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| 1/6/2019 12:47:00 AM

AMLO y Bolsonaro: la encrucijada de 2019

Con la llegada de Jair Bolsonaro a Brasil y de Andrés Manuel López Obrador a México, las dos economías más grandes de la región toman rumbos diametralmente opuestos en apariencia. ¿Qué repercusiones tendrá ese antagonismo en América Latina?

AMLO y Bolsonaro: la encrucijada de 2019 Los votantes de AMLO y Bolsonaro los eligieron con la esperanza de que cambiarían la política tradicional. En el caso del brasileño, sus seguidores comparten la admiración de su caudillo por Estados Unidos. Foto: GETTY IMAGES

En 2019 vendrán cambios cruciales para América Latina marcados por la polarización entre derecha e izquierda. Brasil y México, las dos principales potencias de la región, pasaron en 2018 por procesos electorales que suponen un antes y un después tanto en sus políticas internas como en su posicionamiento internacional. La victoria de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en México fue un revulsivo para la golpeada izquierda latinoamericana ante la decadencia de los gobiernos de ese modelo. Por otro lado, el ascenso en Brasil del ultraderechista Jair Bolsonaro, quien se posesionó la semana pasada, ha sido tomado como el último capítulo del giro a la derecha del continente, aunque su estilo es muy diferente al de otros mandatarios con esa orientación política.

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Los analistas señalan que tanto AMLO como Bolsonaro tienen grandes diferencias que, en el corto plazo, podrían traer cierto equilibrio a la región. Ambos se las arreglaron para capitalizar el descontento que produjeron la enorme corrupción de los últimos años, la inseguridad y el creciente nivel de violencia, males que sin duda desmoralizaron tanto a la sociedad mexicana como a la brasileña.

Las alianzas estratégicas de ambos países también podrán transformar el panorama latinoamericano, particularmente su relación con Estados Unidos y China.

Así mismo, sus campañas se basaron en ataques contra un sistema político que prometieron cambiar por completo. Pero aunque se muestren como outsiders, cargan con una carrera política de larga data. AMLO fue miembro del Partido Revolucionario Institucional (PRI), durante cinco años gobernó la Ciudad de México y aspiró a la presidencia en las últimas tres elecciones. Bolsonaro, por su parte, fue congresista durante casi tres décadas y tres de sus hijos son políticos exitosos con escaños en el Congreso. Ambos cuajaron en la narrativa del candidato antiestablecimiento porque entendieron que esa era la forma más efectiva de llegar al poder.

¿Líderes regionales?

El llamado “giro a la derecha” latinoamericano del que hablan los medios llegó por cuenta de una tendencia que culminó con la elección de Bolsonaro, pero que venía precedida por las victorias de Mauricio Macri en Argentina, Sebastián Piñera en Chile, Iván Duque en Colombia y Lenín Moreno en Ecuador. Y aunque es problemático meter a esos gobernantes en la misma bolsa, al menos en materia económica y en su cercanía con Estados Unidos se espera que estén más o menos alineados. En todo caso, la consolidación de un posible bloque de derecha bajo la batuta de Bolsonaro resulta poco factible, pues posiciones como la negación del cambio climático, sus declaraciones misóginas y homofóbicas y su talante ultrarreligioso no caen bien en otros países más moderados como Argentina, Chile y Colombia.

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Por su lado, AMLO tampoco ha mostrado señales de querer convertirse en un faro de la izquierda continental. Al respecto, SEMANA consultó a Yadira Gálvez, politóloga de la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam): “Con un Brasil inmerso en sus problemas internos, como la crisis económica, los escándalos de corrupción y el encarcelamiento del expresidente Lula da Silva, todo estaría listo para que se convirtiera en un líder regional, pero habría que ver si López Obrador se anima. Durante la campaña presidencial señaló que la mejor política exterior es la política interior, al tiempo que él y su equipo han dicho que van a plegarse a los principios constitucionales de política exterior, haciendo particular énfasis en el tema de la no intervención”, explica.

Lo cierto es que para poder asumir cualquier liderazgo exterior, primero tienen que resolver los problemas internos y las polémicas que ya han empezado a despertar con sus decisiones.

Ambos cuajaron en la narrativa del candidato antiestablecimiento porque entendieron que esa era la forma más efectiva de llegar al poder.

López Obrador está enfrentado con la Suprema Corte de Justicia por su iniciativa de reducir el salario de los altos funcionarios, entre ellos los magistrados de esa Corte. Ese es solo el primero de los pulsos esperables entre una Corte tradicionalmente conservadora y un gobierno que se ha presentado como reformista. Además, ya lo están acusando, incluso dentro de la misma coalición, de querer militarizar al país con la creación de un nuevo cuerpo armado, la Guardia Nacional, que prevé sustituir a las Fuerzas Armadas en las labores de seguridad pública y reclutar a unos 50.000 jóvenes.

Andrés Manuel López Obrador se posesionó en medio de una ceremonia indígena.

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Por el lado de Bolsonaro, medidas como liberar el porte de armas para quienes no tengan antecedentes, la renuncia a ser sede de la Cumbre Mundial del Clima de finales de este año o darle al Ministerio de Agricultura la potestad de demarcar las zonas indígenas, están generando fricciones con las fuerzas más liberales que empezarán a atacarlo por todos los frentes.

Los dos mandatarios se están dando cuenta de que la polarización es efectiva para llegar al poder, pero una vez allí es un lastre para ejercerlo.

El tema de Venezuela

Aunque no compartan fronteras, Venezuela será crucial para López Obrador. Si quiere evitar aislarse del Cono Sur tendrá que definir su posición frente al gobierno de Nicolás Maduro. Mientras Enrique Peña Nieto impulsó iniciativas diplomáticas contra el régimen del discípulo de Hugo Chávez, AMLO parece querer girar esa nave 180 grados. Ha señalado que se apegará al principio de no intervención en los asuntos internos de los Estados y que primará el respeto. Incluso invitó al venezolano a su posesión presidencial (donde los mexicanos le gritaron “dictador”), y con respecto al gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua tampoco ha hecho pronunciamiento alguno.

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Mientras tanto, Bolsonaro no se cansa de condenar la crisis de Venezuela, de la cual ha echado mano para encumbrar su figura política. La semana pasada se reunió con el secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, con quien habló de implementar un frente común para “restablecer la democracia” en Venezuela.

China o Estados Unidos

Las alianzas estratégicas de ambos países también podrían transformar el panorama latinoamericano, particularmente su relación con Estados Unidos y China. En México, como dijo a SEMANA el profesor Carlos Alberto Ramírez, “desde la llegada del Partido Acción Nacional (PAN) a la presidencia con Vicente Fox (en 2000) la política exterior se realineó y el país se aproximó a las posiciones de Estados Unidos”, dirección que hasta hoy no ha cambiado. A comienzos de 2017 la relación entre México y Estados Unidos pasó por su peor momento luego de la llamada “Guerra del Muro”. Pero en su última semana en el poder Enrique Peña Nieto firmó el acuerdo comercial con Estados Unidos y Canadá y le dio a Jared Kushner, yerno de Donald Trump, la Orden Mexicana del Águila Azteca, máxima distinción para un extranjero en México.

Jair Bolsonaro llegó en un Rolls Royce rodeado de guardaespaldas.

La llegada de AMLO podría reorientar la política exterior mexicana. A pesar de las buenas señales (Trump llamó a López Obrador un “hombre honrado, íntegro, demócrata y pacifista”), el nuevo presidente quiere buscar socios estratégicos que permitan diversificar su economía y restar dependencia a las exportaciones a Estados Unidos, hacia donde sale el 74 por ciento de los productos mexicanos. Y la única economía del mundo que tiene capacidad para equilibrar su balanza es China, al cual México solo exporta el 2 por ciento de sus productos. Marcelo Ebrard, nuevo ministro de Relaciones Exteriores, aseguró en una reunión reciente que el gigante asiático resulta clave en la estrategia económica de López Obrador. “Es uno de los países más importantes en la estrategia de diversificación económica que hemos trazado para la administración”, aseguró.

China, por su parte, invitó a México a participar en la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda (OBOR, por sus siglas en inglés), el proyecto de infraestructura más grande del mundo, con el que quiere conectar por vía terrestre Asia con Europa y busca construir puertos para conectar Asia, África, Europa y ahora América. Las costas en el Pacífico le dan una oportunidad a México que AMLO no quiere desaprovechar. Por ello, el tema de China no es menor. Sobre todo en medio de este “mundo al revés” en el que Estados Unidos está en una lógica proteccionista, mientras China defiende el libre mercado a nivel global.

Los dos mandatarios se están dando cuenta de que la polarización es efectiva para llegar al poder, pero una vez allí es un lastre para ejercerlo.

Si el país azteca busca en China una oportunidad, los brasileños ya tienen en el gigante asiático a su mayor socio comercial. Desde la posesión de Lula da Silva en 2003, las relaciones entre ambos han crecido de manera exponencial, y los gobiernos de Dilma Rousseff y Michel Temer continuaron con esa tendencia. El gigante asiático invirtió 54.000 millones de dólares en proyectos en los últimos 10 años y anunció 72.000 millones más para el próximo lustro. Por eso, analistas coinciden en decir que Brasil depende del comercio con China, y aunque Bolsonaro, en plena campaña, aseguró desafiante que “China no está comprando en Brasil, está comprando Brasil”, cortar con esa dependencia no será nada fácil. Pero Bolsonaro, un ferviente admirador de Donald Trump, parece firme en su convicción de acercarse a Estados Unidos.

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Todo ello significa un reacomodo estructural: China podría aprovechar la subida de AMLO para consolidarse como socio de México, uno de los pocos países de la región con los que aún no consolida alianzas estratégicas estables. Y Estados Unidos, por su parte, tiene una oportunidad inigualable con Bolsonaro, el único gobernante en los últimos 15 años que tiene una preferencia marcada hacia sus políticas. Y al ser Brasil y México, por mucho, las economías más grandes de la región, estos cambios podrían transformar radicalmente el panorama de la zona.

México y Brasil generan dos terceras partes del PIB de América Latina y concentran más de la mitad de la población de la zona. La llegada de los nuevos presidentes puede significar una etapa de incertidumbre marcada por ese choque de gigantes.

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