Política

En la intimidad de Germán Vargas Lleras: SEMANA conoció secretos del exvicepresidente tras hablar con la empleada que lo acompañó dos décadas

SEMANA revela detalles desconocidos del exvicepresidente. Su empleada durante 24 años contó la vida detrás del afamado político.

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16 de mayo de 2026 a las 3:00 a. m.
Margeny Padilla Pacheco habló de Germán Vargas Lleras.
Margeny Padilla Pacheco habló de Germán Vargas Lleras. Foto: SEMANA

La última vez que Margeny Padilla Pacheco habló con Germán Vargas Lleras, su jefe durante 24 años, fue en la mañana del viernes 8 de mayo, el día en que murió a los 64 años. Entró a su cuarto, en el edificio de la Calle 80, en el norte de Bogotá, donde vivía con el exvicepresidente, le tomó la mano e hizo lo que la enfermera recomendó: hablarle.

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El afamado político descansaba en su cama. Tenía los ojos cerrados, pero ella cree que la escuchaba. “Mi Doc, acá estoy para consentirlo, para hacerle su desayunito rico, sus pastas que tanto le gustaban”, dijo en medio de las lágrimas. Como era su costumbre, entregó un reporte de sus mascotas: “Acá están Toño y Henry pendientes de usted, esperando a que se levante de la cama y les dé sus galleticas”.

Ese día, a las 7:00 de la noche, rodeado de Clemencia, su hija, sus hermanos, sobrinos y otros familiares, los ojos de Vargas Lleras se cerraron para siempre. La escena, en medio de la tristeza que sacudió el apartamento, fue tranquila, aunque conmovedora. El excandidato presidencial era la torre, la luz, el sol, el guía de la familia.

Margeny Padilla empleada de Germán Vargas Lleras con los perros Toño y Henry
Margeny Padilla, empleada de Germán Vargas Lleras. Foto: GUILLERMO TORRES REINA-SEMANA

Margeny –quien vivió con Vargas Lleras durante 24 años y se encarga de los servicios generales de su vivienda– sintió que su alma se desgarraba, como si se la estuvieran desprendiendo, y empezó a sentir una soledad inmensa en el apartamento.

Henry y Toño son hijos de Mancho, el perro fiel de Germán Vargas Lleras, que falleció en 2025.
Henry y Toño son hijos de Mancho, el perro fiel de Germán Vargas Lleras, que falleció en 2025. Foto: INSTAGRAM @manchovargasoficial

“Me siento huérfana”, pronunció, mientras Toño y Henry –los perros que el político amó con su vida– se acostaron cada uno en una silla, en silencio, sin moverse, mirándose entre sí, aparentemente conmovidos por la ausencia de su amo. “Nos quedamos solos”, les informó.

Henry, el bulldog francés mono, el más hiperactivo, malgeniado y obsesivo, no quiso pararse durante varios minutos de la silla del escritorio que le destrozó con sus dientes al exvicepresidente y que aún se mantiene en la casa porque así lo pidió el político.

Clemencia Vargas sabía del amor de su padre por los dos caninos. Y pidió vestirlos para despedir a su progenitor. Henry lució un esmoquín que le compró su fallecido amo. Toño, por su parte, una pañoleta roja de la campaña presidencial de 2018 donde se leía ‘Mejor Vargas Lleras’. A ambos los condujo Margeny Padilla por los salones elegantes del Palacio de San Carlos, donde Germán Vargas Lleras vivió su infancia. También por la Catedral Primada de Bogotá. “El Doc siempre los vestía. Le gustaba que estuvieran elegantes. Y así los llevamos a su despedida”, narró la mujer con rostro acongojado.

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El apartamento de Germán Vargas Lleras luce solo. Su escritorio, su computador, sus libros, sus estampitas de la Virgen María en su mesa de noche, evidencian su notable ausencia. También su maletín en el piso, en el estudio, que nadie mueve porque así lo dejó.

Margeny Padilla empleada de Germán Vargas Lleras con los perros Toño y Henry
Era rudo, pero con un corazón gigante y desbordado, repite insistentemente Margeny Padilla, empleada de Germán Vargas. Foto: GUILLERMO TORRES REINA-SEMANA

Gritaba. Pedía favores. Hacía ruido con su teléfono, con el teclado de su computador. “Geniss”, era el nombre que más pronunciaba durante el día. Ella corría. Cuando no escuchaba, él no tenía reparos en reclamarme porque no lo oía y le hacía dar alaridos. A los segundos, un nuevo llamado: “Mijaaa”. A renglón seguido le hacía una petición con su voz aguda, pero más suave: “No me deje solo. No me abandone”.

Pedía el “cafecito” que ella preparaba en su punto: oscuro, fuerte, una escena que se repetía hasta diez veces durante el día. “A las 6:00 p. m. no le daba más café y le decía: ‘Mi doc, por favor, no más, ha tomado mucho tinto hoy’”, narró. Prefería que él comiera sándwich de atún con pepinillos o rosbif o arepas con huevos periquines, como pedía. “Dame esas agüitas que me regalas”, decía él. Era té de jengibre natural.

Era rudo, pero con un corazón gigante y desbordado, repite insistentemente Margeny Padilla, quien llegó a la vida de Vargas Lleras cuando recién salió de Ciénaga de Oro, su pueblo, tras perder a su padre. Y el exvicepresidente –lo dice sin asomo de duda– fue un padre. Un jefe. Un amigo. Un apoyo. “Quedé huérfana”, repite.

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La costeña aterrizó en su apartamento en Bogotá hace 24 años y no sabía que Germán Vargas Lleras era senador. Tampoco una figura importante en el país. Como no era experta en atender casas de familia, planchar se convirtió en pesadilla. Las camisas elegantes del reconocido político, con cuellos parados, elegantes y con mancuernas, la pusieron a sufrir las primeras semanas. “Mire, usted me manda como un loco, mire esas camisas”, le dijo él recién llegó la mujer a su apartamento. La voz del entonces político era fuerte, potente, pero iba bajando de decibeles hasta mirarla con cierta fragilidad.

“No me quedaban bien planchadas sus camisas, y yo le decía: ‘Ay, doctor’. Un día bajé a la lavandería y le pregunté a una señora cómo se hacía y me dijo que comprara un Niágara y les echara a los cuellos y los puños y listo. Tema solucionado”, narró.

Margeny Padilla es de Ciénaga de Oro, pero llegó a Bogotá hace 24 años a trabajar con Germán Vargas Lleras. Hoy cuida a Toño y a Henry.
Margeny Padilla es de Ciénaga de Oro, pero llegó a Bogotá hace 24 años a trabajar con Germán Vargas Lleras. Hoy cuida a Toño y a Henry. Foto: GUILLERMO TORRES-SEMANA

Aprendieron a conocerse. Cada vez que Vargas Lleras regresaba de un viaje, cruzaba la puerta de su apartamento y le entregaba una camiseta, una blusa, un llavero o chocolates. “Nunca entraba con las manos vacías”, contó. A los perros les llevaba galletas, mientras le meneaban la cola en señal de agradecimiento.

Vivieron juntos, solos, inicialmente con Mancho, el bulldog francés de Germán Vargas Lleras que murió mientras él estaba en sus tratamientos en Houston, uno de los grandes dolores que enfrentó el exvicepresidente en 2025. Vargas Lleras trabajaba en su computador y el animal podía pasar horas mirándolo, recuerda la mujer.

El líder de Cambio Radical ordenó un entierro digno para Mancho, en su finca en Bojacá, donde él pudiera verlo cada vez que fuera a encerrarse a leer en su gran biblioteca. O a caminar durante horas por los verdes prados. Daniel –el entonces jardinero–, sembró un árbol encima de la tumba del canino, tal como lo pidió “el jefe”.

Vargas Lleras, a los días siguientes, llamó a su empleada porque sabía que la tristeza se había apoderado de ella. “Genis, ¿cómo estás?” Y la costeña respondía: “Mal, doc, no puedo creer que Mancho esté muerto”.

Margeny Padilla empleada de Germán Vargas Lleras con los perros Toño y Henry
Margeny Padilla es ahora la cuidadora de Toño y Henry. Foto: GUILLERMO TORRES REINA-SEMANA

A Margeny Padilla Pacheco le hace falta ver a Germán Vargas y oírlo. Que le pida sus empanadas y el ají para acompañarlas. Extraña sus llamados, el sonido de su teléfono cuando él le marcaba. Verlo caminar desde su cama hasta su estudio a sentarse en el escritorio frente a su computador donde leía, escribía y hacía llamadas. Añora verlo en la cama observando la televisión al lado de Henry y Toño y gritando: “Genisssss”, como ocurrió hace poco cuando pidió, reiteradamente, su presencia en su cuarto.

Cuando ella ingresó, Germán Vargas Lleras estaba de pie, por fuera de su cama, porque sus dos perros –hijos de Mancho– lo sacaron del lecho. “Genis, ¡estos chinos me sacaron!”, se quejó. Ella, conmovida, soltó a reírse. Detrás del hombre poderoso, que exigía resultados a sus colaboradores, que no le temblaba la voz para denunciar la corrupción o a los grupos armados, había un ser humano como cualquier otro. Que tenía debilidades y no ocultaba su nobleza. Un personaje sensible, que ponía películas de perros para entretener a sus mascotas y que el país poco conoció desde su intimidad.

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Sus dos perros –resume Genis– tenían el poder de dominarlo en su propio apartamento. Cuando Henry –el más hiperactivo de los dos bulldogs– se ponía necio, él la llamaba y ella lo controlaba con facilidad. El famoso Henry destruyó recientemente con sus dientes su gorra verde favorita y el exvicepresidente entró en cólera. “Genissss”, llamó Vargas Lleras.

Ella corrió en su auxilio, pero fue tarde. El canino alcanzó a perforar su cachucha. La puerta del baño social del apartamento permanece cerrada. Henry es experto en sacar las toallas y destrozarlas, pero Vargas Lleras no pasó de la queja. Lo dejó hacer y deshacer, como buen amo.

Margeny Padilla empleada de Germán Vargas Lleras con los perros Toño y Henry
Margeny Padilla, quien cuida los perros del político fallecido, habla de su jefe con admiración. Foto: GUILLERMO TORRES REINA-SEMANA

Cuando el doctor se vestía, el perro le cogía una media y corría por todo el apartamento. Había que buscar otro par de medias. Le destrozó varios calcetines”, recordó ella. “Geniss, mire, Henry se llevó mi media”, decía él desde el cuarto.

La mujer mira al cielo y da gracias a Dios porque le permitió estar con Germán Vargas Lleras 24 años. “Si volviera a nacer, yo sería feliz de atenderlo nuevamente. Aprendí a quererlo mucho”, dice con orgullo y una voz atragantada por la soledad y la nostalgia. Y recuerda que gracias a él tiene su apartamento en la localidad de Suba.

“Yo le dije que quería comprar casa en Ciénaga de Oro y me respondió que no. Que en Bogotá se valorizaba más”. Llamó al dueño de la constructora, que era su amigo, y la recomendó. “Atiéndeme a Genis”, pidió.

Margeny Padilla empleada de Germán Vargas Lleras con los perros Toño y Henry
Toño y Henry, los compañeros caninos de Germán Vargas Lleras. Foto: GUILLERMO TORRES REINA-SEMANA

Llora y dice que se siente sola. Con Vargas Lleras se sentía fuerte. “Me sentía respaldada, sabía que si tenía un problema podía llegar a él porque si algo tenía era que a su gente siempre la respaldó”, remató.

A veces siente que él está de viaje, pero se concientiza de que falleció. Cree que sigue en el apartamento y, por eso, ingresa a su cuarto, enciende una veladora, reza un Padre Nuestro y revisa que las estampitas de sus vírgenes permanezcan donde las dejó. “Sé que no se ha ido, siento su presencia, y le digo: ‘Doc, aquí estoy yo, cuidándole a sus manchos, vigilando sus cosas, como siempre me lo pidió’”.