, como político, como amante y como escritor. Se le desbarata la vida. Y lo salva un librero, la amistad”, explica.
La novela construye una triada de personajes que encarnan distintas formas de habitar el mundo contemporáneo: el librero, el hombre en crisis y el joven milenial. “Hay una amistad entre tres personajes muy distintos: el librero viejo, el fracasado de 40 y el milenial. Para mí, la amistad es el sentimiento más poderoso que puede sentir un ser humano, más que el amor. Es desinteresada”, sostiene.

Esa reflexión conecta con su propia experiencia vital, en la que la amistad ocupa un lugar central. “Yo creo que lo que mejor he sido en esta vida es ser amigo. Soy un buen amigo. Todo lo bueno que me ha pasado ha sido gracias a mis amigos. Yo estoy donde estoy por ellos”, afirma.
Y añade, con una carga emocional evidente: “Me duele mucho cuando mueren. Mientras escribía este libro, murió un amigo mío de un infarto. Hablamos por la mañana y por la tarde ya no estaba. Eso es muy duro”.
En ese sentido, Cortafuegos se configura como una oda a la amistad en la madurez, un territorio menos explorado en la literatura. “La amistad cambia con el tiempo. No es lo mismo. Pero para mí sigue siendo lo más importante. Esta novela es otra oda a la amistad. Son personajes que se encuentran sin querer y terminan ayudándose.

La amistad nace sin pretensiones y se vuelve fundamental”, señala.La ciudad también desempeña un papel clave en su novela. Bogotá aparece como un espacio hostil y, al mismo tiempo, lleno de posibilidades. “Bogotá es una ciudad que no recibe fácilmente a los provincianos. Uno llega asustado. Pero, cuando aprende a moverse, es maravillosa. No se necesita mucha plata para disfrutarla. Es dura, te come o tú te la comes, pero tiene una oferta cultural enorme”, describe.Así, Cortafuegos sintetiza sus pasiones: “Para mí, los libros son un cortafuegos. Ese es el sentido. Son un refugio, un escape, una oportunidad de crecimiento personal”.

De la política a su propia librería
La publicación de Cortafuegos coincide con una etapa de redefinición personal. Córdoba no oculta que su ciclo en la política se acerca a un cierre definitivo. “El camino político ya se acabó. Yo vivo agradecido con lo que he podido hacer, pero ya tengo claro que tienen que venir otras generaciones. Este proceso se va a acabar”, afirma con claridad.
En su horizonte aparece un proyecto que, más que un plan estructurado, es una convicción: convertirse en librero. “Mi sueño hoy es tener una librería. No es un proyecto todavía, pero está en la mente completamente presente. Es casi una obsesión, porque lo que más me gusta hacer en la vida es recomendar libros”, dice.

Y la idea, aunque es un proyecto, no es una idea menor. Germán imagina su propia librería en un pueblo, acompañada de una biblioteca para prestar libros y, quizá, de un sistema que permita compartirlos sin perderlos. “Quiero un sitio donde alguien pueda ir y uno recomendar un libro. Tener una librería así aunque no venda un libro al día. Con que entre una persona ya valió la pena”, afirma.
En medio de ese tránsito, su participación en la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026 marca el inicio de la circulación de su nueva obra. “La Filbo es un evento maravilloso. Yo quiero que la gente vaya, que lleve a los niños y les compre libros. Hoy los libros compiten con los celulares y eso es terrible. No puede pasar que los niños no lean”, advierte.

Al final, Cortafuegos, insiste, es una invitación a redescubrir el valor de la lectura: “Es una novela donde uno se puede reír, sufrir, donde hay mucho de Pasto, de Bogotá, de fútbol. Es una novela que se lee fácil. Ojalá la gente encuentre ahí un refugio, un cortafuegos”.
Más allá del escritor o del político, Córdoba parece definirse por una aspiración sencilla y, al mismo tiempo, radical: habitar el mundo de los libros desde otro lugar. Uno en el que, lejos de la urgencia pública, la conversación íntima entre lector y librero pueda seguir existiendo.
