Un descubrimiento realizado en una pirámide ubicada en el actual Estado de México está generando gran impacto en internet debido a lo que revela.
A primera vista, podría considerarse simplemente otro objeto dentro de una ofrenda prehispánica, sin embargo, sus características sugieren una historia distinta.
La conocida como cabecita de Tecáxic-Calixtlahuaca fue hallada en 1933 por el arqueólogo José García Payón mientras realizaba labores de excavación y restauración en el yacimiento.

El objeto surgió en el interior de un ajuar funerario, junto a materiales inequívocamente mesoamericanos, como piezas de cerámica, restos óseos, turquesas, cristal de roca, así como elementos de cobre y oro.
Este conjunto se encontraba en un contexto arqueológico claramente delimitado, situado bajo varios niveles de suelos intactos pertenecientes a una estructura piramidal, lo que reducía considerablemente la posibilidad de alteraciones o intrusiones en periodos posteriores.

El relieve mencionado presenta un semblante con barba, cuyos rasgos, estilo e incluso el tipo de peinado remiten con mayor claridad a la estética de la Roma antigua que a las culturas prehispánicas de América.
Se trata de una pieza especialmente llamativa que, en las últimas décadas, ha captado la atención de numerosos arqueólogos y ha sido objeto de diversas investigaciones.

Estas indagaciones tratan de esclarecer dos interrogantes fundamentales: cuál es el origen de la figura y de qué manera terminó formando parte de las ofrendas en una sepultura datada a finales del siglo XV.
Hacia finales de la década de 1950, el etnólogo Robert von Heine Geldern se contó entre los primeros especialistas en destacar la posible importancia del descubrimiento.
Poco tiempo más tarde, el arqueólogo alemán Ernst Boehringer planteó la hipótesis de que la pieza tenía procedencia romana, situándola cronológicamente entre los siglos II y III d.C.

Esta interpretación generaba una discrepancia compleja de justificar, ya que el resto del conjunto ritual pertenecía al periodo azteca-matlatzinca, varios siglos posterior.
Varios años después, en 1995, un estudio llevado a cabo en el Laboratorio de Arqueometría de Heidelberg proporcionó nueva información: el objeto habría sido elaborado en un periodo comprendido entre el siglo II a.C. y el VI d.C.

A ello se añadieron las valoraciones de expertos en arte romano pertenecientes a instituciones como el Museo Británico y el Museo Metropolitano de Arte, quienes coincidieron en que sus características estilísticas encajaban con el ámbito romano.
De este modo, si se acepta que la pieza es antigua y que su contexto arqueológico no ha sido alterado, la cuestión se reformula. Ya no se centra únicamente en su autenticidad, sino en esclarecer el modo en que llegó a ese lugar.
