Su familia prefirió el silencio, la prudencia, el aislamiento y asimilar, con resignación, que la salud de Germán Vargas Lleras se evaporaba con los días. Permaneció internado en la Fundación Santa Fe, que se convirtió en su casa en las últimas semanas porque entraba y salía frecuentemente, y Clemencia, su única hija, además de su hermano, Enrique Vargas Lleras, se convirtieron en las únicas personas autorizadas para visitarlo. Vargas Lleras, el político recio, de carácter fuerte, que nunca habló del cáncer en su cabeza que combatió durante años en Houston, no hubiera permitido que el país lo viera en una cama recibiendo atención médica.
Sus ingresos en la Santa Fe fueron bajo absoluta reserva. También a la unidad de cuidados intensivos del Centro de Tratamiento e Investigación sobre Cáncer Luis Carlos Sarmiento Angulo, en Bogotá, a donde llegó varias veces, entre ellas el lunes 9 de marzo, tras padecer una infección urinaria.

Colombia no conoció oficialmente el pronóstico de salud de Germán Vargas Lleras. Su familia, el partido Cambio Radical, que ayudó a fundar, y sus más cercanos amigos mantuvieron el tema en secreto, quizás esperanzados en que el guerrero, como se identificaba cada vez que escuchaba la canción de Yuri Buenaventura, ganara esta nueva batalla.
Se supo que en 2016, cuando era vicepresidente de Colombia en el gobierno de Juan Manuel Santos, padeció un meningioma benigno –un tumor cerebral– que lo llevó a someterse a una intervención quirúrgica, de la que salió bien librado. Su recuperación fue lenta, pero segura. Tuvo problemas de lenguaje que limitaron temporalmente su agudo y profundo discurso, así como su movilidad, pero los superó. En 2018 aspiró a la presidencia, pero sus cálculos electorales fallaron y ganó Iván Duque. Y él, en medio de la pandemia por covid-19, esquivando el virus mortal, se refugió en su finca en Bojacá, Cundinamarca, donde se encerró a leer y a nadar.

En 2022, Vargas Lleras enfrentó uno de sus peores accidentes, como lo relató a SEMANA: se cayó de su bicicleta en la avenida Circunvalar de Duitama. Aparentemente, parecía un golpe cualquiera. No obstante, terminó con el fémur fracturado en cinco partes, lesiones en la rodilla y la cadera.
Ocurrió el 5 de mayo de 2022, a pocos días de la primera vuelta presidencial que siguió, con preocupación, desde una clínica en Bogotá. “Fue el golpe más duro de mi vida”, relató posteriormente, cuando le dijo al país que sintió más dolor que cuando se recuperó de un libro bomba de las Farc que le estalló en las manos el 13 de diciembre de 2002.

Vargas Lleras se recuperó de las fracturas, pero viajó a Houston, en Estados Unidos, donde pretendió corregir un problema ortopédico que no quedó bien. Al fin, se intervino quirúrgicamente en Colombia. Aun así, su movilidad no volvió a ser igual. Siempre se le vio con bastón y con pasos limitados.
El líder de Cambio Radical quería ser presidente de Colombia. Y sabía que en 2026 era su oportunidad. Empezó una correría por Colombia en 2025 y fue claro en sus críticas al Gobierno Petro. No ocultó su preocupación por la reforma tributaria, la reforma pensional, la laboral y la de salud.
No había escenario donde no cuestionara las decisiones del gobierno de izquierda. Y advirtió el interés de Petro de convocar a una asamblea nacional constituyente que le permitiera quedarse en el poder.
Sin embargo, 2025 fue el año del declive en su salud. En los primeros meses reaparecieron los problemas en su cabeza. Aunque, inicialmente, su condición médica se manejó bajo estricta reserva, era inocultable ver que algo ocurría con la salud de Vargas Lleras.

Con el fantasma de su condición médica recorrió Colombia. Visitó Huila, Tolima, Antioquia y su último destino fue Caquetá, a comienzos de 2025. Estuvo con la gente, se reunió con los empresarios, escuchó sus problemas. Y, posteriormente, los plasmó en varios escritos en su cuenta de la red social X, donde no escondió su preocupación por las extorsiones de Iván Mordisco, Calarcá Córdoba, y unos diálogos de paz con el Gobierno Petro, a los que siempre les auguró un pésimo desenlace.
En esta gira, como ocurría en las demás, los líderes le pidieron que se lanzara a la presidencia, pero Vargas Lleras esquivaba la pregunta con una tímida sonrisa. En su rostro de rasgos fuertes se le veía la ilusión de cambiar el país. Sabía que podía. Que se había preparado desde niño porque se crio viendo a su abuelo, el expresidente Carlos Lleras Restrepo, gobernar a Colombia. Pero su condición de salud lo llevó a refugiarse en el silencio y a no anticiparse a un “sí”.

El miedo, la zozobra y el fantasma de sus dolencias le impidieron dar el salto a la cancha en la recta final de su vida.
El 23 de mayo de 2025 fue sometido a una nueva cirugía neurológica en Houston, un lugar que frecuentó en los últimos meses. Se alejó del escenario público. No volvió a aparecer en fotografías. Y el país empezó a hablar del empeoramiento de su condición médica.
Vargas Lleras nunca oficializó que padecía cáncer. Tampoco que enfrentaba un tumor que se alojaba en su cabeza (algunas fuentes decían que era el mismo que había controlado cuando fue vicepresidente). Sus seguidores, finalmente, supieron que se sometió a un proceso de quimioterapia que obligó a la desaparición de su cabello y a aplazar definitivamente su sueño de ser presidente.

En septiembre de 2025, el político compartió otra fotografía del bautizo de Agustín, su nieto. Lucía sin cabello, de saco y corbata, y al lado de su hermano Enrique Vargas Lleras, su mano derecha. La imagen –que llevó al exvicepresidente a recordar su bautizo y el de su hija, Clemencia– ocurrió en Bojacá, Cundinamarca, donde tenía su refugio. “Mi bautizo. Padrinos: María Espinosa Ponce de León y Carlos Lleras Restrepo. Bautizo de mi hija Clemencia Vargas Umaña. Padrinos, Carlos Lleras Restrepo y Cecilia de la Fuente de Lleras”, recordó.
El 11 de noviembre de 2025, en medio de múltiples especulaciones sobre su salud, el político reapareció públicamente. Llegó a encontrarse con la bancada de senadores y representantes de Cambio Radical en Bogotá. Vistió de saco negro, gorra de igual color, sin cabello y con su rostro pasado de kilos. Estuvo en la mesa principal al lado de Fuad Char e informó: “Nos preparamos para enfrentar al petrismo en 2026 y recuperar unidos el rumbo de Colombia”.
La esperanza entre sus seguidores creció. Algunos vieron su aparición como una señal de mejoría y lo impulsaron a ser candidato presidencial. Vargas Lleras sonreía. En su silencio se escondía su verdad, el temor de un penoso desenlace.

Semanas más tarde, volvió a reunirse con su bancada virtualmente y el país conoció de su nostalgia por la muerte de Manchito, su perro bulldog francés. “No nos reponemos de la muerte de Manchito, pero qué alegría estar celebrando el cumpleaños de Henry y Toño, hijos de Mancho Vargas”, escribió en sus redes y mostró las fotos del pastel y sus caninos.
Desde diciembre de 2025 se desconectó del chat de bancada. Salió del grupo de WhatsApp de Cambio Radical sin despedirse. Sin dar explicaciones. Y avivó las especulaciones sobre su salud.
El 7 de diciembre apareció en una fotografía celebrando la primera Navidad con Agustín, su nieto, quien lució un gorro de Navidad. Vargas Lleras, sin cabello y con gorra en su cabeza. No se imaginó que fuera el primero y el último diciembre con el hijo de su hija Clemencia.

En febrero de 2026, Vargas Lleras dejó de escribir su influyente columna dominical en El Tiempo. En su última publicación aseguró: “Debo confesar que no podía dar crédito al escuchar esta semana a una funcionaria despedida de la Presidencia decir al aire que en la Casa de Nariño había que andar con cuchillo para defenderse”.
Cuando el país desconocía su suerte, en marzo de 2026 las alarmas se encendieron. Terminó en una unidad de cuidados intensivos en la Fundación Luis Carlos Sarmiento y desde ahí empezó a deteriorarse, a apagarse. Y este viernes 8 de mayo, tras múltiples especulaciones, su voz se apagó. El cáncer, que prefirió combatir en silencio, le ganó la batalla.
